Por Teresa Lara, economista

Cuidarse, recibir cuidados y protección es un derecho, pero cuidar a otras personas es un trabajo.

Las mujeres jefas de hogares se incrementan del Censo de Poblacioón y Viviendas de 2002 al de 2012, al igual que la resposabilidad, con mayor participación de mujeres que no están empleadas. (Elaboración de la autora a partir de datos de los censos)

Los cuidados son las actividades que regeneran diaria y generacionalmente el bienestar físico y emocional de las personas: todo cuanto hacemos en función de mantener, continuar y reparar nuestro mundo, para vivir en él lo mejor posible[i]. Por tanto, incluyen las tareas cotidianas de gestión y sostenimiento de la vida, como el mantenimiento de los espacios y bienes domésticos, el cuidado de los cuerpos, la educación y formación de las personas, el mantenimiento de las relaciones sociales o el apoyo psicológico a las y los integrantes de la familia. De modo que hace referencia a un amplio conjunto de aspectos que abarcan los cuidados en salud, de los hogares, de nuestro ambiente, a las personas dependientes, a quienes  cuidan y el autocuidado.

El trabajo doméstico y de cuidado es esencial para el sostenimiento de la vida, la reproducción de la fuerza de trabajo y de las sociedades, por lo cual genera una contribución fundamental para la producción económica, el desarrollo y el bienestar.

Todos los seres humanos necesitamos de cuidado. En cada sociedad existe una proporción de la población que, por diversos motivos, no está en condiciones de cuidarse a sí misma. Es el caso de niñas y niños, personas muy jóvenes o muy ancianas, enfermas temporalmente o de manera crónica, o con determinados tipos y grados de discapacidad. Son seres que  necesitan del cuidado de alguien, quien, a su vez, requiere su propio autocuidado. Además, es preciso tener en cuenta que las necesidades y los riesgos durante el ciclo de vida son diferentes.

Valorar la contribución de los cuidados a la sostenibilidad de la vida y medir ese aporte económico son pasos esenciales; como también considerar lo que no se puede medir, lo afectivo. Esto último es clave porque quienes cuidan. Más allá de derechos,  remuneraciones y de portar valores para cuidar a otros, son personas que tienen compromiso, amor, responsabilidad, respeto, honestidad, solidaridad, generosidad, perseverancia y tolerancia.

 ¿Por qué cuidar es un trabajo?

La Resolución 1 de la XIX Conferencia Internacional de Estadísticas del Trabajo, celebrada en 2013, amplió la definición de “trabajo”: “el trabajo comprende todas las actividades realizadas por personas de cualquier sexo y edad, con el fin de producir bienes o prestar servicios para el consumo de terceros o uso final propios”.

A partir del carácter descriptivo y no normativo de este concepto, se considera trabajo todo lo que aporta a la producción de bienes y servicios, cualesquiera que sean y cómo se generen. Pero, si bien estamos ante una definición muy amplia de trabajo, no toda actividad lo es. El denominado principio de tercera persona establece esa diferencia: si otro lo puede hacer por mí, es trabajo; pero si la acción es intransferible, no lo es.

El concepto de trabajo excluye las actividades que no entrañan la producción de bienes y servicios, como las actividades de cuidado personal (por ejemplo: la higiene y el aseo personales) y las que no pueden ser realizadas por terceros para el beneficio de una persona (por ejemplo: dormir, aprender y las actividades para el entretenimiento propio).

Sin embargo, el trabajo no se limita únicamente al empleo.

El tiempo de trabajo total es la suma del tiempo de trabajo remunerado y el tiempo de trabajo no remunerado. El primero se refiere al trabajo que se realiza para la producción de bienes o prestación de servicios para el mercado y se calcula como la suma del tiempo dedicado al empleo, a la búsqueda de empleo y al traslado al trabajo. El segundo, el no remunerado, es el trabajo que se realiza sin pago alguno y se desarrolla mayoritariamente en el hogar. Se mide cuantificando el tiempo que una persona dedica a tareas para autoconsumo de bienes, labores domésticas y de cuidados no remuneradas para el propio hogar o en apoyo a otros hogares.

El dilema: medir y valorar

Si queremos avanzar en la igualdad de género, resulta esencial reconocer de manera integral el aporte económico de todas las formas de trabajo, remuneradas y no remuneradas.

En la actualidad y a nivel mundial, la mayoría de las contribuciones al cuidado son realizadas desde el ámbito doméstico, de manera no remunerada y por las mujeres. Por eso, tradicionalmente, no han sido visibles para la economía ni para el desarrollo.

El tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado constituye casi la mitad del tiempo total de trabajo y resulta fundamental para mantener las condiciones de sostenibilidad del sistema en su conjunto, ya que todas las personas necesitan cuidados en todos los momentos del ciclo vital. Sin estos, el resto de las actividades no pueden funcionar.

Tal como plantea el informe de Oxfam “Tiempo para el cuidado”, de 2020, si nadie invirtiese tiempo, esfuerzo y recursos en este tipo de actividades, comunidades, centros de trabajo y economías enteras colapsarían por completo. Sin embargo, pese a ser uno de los pilares de una sociedad próspera, el trabajo de cuidados no remunerado o mal remunerado es prácticamente invisible, lo que perpetúa un círculo vicioso de desigualdad económica y de género.

La misma fuente asegura que las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados remunerado.

Oxfam precisa que el trabajo de cuidados está profundamente infravalorado y tanto los Gobiernos como las empresas dan por sentado que se va a hacer. De hecho, no suele considerarse un trabajo como tal y los recursos dedicados a realizarlo suelen contabilizarse como un gasto y no como una inversión, de manera que su aportación resulta invisible a la hora de medir el progreso económico y establecer las agendas políticas.

Como en otros países, también en Cuba el trabajo doméstico y de cuidado completa los ingresos de los hogares. Realizado en su mayoría por las mujeres, permite que los salarios sean bajos y, al mismo tiempo, les restringe a ellas la oferta de empleo.

La tendencia es  a igualar las horas de trabajo remunerado entre mujeres y hombres, con desigual distribución del tiempo en el no remunerado. En 2001 las mujeres dedicaban al trabajo remunerado 50 por ciento de las horas de los hombres y en 2016, el 64,5 por ciento. En 2001 y 2016 las mujeres dedicaban al trabajo no remunerado 64 por ciento más que los hombres.

Según el Censo de Población y Viviendas de 2012, el 36,4 por ciento de las mujeres de más de 15 años no recibían ingresos propios, porque se dedican a los quehaceres del hogar. Que esta cantidad permanezca sin ejercer trabajo remunerado contrasta con el hecho de que las cubanas en edad laboral están capacitadas para acceder a empleos, pues tienen derecho a la educación, a la protección social, al trabajo con el mismo salario que los hombres por igual puesto de trabajo, a la salud gratuita y a la participación social.

Si bien el trabajo de cuidados es mucho más que su mero valor económico, merece la pena tratar de cuantificar su aportación a la economía, ya que así es menos probable que, a pesar de su enorme aportación al bienestar económico, siga considerándose un trabajo “socialmente invisible o infravalorado”.

Para determinar el valor bruto de producción de los servicios  no remunerados que se prestan en los hogares, se han seguido los pasos siguientes: análisis de las fuentes de información; delimitación de las actividades a considerar; selección de las ocupaciones equivalentes a las realizadas en el hogar y determinación de sus “precios por hora”; y realización de los cálculos pertinentes.

Como fuentes de información para definir las horas dedicadas en el hogar, según sexo, a las actividades y ocupaciones, se tomaron en cuenta los resultados de la Encuesta Nacional de Igualdad de Género de 2016, el salario medio por actividades económicas del capítulo de Empleo y Salario del Anuario Estadístico de Cuba 2016 y  la cantidad de personas que se declaran en quehaceres del hogar desagregada por sexo obtenida del Censo de Población y Viviendas de 2012.

Para completar la valoración del trabajo no remunerado, también se incorporó la participación en él y su similitud con los sectores de la economía.

Como resultado, con las reservas de la estimación, el valor monetario de los servicios domésticos y de cuidado no remunerado representó 19,5 por ciento del PIB del país para 2016, a precios corrientes. Un porcentaje muy significativo, pues resulta mayor que el valor agregado de la industria manufacturera y solo es superado por el sector de comercio y reparaciones. Además, se incrementa en 36 por ciento respecto a 2002 y las mujeres aportan 85 por ciento de ese valor monetario.

Ello hace visible la contribución que, desde los hogares, garantiza la sostenibilidad de la vida y ayuda a reconocer que esas actividades domésticas y de cuidados son trabajo sin paga y, al mismo tiempo, un aporte que desde los hogares realizan principalmente las mujeres como un crédito social al Estado. Ese valor económico no es un fin en sí mismo, sino un medio para comprender mejor las dinámicas económicas al interior de los hogares, entre estos y el resto de la economía.

Cabe entonces preguntarse: ¿por qué, si las mujeres cubanas cuentan con niveles educativos y protección social que las respaldan, a diferencia de otros espacios de América Latina, se perpetúan los estereotipos de género, se refuerza la naturalización  del cuidado y el trabajo doméstico en los hogares para ellas?

Estas reflexiones nos llevan, una vez más, a los postulados de la  economía feminista, según los cuales la mayor desigualdad de género se engendra en  la división sexual del trabajo en una sociedad patriarcal.

[i] Fisher y Tronto citado en Tronto, J.: Vicious circles of privatized caring. En M. Hamington y D. Miller (eds.), Socializing Care: Feminist Ethics and Public Issues. Lanham: Rowman and Littlefield Publishers, 2006, p. 5

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *