Por Susana Gomes Bugallo

Darse a los demás es darse a sí mismo. Eso bien lo saben quienes hacen posible todos los días la magia de este restaurante habanero que cocina a partir de energía con lo que esté a la mano.

Vengo pensando en pedirle algunas recetas de cocina saludable. Pero unos minutos después ya sé que ese deseo no se cumplirá. Mejor aún: me llevaré todas las ideas del mundo. Porque en Camino al Sol no se trabaja con reglas y medidas, sino con energía, inspiración y creación. Y eso todos lo tenemos dentro. Solo es cuestión de saberlo encontrar.Tal vez por esa razón fue que Yunalvis Hernández Pérez, principal artífice de este novedoso restaurante, descubrió a quien sería hoy su mano derecha y principal cocinero, en un kiosco de venta en medio de la carretera rumbo a Pinar del Río. Sintió algo especial, lo agarró de la mano y le propuso venir a trabajar con ella. Él no había frito ni un huevo en su vida. Pero supo dejarse llevar. Entendió que la energía lo hace todo. Que lo importante es sentirse bien mientras se cocina para que quienes comen consigan la misma felicidad.

«Nunca quise hacer recetas. Tengo muchos libros de cocina porque me encanta ver la diversidad, pero los cierro porque no puede ser un esquema. Entonces vuelvo locos a los cocineros. Les pido observar, crear y dejarse llevar. Aprendí que cocino sin pensar. Donde hay creación no hay intelecto. A veces venían personas con miles de cursos y gran trayectoria, pero cuando les proponía despojarse de todo, no querían.

«Entonces decidí buscar personas sin currículo, sin conocimientos, que solo quisieran amar la vida. Es muy importante recibir la sabiduría del cuerpo, que tiene su intuición, su magia. No pasaron los seis meses y ya ese muchacho andaba por su cuenta. Solo le pedí estar presente, abrirse a sí mismo y usar todo lo que tenía dentro», cuenta la líder.

Jamás la vida dio señales de que Yunalvis llegaría a esto. Se graduó de sistema de automatizado del mando y la información por la vía militar. Después pasó un curso de gestión de mercado y se interesó por ese mundo. Luego, al trabajar con el reciclaje, se le abrieron otras perspectivas, y tuvo ganas de crecer. Hasta que lo dejó todo y se dedicó a buscar lo que quería.

«La historia de Camino al Sol ha cambiado todos los días durante estos cinco años. Nunca imaginé que esta sería una escuela principalmente para mí, porque el dador se convierte en dador a sí mismo. En cuatro o cinco años me he transformado de un modo inimaginable.

«Llegué al mundo de la nutrición y vi que había una magia tremenda en poderse expresar a través de la comida. Ahora que soy consciente de eso, me doy cuenta de que traía toda la sensibilidad de niña, cuando hacía poemas y tenía todo ese sentimiento por el campo, porque nací en Minas de Matahambre y traía todo el romanticismo de la tierra», recuerda.

Ya convencida de lo que deseaba hacer, comenzó la apertura de los negocios por cuenta propia y se lanzó con todas las dudas propias de los comienzos. No sabía cómo hacer nada, pero ella sabe que cuando se declara una intención al universo, todo se da, solo hay que ser muy coherente.
«Nunca había cogido ni un sartén para cocinar. Así que decidí borrar todas las creencias de que no había, no sabía y concluir en que sí podía. Mucha gente me dijo que estaba loca. Pero olvidé todos los no», confiesa.

El que ha pasado por el restaurante sabe hacer de todo. Porque esa es la vida, opina Yunalvis. Afirma que ese ha sido un principio. Y también el de improvisar. Dejarse llevar por lo que pide un alimento y aprender a resolver, a variar, hacer arte con lo que está a mano.

«La conciencia tierra no puede estar con la tontería de si algo es bueno o malo, porque son dogmas que se quedan como limitaciones. Hay que posicionarse en un punto cero, desprejuiciarse de todo y conocer las señales del cuerpo para saber lo que nos hace bien», comparte.

Yunalvis decidió entonces trabajar con lo que estaba a la mano. Muchos creyeron que no era posible hacer arte con lo que viene del mercado, pero les hizo ver que sí. Su lema era: «Lo que venga en la jaba del agro, lo vamos a amar, lo vamos a transformar». Y entonces dejaba que la energía hiciera lo suyo y que ninguna dificultad permitiera la distorsión, para que el alimento no se cargara con nada, sino que estuviera lleno de todo lo bueno.

«Se puede comer una comida especial, pero si alguien se la da con mal humor, o en la esquina hay un conflicto, pues nada funcionó. Por eso es que la felicidad es una conveniencia para el ser humano. El egoísmo que hemos vivido como especie nos ha hecho pensar que solo hay que vivir para uno mismo, pero siempre hay que enfrentarse al otro y ahí es cuando nos damos cuenta de que la felicidad también depende del otro», razona.

Entonces comparte que todos los días se reinventan. Nunca es igual el menú. Todo depende de lo que encuentren en el mercado y de cómo salga. «Intentamos que las personas disfruten con los cambios. Por eso es que nada nos sale igual siempre, porque se necesita variedad y movimiento», dice.

La experiencia con las personas que llegan a comer también ha sido una escuela. De los primeros que se cuestionaban lo diferente que era todo, ya es posible distinguir que se tiene una nueva perspectiva de alimentación, piensa Yunalvis y opina que la magia de Cuba nos ha flexibilizado a las posibilidades.

«Lo otro que hemos aprendido es que de los errores salen nuevas ideas. Porque, ¿quién dijo que algo es error? De unos ajos que se nos pasaron, salió la pasta de ajo tostado, que es de las preferidas. Cada cambio es una nueva sensación», arguye y pasa a contar el cambio que ahora mismo vive.

«Yo sabía que en el quinto año de Camino al Sol ya no podría estar aquí a tiempo completo, porque estaba naciendo en mí la nueva intención de compartir. La vida me fue llevando a ser maestra y comencé con los talleres Nutrir la vida, que empezaron aquí y ahora son en la Casita del Niño y la Niña para los menores, e itinerantes para los adultos.

«Cada uno de los encuentros nos enseñan y todos tienen que ver con el rescate de la esencia humana. Ya tenemos muchas personas más con nosotros que quieren compartir su potencial en cada esfera de la vida y se han sumado. Todo nos nutre: una palabra, un gesto, una obra de arte», cuenta.

«¿Quién dijo que el planeta está perdido y que no se puede? Lo que quiero escuchar es que sí se puede. Mucha gente no me comprende porque hay muchas visiones. Mis maestros de vida son José Martí y Fidel Castro, y ellos me han enseñado a ver el potencial en todos, en los jóvenes y en la importancia de que Cuba no esté contaminada con toda la basura digital, farmacéutica y de la industria, y con la falta de valores.

«Hemos tenido nuestros errores, pero comparados con los del planeta, son muy pequeñitos. No podemos tener la mente tan chiquita como para creer que lo que tenemos es poco y que no se puede. Mi sueño más inmediato es darle la vuelta al país sacando el potencial de las personas, haciendo que compartan, que entiendan que no hay nada perdido, que todo está ganado. Lo más importante es poder compartir con la gente. Compartir siembra semillas», dice esta mujer que no cesa de nacer.

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Platos elaborados en Camino al Sol. Foto tomada de www.happycow.net

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