Viernes, 29 Septiembre 2017 14:11

Las mujeres después del ciclón

Por  Dayneris Mesa Padrón

Desde que tengo uso de razón, a mi madre le aterran los ciclones. Y una se pregunta: ¿a quién no? Pero su miedo, además de la cuota normal que nos toca por vivir en un archipiélago del Caribe expuesto durante varios meses del año a estos eventos, es más como odio.
Y creo que nuca antes he sentido ese vil sentimiento de mi madre hacia algo, como le sucede con los ciclones.
Muchos recuerdos, emociones, demasiadas pérdidas han dejado estos fenómenos de la naturaleza en su memoria, como para no destilar tal repugnancia.
Empecemos cronológicamente, cuando apenas tenía 10 años y la primera casita donde jugó, comió, durmió, fue acribillada por los fuertes vientos y la crecida del río, que era su vecino más cercano.
Me cuenta que entonces fueron rescatistas en lanchas a sacar a toda la familia. Familia concentrada en cuatro casas de madera y guano que componía todo el barrio.

Casi todo lo perdieron y, aunque a una niña de 10 años puede dolerle más la desaparición de su muñeca de trapos (la única que había tenido hasta entonces), dice mi madre que algo más la hizo maldecir, llorar y no olvidar jamás.
"Recuerdo que mi padre y mis tíos volvieron a la normalidad como mismo lo hizo el tiempo. Regresaron al campo. Retornaron los sembrados arrasados, a empezarlo todo de cero. Fue muy duro para ellos, no lo niego.
"Sin embargo, para mi madre, como para el resto de las mujeres de la familia que trabajaban en la casa, fue peor. La corriente del río se llevó las sábanas (de tela del tapado del tabaco), las pocas ollas que tenían...
"Tuvieron que inventar cómo cocinar, en qué dormir, cómo asear lo que les quedaba de hogar, remendar los muebles... preparar todo lo mejor posible para que cuando los hombres volvieran hubiese, como siempre, una mesa servida y un colchón para descansar."
Esa imagen se dibuja en mi cerebro cada vez que tocamos el tema. Y recientemente ha adquirido nuevos rostros, nuevos paisajes. En las mujeres de Cojímar, de Punta Alegre, de Playa Baracoa... con las que se ensañó Irma, veo a mi abuela, a mi madre... y a todas las que, tras la tormenta, se quedan en casa componiendo los pedazos rotos.
Porque la mayoría de las veces son los hombres quienes salen a enfrentar el peligro; son ellos los dirigentes movilizados para ayudar al pueblo; son quienes primero retornan al trabajo, porque hay que cumplir, o proveer la casa.
Pero sigamos cronológicamente la historia. Estando mi madre de prácticas como técnica de farmacia, un huracán azotó el municipio pinareño donde trabajaba y vivía acogida en la casa de unos familiares.
El padre de la familia era directivo de la zona y enseguida salió a cumplir con sus funciones. Mi madre no lo pensó dos veces y corrió a la farmacia a preparar botiquines para enfrentar los posibles daños a la salud. No transcurrieron cinco minutos cuando el hombre de la casa donde se quedaba acudió a buscarla.
"Me obligó a regresar a la casa. Dijo que como no había ningún hombre que trabajara en la farmacia buscarían a un médico que se encargara de lo que yo sabía de memoria. Reiteraba una y otra vez que las mujeres tenían que estar en la casa, cuidando de los niños y los viejos. Para la calle los hombres, que sabían cómo lidiar con eso".
La verdad, con eso no saben lidiar ni hombres ni mujeres, que lo digan las miles de personas afectadas y damnificadas tras el paso de Irma. No obstante, la vida ha demostrado que la responsabilidad y el compromiso social no entienden de género. Precisamente lo constatamos con uno de los trabajos periodísticos televisados tras el paso de este evento atmosférico, en el que una pobladora de Cojímar agradecía a dos mujeres de las autoridades municipales por su presencia y el acompañamiento ininterrumpido que le dieron a sus coterráneos.
La verdad, me gustaría pensar que en la casa de estas dos mujeres comprometidas con sus cargos había un hombre al mando del hogar, devanándose los sesos para salvar las providencias del refrigerador ante la falta de electricidad; hirviendo el agua potable; haciéndole 10 cuentos a los niños para conciliarles el sueño en medio del calor y echándoles aire con una libreta toda la madrugada.
Me gustaría constatarlo, si la mitad de nuestros representantes gubernamentales fueran mujeres. Pero no lo son. Y son ellas las heroínas de incógnito que casi siempre echan a andar las casas antes que las termoeléctricas, que tienen la mesa servida y el colchón dispuesto para los hombres cansados que regresan a la casa después del ciclón.

Visto 61 veces

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.