Lunes, 23 Marzo 2015 12:11

¿Secretaria, hasta dónde?

Por  Susana Gómes Bugallo

Llega el primer piropo y la joven recién contratada se sonroja. En el fondo no le ha gustado, pero sabe que estaría mal si regaña con la mirada a su superior. Es mejor soportarlo, no sea que se malentienda como un rechazo y la mirada seria inicial se convierta en mal presagio para su futuro profesional. Luego llega el segundo intento del jefe que se dispone a continuar. Y ella debatiéndose entre el deber y el querer. Sometida a soportar un rol que no desea, pero que resulta complejo denunciar. Después de todo, ¿quién es el que manda?
Así comienza el primer capítulo de esa novela de mil conflictos que viven muchas mujeres subordinadas en el mundo. La historia sin fin que sujeta encantos femeninos a éxitos, y ascensos a complacencias. Una práctica con la que, incluso quienes alardeamos de feministas y liberales, podemos tropezarnos sin la menor preparación. Y hasta caer, por qué no, en el frecuente error de confundir buen trato con sumisión, al punto de deformar una relación profesional por "cercanías peligrosas".

Pero si bien el mal es de todas, a una parte de las mujeres se le llena de piedras mayores el camino. La libertad conquistada con conocimientos no funciona igual para las que realizan otras labores concebidas para el servicio, quienes, por razones que van más allá de sus intenciones, se ven atadas a dependencias de estratos que les imponen buen comportamiento para sobrevivir en el medio hostil. Gran parte de este grupo son las secretarias.
Como la extensión de la esposa complaciente en casa, se figuran aún algunos jefes a sus secretarias, ayudantes, jefas de despacho o como sea que se le suela llamar de acuerdo al escenario y la cultura profesional del encargado. La responsable del café, de la atención telefónica, de los olvidos personales y hasta de pensar y opinar en privado para apoyar al jefe. Siempre con el halo de madre o esposa protectora de su líder. Siempre un escalón más abajo de su empleador. Siempre en privado lo de opinar, que el resto "no sepa" que ella también piensa o decide.
La cuestión de la escalera profesional define mucho. Porque pocos hombres se ven a sí mismos como secretarios. Para ellos, en el peor de los casos, cuando por "azar divino" no está disponible la plaza de superior, siempre aparece creada una menos inferior que lleva el nombre de jefe de despacho. Y entonces sí que las opiniones y funciones varían. Porque algunos (y hasta algunas) suelen juzgar sin razón y hasta apostar por quién es el que manda. Y, por supuesto, que la balanza se inclina del lado del dueño histórico de los pantalones.
¿Por qué para una función sí y para otras resulta imposible? ¿Por qué las mujeres son las ideales para el inviolable horario de oficina? ¿Por qué hasta las liberan si la reunión se extiende y se acaba el horario establecido, y ellas hasta asienten complacientes porque se les "libere"? ¿Por qué en tantas juntas directivas predominan las mujeres y hasta eligen como su jefe absoluto al único hombre entre ellas? La explicación a estas dudas va fundamentada en prejuicios y construcciones de género de las que pocas personas parecen darse cuenta por falta de entrenamiento para detectarlos. Estereotipos que se repiten y continuamente cierran caminos o levantan cercos discriminatorios.
El cine parece describir la trama de las secretarias mejor que nadie. Al séptimo arte van a parar las mejores secretarias que se diseñan. Las inexpertas que lo echan todo a perder por su incapacidad y al final salen "un poco adelante", luego del voto de confianza del bueno de su jefe. Las señoronas que son perfectas para encargarse de todo y enterarse de todo. Y, por supuesto, las bellas, las vampiresas, las que se convierten en motivo de pelea de los matrimonios, las perfectas para encaramar en las mesas de oficina y vivir ese romance intenso. El cine sí que sabe de estos estereotipos y clichés.
Y por la experiencia de cineastas machistas suelen guiarse a veces los directores de empresas. Hermosas y malvadas las contratan para su apoyo. Por favor, secretaria de buena apariencia, suelen rogar sin cortapisas. Y la joven hasta se regocija con cualquier acoso disfrazado de piropo que venga de su mandamás. Hasta siente que es parte de sus funciones esa de soportar insinuaciones y sonreír ante cualquier irrespeto. Hasta se preocupan algunas cuando no funciona así. Hasta se marginan otras cuando no están dispuestas a aceptarlo.
Caracteriza también a nuestras secretarias de hoy (¡cómo olvidarlo!) el principio de la invisibilidad. Toda buena asistente coordina a la perfección para que cada hecho suceda como acto de magia, sin que se percate el mundo de que ha comenzado a girar por ella en ese instante. Exactas, precisas, alegres, ecuánimes, tranquilas, perfectas… sin otro valor que agregarle. Cual si se tratara de un obsequio por el buen comportamiento o un certificado de garantía para el electrodoméstico de calidad. Y luego vaya usted a pensar por qué se le ve como oficio ingrato…
El Gran Diccionario de la Lengua Española (con sus aportes innegables al machismo que se mueve por las calles, pero desde las letras) maneja sus discriminatorios conceptos con total claridad. Según este texto, en las secretarías trabajan los secretarios y los ejemplos de funciones para el género masculino van desde ocupar cargos ministeriales hasta dirigir partidos. Para las mujeres, el ejemplo es único: "mi secretaria te dará hora para visitarme". A esto se limitan sus capacidades.
Solo lanzar una mirada al sector cuentapropista que se continúa consolidando en el país muestra que aunque abundan las mujeres como trabajadoras, la mayoría de los dueños son hombres.
Pero está claro para todas que no se trata solo de las secretarias, las subordinadas y las aparentemente débiles. Para las que mandan también hay estereotipos diseñados, aunque no hablemos de ellos en estas líneas.

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