Lunes, 04 Diciembre 2017 16:25

¡Tantas formas de ser la misma!

Por  Dayneris Mesa Padrón

Cada día, muchas profesionales cubanas se someten a dobles y triples jornadas de trabajo. Al estrés desmedido que impone ser buena en una carrera; superarse hasta lograr un grado científico; representar idealmente los roles de ama de casa, pareja, hija, madre…; encontrar y ejercer otras actividades económicas que le permitan independencia financiera. Y, sobre todo, no desprenderse de ninguna de estas partes, porque mientras una provee el bolsillo lleno, otra garantiza el crecimiento personal.
Estas mujeres somos tú, yo, nuestra madre, hermana, la vecina del frente. Y cargamos con la responsabilidad de desdoblarnos en dos, tres o cuatro mujeres a la vez. En aprehender y desaprehender, en un instante, nuevas técnicas, registros y formas de ser la misma.
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Zulema se levanta todos los días a las cuatro de la madrugada. Todos los días de lunes a lunes. Todos los días, mientras sus dos hijas (de 15 y 8 años de edad) y su esposo duermen profundamente. Mientras duermen también los vecinos y hasta los perros de su barrio.
Zulema nunca fue madrugadora, como tampoco fue una amante de la cocina ni demostró grandes dotes culinarias. Sin embargo, hoy se especializa en repostería. Mejor, hoy se especializa en hacer, cada día, a partir de las cuatro de la madrugada, 100 bombones de chocolate.
Lo que comenzara como un "invento" para calmar la ansiedad por los dulces de sus pequeñas, o la necesidad de llevar un "plato" a una fiestecita de la escuela, terminó siendo el "negocio" de esta mujer.
Cerca de las 8 de la mañana sale de su casa con varios pozuelos repletos de la deliciosa confitura, que antes del mediodía desaparece en las manos de sus compañeras y compañeros de trabajo.
En el policlínico donde Zulema es farmacéutica, vende los bombones a un peso en moneda nacional. Así, hombres y mujeres de la salud, pacientes y acompañantes disfrutan (con discreción) del manjar que la "bombonera" ha tornado en muchas opciones: con canela, con leche, amargos, con pimienta…
Y a las cinco de la tarde, exhausta por la jornada de trabajo en la Farmacia, por los años y por las madrugadas, Zulema regresa a casa con cien pesos (4 CUC) en el bolsillo para aguantar el día a día antes de que llegue el pago del mes.
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Maray llega a la emisora de radio y con el saludo de los colegas empieza la entrega del dinero, los vueltos, las listas. Saca de un bolso rojo un pitusa y se lo propone a una mujer. Mete la mano y aparecen unos zapatos de hombre. Se vira, en la jaba azul están los paquetes con filetes de pescado que el padre le trajo ayer y apenas alcanzan para todas las amistades que esperan para comprar el manjar.
Asimismo, organiza las listas: la de la ropa, los deudores, las que pagan al momento, lo que se llevó otra persona para revender; la del pescado; la del yogurt, los encargos, el moroso que debe tres pepinos…
Después de este "ponerse al día", saca por fin su agenda de trabajo. De uno de los trabajos, el importante, el de título, el legal, el reconocido, el que menos paga…
Entonces Maray respira. Echa el pelo hacia atrás. Cierra y abre los ojos intentando ser otra, más compuesta quizás. Más segura, quizás. Y comienza a leer tras el micrófono un comentario sobre economía feminista que acaba de escribir en la guagua, como quien se abre el pecho y expone su vida con real optimismo.
Pero Maray no se permite interferencias emocionales. No tiene tiempo para eso.
De la emisora sale para otro local, una redacción de un sitio web donde colabora como redactora y editora. Otro estilo, otro medio, diferentes temas y enfoques en lo que se publica. Pero allí también vende ropa, zapatos, pescado y yogurt cuando le quedan.
Guarda las jabas, que ya están vacías. Dobla las listas y las esconde en uno de los compartimentos del monedero. Hala una silla y al fin se sienta frente a una computadora.
Cara a cara con la pantalla repite la operación de la mañana. Respira. Echa el pelo hacia atrás. Cierra y abre los ojos intentando ser otra, más compuesta quizás. Más segura, quizás. Definitivamente otra.
***
Antonia saca las cuentas una y otra vez. Este mes las ganancias estuvieron flojas. Tuvo que pagar un pantalón de su bolsillo, porque el marido de aquella "amiga" se esfumó del planeta debiéndole la prenda.
Antonia anda como los árabes de antaño en las mulas llenas de mercancía; como su abuelo cuando llegó a Cuba, según le contaba su madre, vendiendo por todas partes hasta reunir un dinerito. Será que lo llevo en la sangre y hasta que la necesidad no apretó no me di cuenta, se echa en cara como quien descubre el agua tibia.
La diferencia, se dice Antonia pensando en voz alta, es que aquello era de él.
Precisamente esta mujer vende ropas, accesorios, maquillaje, adornos, aseo… que traen otras personas de diversos países de América Latina.
Le dan un precio "relativamente bajo" para que, con cada cosa, se busque uno o dos CUC.
A Antonia la conoce todo el mundo en su municipio. Fue maestra de la mayoría de los que hoy tienen entre 25 y 40 años de edad. Pero, desgraciadamente, ella no conoce bien a todas estas personas, pues muchas de las que se han llevado mercancía "fiada" luego no le han pagado.
Por eso siempre anda con el corazón en la boca. Recorre las escogidas de tabaco los días del cobro. Llega a su casa a las mil y quinientas, con tal de esperar los pagos.
Antonia carga con un maletín repleto cada día. Va de casa en casa. Saca y mete la ropa; recita los precios; canta slogans publicitarios como pagayo, con tal de vender. Y se dice a sí misma que tiene suerte de hacerlo, de sacar unos pesitos más y reunir para comprar lo que necesita o quiere, sin depender de nadie.

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