Por Dra. Georgina Alfonso González

Vivimos una época en América Latina y el Caribe en que los movimientos de mujeres y feministas progresistas conquistaron el derecho a ocupar los espacios públicos y ejercer funciones de Estado, incluido el ejercicio de gobierno a distintas instancias. Esta experiencia, sin precedentes en la historia regional, da la posibilidad de acumular fuerza social y política, en función de proyectos de transformación a favor de los derechos de las mujeres.

Las mujeres estamos rompiendo nuestra condición de victimas de pobreza, violencia, despojo y discriminación, para alzarnos como luchadoras y protagonistas de otra historia aún no contada.

Esta realidad, cargada de posibilidades inéditas para el movimiento social popular, reconfigura los escenarios de disputas entre dominación y emancipación y estrecha el campo de acción a la relación patriarcado-capitalismo. El feminismo popular, anticapitalista y descolonizador crece desde los saberes, la creatividad, la capacidad de recuperación y de reproducción de la vida de las mujeres y hombres.

El feminismo, al desmontar las lógicas patriarcales que sustentan el funcionamiento de las estructuras institucionales tradicionales en la sociedad (la familia, el matrimonio, la iglesia, el Estado), y sobre la cual se consolida el sistema de dominación, quiebra los argumentos que justifican la supremacía de un género-raza-clase (hombre-blanco-burgués) sobre otras con una perspectivas críticas liberadoras.

Pero las nuevas formas de luchas emancipatorias generan nuevas formas de dominación, lo que explica el nuevo intento de reinstauración conservadora en el continente, donde los fundamentalismos religiosos se instauran por los poderes oligárquicos, son las formas actuales del mesianismo reaccionario, del fanatismo irreflexivo, simplificador de los reales conflictos sociales y de clase.

Los fundamentalismos (religiosos, de mercado) se identifican con una nueva derecha emergente, detrás de la cual se expresa una alianza social y política oligárquica imperialista, marcada por la convergencia de políticos, camarillas empresariales, judiciales y mediáticas, monitoreadas por el aparato de inteligencia de Estados Unidos. Esta avanzada conservadora embiste tanto a las premisas de igualdad y equidad de género, como a las de  reconocimiento y respeto a las identidades múltiples del movimiento social popular.

Las creencias de que los estilos de vida actuales están determinados por la biología o por Dios tienen fuerza paralizante y frenan las iniciativas y las capacidades críticas y creadoras. Pese a las abrumadoras evidencias de las posibilidades de cambio en la vida cotidiana de las mujeres, el poder patriarcal logra representar las tradiciones como si fueran hechos universales e inmutables. Aparecen nuevas formas y registros discursivos diferentes a los usados en épocas anteriores que manipulan las subjetividades, en especial de las viejas y nuevas clases medias en relación con el supuesto agotamiento de las alternativas de vidas.

Así, circula cínicamente el discurso ultraconservador de la lucha contra la “ideología de género”, término peyorativo con el cual se etiqueta al feminismo como el nuevo fantasma que recorre el mundo. Ese discurso arremete sin freno contra la perspectiva feminista de la desigualdad sexual como hecho social y no natural, la cual desmonta la visión patriarcal de la naturalización de la explotación de la mujer en su doble condición de productora y reproductora de vida.

Bajo la supuesta defensa a la dignidad de la vida humana (oponerse al aborto), la dignidad de la familia (oponerse a los derechos LGTBI) y la libertad de religión (seguir discriminando respaldados por su fe), ese discurso antigénero arremete contra la producción y reproducción de un mundo diverso que se anuncia desde el feminismo anticapitalista y supone un proceso plural de refundación incluyente. Este proceso de reconocimiento y despliegue de las identidades múltiples convoca a una amplia revolución de pensamientos y prácticas de descolonización desde las mentalidades, de fortalecimiento de la autonomía individual y colectiva, y de liberación de la creatividad hacia la justicia social.

El discurso antigénero se inicia por las Iglesias Católica y Evangélica a partir de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de El Cairo (1994), donde se reconocen los derechos sexuales y reproductivos como derechos humanos, y se expande luego con fuerza a los grupos conservadores de la sociedad, en respuesta a los acuerdos de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing, 1995)

Está tan naturalizado el patriarcado que es más fácil creer el discurso que ataca a la “ideología de género”, que desmontarlo desde la equidad y la igualdad entre mujeres y hombre, pues juega con todas las referencias culturales del patriarcado afianzado en la moral y la religión.

La instrumentalización de los miedos es uno de los principales dispositivos de disciplinamiento social, por eso sus voceros declaran al feminismo como un discurso ético “más articulado por el odio al hombre que por el amor a la mujer” y lo convierten en  una plataforma política de guerra.

En el discurso fundamentalista se presenta el feminismo como una cosmovisión de “imposición” con carácter tanto descriptivo como normativo, como parte de una presión política (marxista-comunista) y financiera extranjera (cooperación internacional), que pretende suplantar la diferencia natural entre hombres y mujeres. Las mujeres organizadas con consciencia de género y de clases representamos un obstáculo para los proyectos desarrollistas del sistema capitalista y, al decidir sobre nuestros cuerpos, nos sublevamos a la cultura de subordinación y control del trabajo reproductivo.

Este discurso contra el feminismo se concibe también en acciones desmovilizadora de las luchas de las mujeres, acentuando significados y símbolos dominadores eficaces, bajo la máscara de una nueva reconstrucción social donde cada persona, individualmente, se ubica según el orden “natural de las cosas”.

Los pactos patriarcales son metaestables, susceptibles de transformarse continuamente, en una implacable dinámica de refuerzo mutuo que se da entre las prácticas de la vida cotidiana y las macroestructuras económicas, políticas e ideológicas. Su eficiencia se apoya en el acriticismo, en no poner en tela de juicio los valores aprehendidos que sustentan las actitudes y el paso a la acción, tanto individual como colectiva.

El discurso que etiqueta y reduce las teorías de género y la perspectiva feminista a la “ideología de género” reafirma el paradigma de ciudadano-modelo, hombre racional, adulto, blanco, occidental, desarrollado, homofóbico y burgués. Por esta razón, sus promotores tienen una postura crítica hacia los derechos sexuales y reproductivos y hacia el reconocimiento a las identidades múltiples.

Esas narrativas que atacan a la “ideología de género en Cuba” se posicionan abiertamente contra el socialismo y el respeto a la dignidad de cada persona, desconoce las luchas feministas y propone un retorno a la más rancia moral conservadora. Desde una supuesta “ética tradicional conciliadora”, plantean la recuperación de los valores del “buen cubano” contra el libertinaje que ha significado la obra revolucionaria. Como pretexto, para esconder sus intereses de poder y el objetivo desestabilizador de su discurso, culpabilizan al Estado de todos los males y exhortan a manifestarse en contra de los principios que garantizan la cohesión social en el entramado de la sociedad civil cubana.

Realmente, este evangelismo conservador tiene su matriz en la teología de la prosperidad. Logran comunicar de manera directa con la gente, a través de la emoción, con una cultura esencialmente oral, corporal y sensorial de la obediencia y la disciplina; crean marcos interpretativos y de sentido para cubrir necesidades de vastos sectores sociales.

El fenómeno es alarmante, los datos de la realidad muestran el crecimiento del número de iglesias y sus seguidores en América Latina, el Caribe y Cuba. Desde un discurso fundamentalista colonizador, patriarcal y racista, arman iniciativas políticas de revancha y restauración de los intereses reaccionarios contra los movimientos feministas, por la diversidad sexual y antirracistas. Subordinados a la orientación política de la derecha cristiana estadounidense, mueven instituciones y arman actores centrales en la vida política.

Pee al significativo avance cubano y acumulado de las mujeres en materia de género e igualdad, no estamos inmunes. Aparentemente, estas ideas no tendrían cabida en Cuba. No obstante, ante la reciente campaña en contra del matrimonio igualitario en diversos medios y el apoyo de muchos sectores de la población al “diseño original”, se hace evidente el impacto creciente en nuestra sociedad de este discurso, junto al fundamentalismo religioso.

En Cuba avanzamos en un Programa de gobierno para el adelanto de las mujeres, pero no logramos posicionar conscientemente la equidad de género en cada espacio de la vida social. Se desconoce y subestima el feminismo como fundamento ético y político que  interpela la vida cotidiana de las mujeres. Donde el feminismo pierde sentido, se posiciona el conservadurismo patriarcal haciendo contrapeso al avance de los movimientos de defensa de los derechos humanos y la justicia social.

Es por ello que se hace impostergable el enfrentamiento a estas prédicas desde el trabajo conjunto entre instituciones, organizaciones y colectivos, para trazar estrategias que combatan el extremismo político fundamentalista religioso y de mercado. Nunca será una opción para las mujeres renunciar a lo que en materia de derechos humanos se ha alcanzado en Cuba.

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