Martes, 27 Enero 2015 17:44

Voces apagadas

Por  Dainerys Mesa Padrón

Trabajos para mujeres y trabajos para hombres. Así hemos calificado durante años aquellas profesiones u oficios que exigen cuotas adicionales de delicadeza o de fuerza. Para ellas, lo emocional, lo servil. Para ellos, lo rudo, lo difícil.
Estas construcciones culturales permanecen arraigadas a las sociedades contemporáneas como al inicio de los tiempos. Así se apegan a las rutinas y hasta las naturalizamos.
Es cierto que en determinadas especialidades constan avances en el desmontaje de estos universos laborales femeninos y masculinos. Sin embargo, solapadamente se deslizan otras manifestaciones discriminatorias que no se avienen a tales constructos.
En la mayoría de los países se considera a los hombres como eruditos en los deportes. Ellos predicen, acotan y se equivocan sin mayores consecuencias. Por eso también son los varones quienes, en este ámbito, dicen la primera y la última palabra.
Si bien muchas mujeres han asumido el periodismo enfocado en esos temas, con la ética y las competencias que requieren, siguen quedando al margen de determinadas acciones. Las hay camarógrafas, fotógrafas, editoras, directoras, reporteras y presentadoras de eventos deportivos; pero, ¿cuándo las hemos escuchado narrando?

Subiendo el volumen
Estas exclusiones trascienden los espacios nacionales. En las transmisiones de partidos, eventos y programas de carácter internacional, escasísimas veces nos hemos deleitado con la voz de una dama refiriéndonos qué pasa.
La narración deportiva implica, fundamentalmente, a la radio y la televisión; no obstante, el segundo de estos medios es preferido por los públicos a la hora de disfrutar de determinado juego o competencia. Deviene este espacio, también, el más difícil para aquellas comentaristas que intentan abrirse paso detrás de los micrófonos.
En Cuba, algunas han logrado entrevistar desde las gradas o el terreno, siempre desde una posición poco visibilizada y respondiendo a las solicitudes de quienes guían el encuentro.
Luego, tales “progresos” trascienden solo al béisbol. Nunca una voz femenina ha amenizado torneos de boxeo o juegos de fútbol.
¿Acaso no estamos preparadas biológicamente para esta práctica?
Según Yisel Filiú, periodista de Tele Rebelde, esta ausencia reside en el arraigo a la tradición y, por supuesto, en los estereotipos. “Los más ‘considerados’ toleran por lo menos escuchar a una mujer relatando la gimnasia, los clavados, el patinaje artístico... Pero el béisbol, el boxeo, el fútbol, ¡ni soñarlo!
“Algunos --prosigue--hasta enfatizan en lo feo de un jonrón en nuestra voz, o un jit que haya salido estrepitosamente del swing de un pelotero, o un duro puñetazo al rostro de un púgil… Por eso cuando rompamos el hielo debe ser excelente. Digno no sería suficiente”. Y aquí caemos en uno de los puntos más débiles del asunto: las exigencias.
Las metas que se imponen estas muchachas, condicionadas por los espectadores y colegas, resultan en ocasiones demasiado para su capacidad y experiencias laborales.
No me dejarán mentir los receptores asiduos al canal de los deportes cuando admito que las mejores descripciones han salido de las voces masculinas, las únicas. Mas, también las peores. Errores al clasificar las jugadas, confusiones en la puntuación, cambio de nombres de atletas, fallos en los datos históricos... Claro, cualquiera tiene un mal día y algunos están iniciándose.
Me pregunto entonces, ¡¿por qué deberían ellas empezar con la excepcionalidad?!
Julita Osendi, la primera profesional de la comunicación reconocida en Cuba, en la pequeña pantalla, como periodista deportiva, revela que al entrar en la tele pretendía insertarse en la narración, “y siempre, siempre me lo impidieron”.
“Me evaluaron en Radio Cadena Habana -cuenta- apenas recién graduada y ha sido mi única evaluación, pues ni mi queridísimo padrino, Eddy Martin; ni Héctor Rodríguez, compañero por más de tres décadas; ni René Navarro, uno de los mejores de todos los tiempos, quiso nunca volver a examinarme.
“Eddy decía que era por mi bien, que no hubiera sido como narradora lo que como periodista. Quizás… La vida no permitió averiguarlo”.
Por su parte, Luisa Fernanda, antes de TV Camagüey, hoy de Tele Rebelde, reconoce que lo más duro en sus inicios sucedió al manifestar su intención de narrar, esta vez con el hándicap del fatalismo geográfico.
“En aquel momento encontré resistencia por parte de quienes tenían experiencia y oficio -comenta Luisa-. Eran los mismos que conformaban los tribunales de examen. Tras muchos vericuetos, fui evaluada en un tribunal fuera de La Habana, para tal efecto se apeló al regional, organizado en la provincia de Holguín. Pero el problema continuó, pues en los Telecentros no se realizan trasmisiones deportivas que requieran narración y, cuando se hacen, participan los de la TV Nacional”.
Continuamos reproduciendo, desde lo institucional, los patrones de comunicación hegemónica, citadina y discriminatoria, incluso sin proponérnoslo. Asimismo, representamos y copiamos –en conceptos y formas- los roles asignados.
Para Julita Osendi el problema de la narración se resume en la falta de oportunidades para prepararse. “Hay que entrar en las emisoras provinciales casi adolescentes y narrarlo todo. Pero, como siempre digo, nosotras cargamos con la faena de cuidadoras y nunca tenemos tiempo para dedicarnos por entero a lo que nos gusta”, concluyó Osendi.
“Esa actividad implica horarios muy incómodos”. “¿Te imaginas cuando ella llegue a la casa a las tantas de la noche, quién se ocupa de los hijos?” “Debe estar siempre rodeada de hombres”.
Los anteriores son criterios expresados por algunos, luego de suponer que una de estas chicas con ganas, aptitudes, preparación y evaluación correspondientes, se lance a tal empresa.
Daily Sánchez Lemus, subdirectora de Tele Rebelde, quien además es madre de un niño pequeño, lo confirma: “además de talento, la narración lleva mucho oficio, y entre el trabajo periodístico, el doméstico y la atención a la familia, perdemos un tiempo precioso. No obstante, es algo que veo venir muy pronto”.
¿Será?

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