Lunes, 07 Abril 2014 17:04

Laura*

Por  Beatriz Casal Enríquez

Laura deja el libro sobre la cama y observa la luz de la lámpara de pantalla rosa, que hoy se le antoja azul; la apaga. Se levanta y enciende la luz brillante del techo, se para frente al espejo de la cómoda y cepilla su pelo como una autómata. Pasa sus dedos lentamente por las cejas, la barbilla, los párpados. Deja este ejercicio aburrido y va hasta el baño, cepilla sus dientes por tercera vez en la noche. Camina hacia la cama donde se encuentra Pablito y mira al niño dormir tranquilamente. Se sienta frente al computador. Suspira.

Intenta olvidar las imágenes que lo acercan y concentrarse en el trabajo, pero estas vuelven, vuelven los recuerdos, su recuerdo. Hoy se dormirá en la madrugada cuando la venza el sueño, sabe que extrañará no tropezar con Pablo y sentir su respiración, porque el decidió irse. No quiso entender que ella ama su trabajo tanto como su vida en este hogar. Que siempre ha sabido conciliar sus obligaciones laborales con todas las tareas de la casa, aun con mucho esfuerzo y sacrificios.

Aun y cuando, en ocasiones, terminando de fregar la loza, tenía que correr a la computadora a terminar los informes de la semana o a preparar la reunión del día siguiente. No sin antes dejar en remojo los frijoles que haría el día siguiente. Pero primero, ayudar a Pablito con las tareas de la escuela y llamar a su madre para saber cómo andaba ese día de la presión. Preparar la ropa de ella y de Pablo para el día siguiente y el uniforme del niño. Recordar que debía dejar el dinero del mensajero y el pago de la luz, a la vecina que le hace el favor de pagárselo.

No pudo comprender ni valorar ese día a día, en que el timbre del reloj la hacía saltar del lecho a las cinco de la mañana, para tener suficiente tiempo de poner la lavadora, preparar el desayuno y la merienda de Pablito y, además, apurarse para llegar antes de que toquen el timbre de entrada a la escuela. Luego apresurarse para tomar el transporte que la recoge para su trabajo. Todo esto, sin dejar antes de salir, de buscarle a él las llaves perdidas o algún documento que dejó extraviado en el escritorio, mientras escucha su voz repitiéndole: “apúrate mujer, que se me hace tarde para la reunión”.

Ni siquiera supo las veces que ella dejó el café sobre la mesa, pues olvidaba tomarlo por tanto apuro. Hoy sus ojos están frente a la pantalla de la computadora, pero apenas si ve frente a ella, nadie imagina qué pasa en su alma. Nadie conoce de sus inquietudes, sus ansias, sus tremendos deseos de verlo, olerlo, sentirlo en su piel. Pero Pablo decidió irse ayer, no pudo entender que la ascendieran a la Gerencia del hotel y que necesitaba su apoyo cotidiano, compartir con él las obligaciones comunes.

Sabe que su vida ya no será la misma, que apenas amanezca tendrá las mismas responsabilidades y otras muchas que tendrán que ver con su nuevo cargo, pero se siente capacitada y segura de que debe continuar adelante. Por eso, vuelve despacio hacia la cama donde duerme su hijo y piensa, resueltamente, que tiene por delante también una nueva responsabilidad, hacer de ese niño que duerme, reposadamente, un hombre diferente a su padre, capaz de compartir las labores del hogar con ella y con la pareja que escoja en el futuro. Que ese niño que hoy duerme ingenuamente sepa disfrutar tanto sus triunfos como los de su pareja.

Va hasta el interruptor de la luz y la apaga. La nostalgia no la deja, pero se siente segura y el silencio de la noche la inunda de paz.

* Primer premio otorgado en el concurso por el 8 de Marzo: Experiencia de la Vida cotidiana en la relación trabajo-familia.

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