Por Maura Febles Domínguez. Especial para Emprendedoras.
Recién terminamos un año plagado de desafíos en todos los ámbitos de la vida cotidiana, que puso a prueba la capacidad creativa, emocional y productiva de las cubanas y los cubanos. Una vez más. En marzo de 2020 llegó a Cuba la pandemia de covid-19, en un escenario nacional ya complejo en términos económicos y sociales. Es decir, impactado por el recrudecimiento del bloqueo y un déficit financiero y económico acumulado, con una crisis energética, desabastecimiento de los mercados y limitaciones para la disponibilidad de alimentos y bienes a la población. Por lo que la pandemia reforzó la(s) crisis(s) que tenía el país en general, siendo más evidente en territorios específicos y grupos vulnerables.
Este escenario ha colocado a las mujeres en situaciones de mayor riesgo, en varios sentidos, desde que el distanciamiento físico pasó a ser la única alternativa de sobrevivencia a la enfermedad. Ha significado distanciarse de sus vínculos y redes laborales y acrecentar el rol de cuidadoras, en una extensión amplísima de la palabra.
El reto fue inmediato. En medio de una epidemia que ha llamado a la protección individual, a alejarse, a mantenerse a resguardo, ¿cómo sobreviven los proyectos que nos unen?, ¿de qué manera se mantienen a flote los grupos a los que pertenecemos?, ¿cómo se (re)produce la vida común desde la lejanía? Historias hubo, sigue habiendo muchas: formas inimaginables en las que se transformaron los actos cotidianos para sobrevivir a todas las crisis que nos atraviesan.
Las mujeres que trabajan en confecciones Model, una cooperativa no agropecuaria de la capital cubana, están acostumbradas al cambio. Han pasado de la inercia empresarial del Estado, del igualitario salario insuficiente, de la ínfima participación en las decisiones corporativas a la gestión cooperativa de la empresa, al reparto consensuado de las utilidades según el trabajo de cada cual, a la coordinación colectiva para enrumbar un proyecto en el que cupieran todas.
Fue, en su momento, un desafío grandísimo abandonar las emulaciones individuales, las distinciones particulares en cada guayabera confeccionada, para armar brigadas de trabajo en las que todas las piezas pasaran por más manos, para que salieran con mejor calidad, y claro está, mantener el esfuerzo individual de hacerlo cada vez mejor. El reto era integrar todos esos esfuerzos personales en un resultado colectivo que mejorara las condiciones y la calidad de vida de todas.
Los resultados fueron saliendo, se fue haciendo evidente la mayor y mejor productividad, traducible en términos financieros, saldaron las deudas pendientes con el banco, se amplió la cartera de clientes considerablemente, diversificaron la producción con varias líneas que luego comercializaron, superaron en más del doble los anticipos de las utilidades que empezaron a recibir las empleadas, ahora socias de la empresa. Y también, reacomodaron el espacio en que permanecían mejorando sus condiciones de trabajo, comenzaron a participar en asambleas en que aclaraban sus dudas y proponían ideas antes irrealizables, discutían y aprendían caminos nuevos.
Si tenían algún asunto por solucionar, podían contar con un préstamo de la cooperativa para resolver con inmediatez su situación. En las vacaciones iban juntas a la playa o llevaban a sus nietos al zoológico. Compartían fiestas y salidas fuera de los marcos de Model. Crecieron en número de socias y las incorporaron a sus dinámicas de pedal y ojales.
Era difícil imaginar qué podía sacarlas de lo que habían construido con esfuerzo y dedicación estos últimos años. Pero en 2020 tuvieron que empeñarse en mantener a flote el trabajo. Para la mayoría de estas mujeres, convertidas en principal sostén económico de sus hogares, era necesario buscar alternativas que permitieran seguir recibiendo esos ingresos, al tiempo que priorizar el cuidado de sus vidas, la mayoría de ellas de la tercera edad o próximas a ella.
¿Cómo reorganizar entonces el trabajo en las nuevas condiciones?, ¿qué pasaría con las familias de las que no pudieran seguir con la producción? Con todas estas incertidumbres al hombro, la primera tarea que se impusieron fue la de incorporarse a la confección de nasobucos para la protección de las personas. Pasaron por sus manos más de 100.000 de las mascarillas que se usaron en la capital y muchas de las que usaron las personas de la comunidad, sin costo alguno. Otras cooperativas con las que compartieron talleres de capacitación, así como empresas e instituciones, confiaron en ellas para que les hicieran los nasobucos de sus trabajadores.
La situación epidemiológica se iba complicando y cada día se hacía más difícil mantener la producción en condiciones similares a las habituales. Fue entonces que apostaron por ampliar la experiencia que ya habían probado de modo parcial (solo con algunas socias), llamada “cose en casa”. La idea fue trasladar hacia algunos territorios que agrupaban a varias socias pequeños talleres de Model. Y así lo hicieron.
Ello implicó trasladar varias máquinas para casas que tuvieran condiciones de espacio para agruparlas (el caso de Mantilla y Reparto Eléctrico) y algunas otras que se llevaron a costureras que se mantuvieron trabajando solas, por encontrarse a mayor distancia (Habana del Este, Regla). Los talleres de Centro Habana y 10 de octubre permanecieron abiertos para las residentes en esos municipios.
Este cambio trajo implicaciones, por supuesto, en varios sentidos. Para la propia empresa fue un desafío en términos logísticos, pues esta nueva distribución requirió el mantenimiento de los equipos en óptimas condiciones, el reajuste del pago de la tarifa eléctrica –ahora por delimitar del consumo de las casas convertidas en talleres–, el reparto de la materia prima a lugares distantes entre sí dentro de la capital y la recogida de las confecciones de cada uno de estos sitios. También trasladaron luces y ventiladores, para crear un ambiente de trabajo con la mayor calidad posible.
Pero para las propias socias y sus dinámicas cotidianas fue, sobre todo, un escenario nuevo y retador. Acercar los talleres a sus barrios sin dudas las eximía de lidiar cada día con la dificultad del transporte público y todo lo que ello supone en términos de tiempo y agotamiento. Muchas de ellas consumían hasta tres horas diarias entre el ir y venir a la sede central de la cooperativa. Ahora iban caminando, en promedio, un kilómetro o menos distancia. Y no son pocas las que tenían las máquinas de coser en su propia casa.
Entonces volvieron las preguntas, ¿hacer el trabajo remunerado en casa era mejor en todos los sentidos?, ¿el tiempo que no empleaban en trasladarse significaría más tareas de cuidado en casa, mayor productividad o más tiempo de ocio?
Las respuestas han sido diversas. Para muchas de ellas, hacerse esas preguntas significó evidenciar para sí mismas y para su familia la conciliación entre el trabajo remunerado y el de cuidados al que, constantemente, están sometidas. La naturalización que las hacía responsables de ambos trabajos fue desapareciendo, en algunos casos, en la medida en que esa re-distribución implicó a los miembros de la familia que antes no participaban.
Milvia, una de ellas, cuenta: “Ha sido difícil acostumbrarse a trabajar fuera del ambiente del trabajo, porque son muchos años trabajando allí. Yo de allí lo extraño todo, extraño a la gente, a todo el mundo. Esto es diferente, pero hay que acostumbrarse para protegernos. Lo que sí estamos cerca de la familia. Mientras yo coso, mi esposo hace la comida. Ahora él empieza a trabajar y tenemos que ponernos de acuerdo. Yo me levanto temprano y aprovecho el tiempo, pero ahora puedo organizarlo mejor”.
Estas vivencias, atravesadas por realidades que tiñen las estrategias individuales y forman parte del contexto de crisis económica que vive el país, mucho antes de la pandemia, no fueron homogéneas. En unas familias la corresponsabilidad de las tareas de cuidado ha sido repartida con más equidad que en otras y siempre hubo socias que tuvieron que plantarse firme para que no convirtieran el tiempo ganado en un extra para dejar todo listo en casa antes de iniciar la jornada laboral de hilo y aguja. Este otro testimonio lo refleja: “En mi casa viene el agua cada cuatro días, el día que tocaba venir el agua a veces no estaba aquí, sino en el trabajo. Ahora el día que llega el agua puedo dedicarme a las cosas de la casa, lavar, limpiar, etc. y recoger agua y luego puedo seguir dedicada a la costura”.
Por otra parte, la presión de mantener la productividad en estas nuevas condiciones es un factor que impulsa a prescindir de tiempo para descansos. La posibilidad de sentarse y “adelantar” costura está ahí mismo, más cerca que nunca. La dificultad económica acrecentada, el alza indetenible de los precios, incitan a hacer más y más en detrimento del cuidado de ellas mismas: “A mí me ha beneficiado mucho porque yo me tardaba hasta dos horas para llegar a Model. Eso nos ha permitido aprovechar más el tiempo. Al estar más cerca, el tiempo que nos tomaba el viaje ahora lo podemos aprovechar cosiendo más. Hemos aumentado la productividad porque nos quedamos hasta más tarde. Allá cosíamos hasta las cinco y aquí cosemos hasta las seis o siete, porque regreso caminando a la casa”.
Ha sido un aprendizaje para todas. Los estatutos construidos colectivamente en una asamblea de socias han tenido que sustituirlos por reglas de juego provisionales, en las que intervienen quienes no aparecen en la plantilla de la cooperativa. Asumir este nuevo espacio laboral con delimitaciones de horarios y esfuerzos, distinguir el tiempo de la costura de las otras tareas para no aparecer como la habitual mujer pulpo que cose mientras se cocinan los frijoles, o no entregar la totalidad de las horas ganadas en unas cuantas guayaberas de más son algunos de los derroteros que han encontrado.
Todo ello evidencia la necesidad de una mirada más integral a los cuidados en Cuba; la sed de estrategias, programas y acciones que aseguren el cuidado de la vida y tengan en cuenta la diversidad de grupos poblacionales que los demandan. La integración de instituciones, mercado, comunidad y experiencias productivas como responsables de la sostenibilidad de la vida de todas las personas apuesta a contribuir de manera efectiva a desnaturalizar esas tareas como correspondientes a las mujeres. Acompañarlas en esta etapa forma parte del trabajo que Galfisa ha mantenido en esta y otras cooperativas no agropecuarias de La Habana, en las que son protagonistas las mujeres. Esta alianza ha significado seguir empujando por el diseño y la implementación de todas las alternativas posibles en ese camino de red integral que necesitamos.

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