Lunes, 22 Enero 2018 18:37

Paredes con suspiros diferentes

Por  Susana Gomes Bugallo

Glenda Tapia Noajed va por La Habana dejando las huellas de su alma por donde pasa. Así es ella: vive y sueña a la misma vez

Hace solos unos meses, ella no hubiera sabido qué hacer con su vida. Le gustaba dibujar, pero la disciplina de la academia no tenía mucho que ver con su carácter a prueba de rutinas. Ya había pasado años vagando entre mil ocurrencias, todas combinadas con el trabajo “verdadero”, ese que la sociedad exige para no ser visto como una paria o una inadaptada a los caminos de la normalidad. Ella, definitivamente, no era una vaga. Pero tampoco era feliz. Y eso, para algunos, no es permisible.

Por eso siguió buscando qué le sacudiera el alma. Hasta que chocó con un pomo de tinta y unos pinceles gastados. La noche también hizo lo suyo y el placer de la complicidad habanera la hechizó un poco más de la cuenta. Cuando vino a percatarse, ya Glenda Tapia Noajed era una grafitera.

De niña había pintado mucho. Su abuela, que es lo más grande que tiene (como le gusta resaltar cada vez que puede), había estudiado en la Academia San Alejandro. Y Glenda quiso seguir sus pasos, pero sin tener que pasar por la escuela. ¿El resultado? Al borde de sus 30 años, cada una de sus madrugadas está dedicada a transformar lo feo de las paredes derruidas en obras de arte que aún la sociedad no sabe agradecer..

El grafiti no es visto como talento en muchas partes del mundo. Y en Cuba el rechazo y el desconocimiento rozan los bordes legales. Hasta las autoridades policiales intervienen si agarran a un grafitero con las manos en el pincel. No está escrito en ningún lugar, pero algunas legislaciones son tan amplias como para clasificar los dibujos juveniles dentro del delito de maltrato a la propiedad social. Glenda no se adapta a la idea de que su pasión deba ser clandestina.

Un día “normal”

Tiene que trabajar, eso está claro. Pero ella sabe bien cómo poner en equilibrio necesidades materiales y espirituales. Sale alrededor de las tres de la tarde rumbo al Morro habanero. Y allí vende artesanías hasta que suena el cañonazo de las nueve de la noche. Esa es su señal de ¡Al combate! Apenas se dispara el símbolo de la ciudad, Glenda recuerda que comenzará lo mejor de su día.

“Quedan muchas paredes por pintar”, dice. “Cuando paso por las calles durante el día, voy fijando espacios en los que me gustaría trabajar después. Todas las condiciones son importantes. Además de que se trate de lugares públicos casi en ruinas, es importante que las miradas de la gente no estén sobre mi trabajo”, explica.

Recuerda entonces que cuando pintaba a la luz del sol, era muy molesto que todo el mundo estuviese preguntando constantemente de qué se trataba su obra. “Eso sin contar que las autoridades andan constantemente indagando y hasta prohibiendo que saquemos el pincel cada vez que les parece, aunque pidamos permiso a los vecinos antes de hacerlo”, detalla ella.

Se apoyan en un decreto que no existe. “Una vez escuché por radio --me confiesa-- que estaba permitido dibujar las paredes, siempre que se tratara de espacios abandonados. Pero ese no es un respaldo para convencer a la policía cuando llega”, dice. Y lo más increíble es que su propuesta son pinturas medio naif: unos muñequitos que se agarran de las paredes como si estuvieran a punto de caer al vacío. Tal vez esa imagen tenga mucho que ver con la filosofía del grafiti. Y no es razón para que todo el tiempo se ande cuestionando el mensaje de cada trazo.

Junto a su novio Leandro (también grafitero) integran el crew (equipo o banda) nombrado HDLC (Hijos de la calle). A ellos se suma un grupo de amistades que andan por Los Ángeles. Unirse es una tradición, aunque el paso del tiempo trae que cada quien pinte a su ritmo, porque se trata de estilos y velocidades diferentes que hacen preferible dibujar en solitario. Sin embargo, una vez que se ha formado un crew, se firma con los tags (algo así como el nombre artístico) de todos los integrantes, aunque solo esté una parte del equipo, explica Glenda.

Ella quisiera sumarse al trabajo de otros grafiteros, aunque no ha podido contactar al grupo que conoce en Cuba, que es Muraleando. Pero desearía que vinieran artistas de otras partes del mundo y del país para compartir experiencias.

Su sello es Lou 81. El número viene de la edad de la abuela. Y las letras tienen que ver con sus dibujos iniciales, que eran unos románticos panquecitos que se colaban por cualquier orilla de una pared. Antes tenía colores, pero ahora debe conformarse con la tinta de imprenta, “porque en la tienda solo venden unos sprais que se acaban pronto, pues están pensados para hacer detalles caseros. Y es difícil entrarlos al país porque se trata de material inflamable. Sería muy bueno poder contar con estos productos”, añora. Pero esos son solo deseos, por ahora.

Todo por un grafiti

“Cuando grafiteo, siento una emoción fenomenal; creo que estoy en otro espacio, no me interesa nada. A veces hay que estar atento a las personas, la policía, pero yo no lo hago. Empecé pintando de día, porque era más seguro, pero el calor era mucho y las interrupciones también. Hasta que me decidí a pintar de noche. Y he llegado a crear hasta siete trabajos en una jornada. Generalmente pintamos, fotografiamos y luego nos conectamos y los subimos a Instagram para que las personas los vean. Volvemos a casa alrededor de las tres de la mañana”, dice ella.

Llena de tinta, con los deseos listos para cuando vuelva a anochecer, es como Glenda se siente más feliz. Ahora parece todo un intento baldío. Pero ella no deja de soñar con “tener una galería para todas las personas a las que les gusta el grafiti; y muchos materiales y paredes para pintar”, comparte y añora ese día en el que Cuba gane en cultura respecto a ese arte que tanto ama.

Entonces ojea sus pinturas y muestra sus proyectos. Para algunos ya tiene lugar y fecha; es solo cuestión de que llegue el momento. Pero otros la desesperan, porque está ansiosa de hacerlos. Habrá que esperar un poco, explica, porque ahora no hay nada de materiales.

¿Qué estarías dispuesta a hacer por un grafiti?, es la pregunta que debe contestar. La respuesta —como cada gesto espontáneo de ella— no se hace esperar. “Cualquier cosa”, suelta y cuenta que de niña se subía en todos los lugares a investigar, así que ahora puede hacerlo igual.

Glenda es una de las pocas muchachas cubanas que ve en el grafiti su mundo de realización. Quiere un futuro mejor, aunque el presente no tenga muchas esperanzas reales. Ojalá ella pudiera dibujarlas.

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