Viernes, 21 Agosto 2015 20:16

Sacándole filo a los estereotipos

Por  Dainerys Mesa Padrón

Miriam soñó siempre con ser enfermera. Pero, por azares del destino, no obtuvo la carrera tan anhelada y debió buscar opciones cercanas que le llenaran las ganas de llevar uniforme y de ser útil a las personas desvalidas.
Por eso matriculó en un curso de laboratorista y terminó trabajandob como técnica en un policlínico durante 15 años de su vida.
Un día descubrió que ni su salario, ni el agradecimiento —hecho material— de algunos pacientes le alcanzaban para llenar los cráteres que el Período Especial dejaba en la economía de los hogares cubanos. Entonces se renunció.
Esta vez comenzó como vendedora de pizzas y refrescos en un negocio particular, emergente en aquellos momentos.
Guardó su bata blanca en el fondo del closet, donde la rutina no alcanza a escarbar y la nostalgia solo encuentra humedad. Aprendería a equilibrar esos vacíos espirituales por el monedero apretado con la recompensa diaria.
Pasaron los peores tiempos y algunos cambios la hicieron dudar. Aumentos en el salario, misiones internacionalistas... Miriam creyó que tal vez podría volver al laboratorio y, con su realización profesional y unos "pesitos" de más, la alegría estaría completa, pero no fui así.

Aleyda se convirtió en el orgullo de su familia cuando se graduó de Enfermería. Su madre y todas sus tías habían deseado tanto serlo, que volcaron las ganas en la muchachita, aun sin preguntarle si tenía vocación para ello.
Es cierto que a la joven se le daban muy bien las materias y trataba a las personas con una dulzura; mas, en sus ratos libres se sentía volar detrás de los pedales de la máquina Singer que le obsequiara su abuela. Aquello sí era lo de ella: cortar, medir, coser, entallar...
Sin embargo, por fidelidad familiar, miedo o resignación, Aleyda salió una mañana vestida de enfermera y vestida de enfermera regresó al cabo de 30 años, con la jubilación en la mano.
Por fin tendría tiempo para dedicarse a lo que le gustaba. Ya se había anunciado en el barrio como modista, costurera, remendona a tiempo completo. Por mucha que fuera su felicidad, su camino daría un giro inesperado y triste.
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Desde que nació, Miriam vivió con su madre. Por eso, cuando a esta le empeoró la diabetes y sufrió una amputación, su hija debió cuidarla sin miramientos.
Por más ajustes que hiciera en la cafetería para alternar la asistencia a la anciana con sus labores, nada le resultaba. Al final tuvo que dejar su trabajo en la calle para incorporarse, 24 horas, en el de la casa.
Similar le ocurrió a Aleyda al sufrir su esposo un accidente cerebro vascular. Las muestras que tenía diseñadas se le pasaron de moda en las gavetas. Las manos se le hicieron torpes para las puntadas y los ojos se le cansaron de tanto llorar.
Ambas mujeres debieron anular sus intereses particulares para dedicarse a velar por otras personas. Luego, ya expertas en la rutina del aseo, la alimentación, los medicamentos a su hora y el chequeo de los signos vitales, pensaron en sacar partido del asunto.
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Miriam y Aleyda no se conocían. De hecho, ahora que son colegas, solo les alcanza el tiempo de coincidencia para saludarse e intercambiar algunas frases.
Las dos, acogiéndose a una de las modalidades del trabajo por cuenta propia, cuidan a un anciano en días alternos.
Una aprovechándose de sus aptitudes y la otra haciendo gala de su práctica en el sector de la Salud, hacen un oportuno dúo. Además, saben estimar las experiencias que obtuvieron al tener a su cargo a un ser humano con discapacidades.
Ante el envejecimiento de la población cubana, muchas mujeres, asociadas durante siglos a la salvaguarda de la familia y de sus miembros más vulnerables, se ven presionadas —por la propia sociedad— a ignorar sus incentivos intelectuales para atender a sus seres queridos.
Algunas sacan la responsabilidad del espacio hogareño, desempañando estos roles en contextos ajenos y obteniendo una remuneración por ello. No obstante la valentía de quienes alcanzan "sacarle filo" a este estereotipo, siguen siendo ellas (tanto en la variante obligada, como en la opcional—asalariada) quienes cargan con el peso de la asistencia a los demás.

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