HISTORIAS COTIDIANAS (54)

Viernes, 22 Mayo 2015 15:23

Mujeres de Banco

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La casa verde, la del jardín con flores amarillas, es la de Amada; aunque su nombre no figure en la propiedad junto al de su compañero de los años ? y las batallas? ni la haya construido con sus propias manos. !Pero hay tanto de Amada en ella!, que aun cuando no esté, la casa verde de las flores amarillas seguirá siendo suya. Como también lo son las hijas, los nietos, las nietas, el esposo..., y la dirección del hogar.
¿De dónde sacó la audacia para organizar ingresos, gastos, necesidades y lujos de una familia numerosa? Nadie lo sabe. Quizás responda a su organización del trabajo; a la distribución meticulosa que hace de las labores (domésticas también) y deberes de cada quien; o a la experiencia que obtuvo trabajando en el Banco (1).
Sí, Amada y sus hijas son mujeres de Banco. Ella, la señora que peina canas y se deshace entre caricias de los nietos y las nietas, no conoció otro centro de trabajo en su vida. Allí comenzó su camino laboral a los cuarenta años y se jubiló como empleada de limpieza.
Allí están hoy sus dos hijas: una secretaria de la dirección; la otra como comercial. Tal vez sea cierto eso de que a fuerza de escuchar, manosear, escribir créditos, cuentas de ahorro, intereses y descuentos, Amada y sus hijas aprendieron los vericuetos que encierra ese inevitable ámbito de la economía doméstica.

Miércoles, 22 Abril 2015 16:37

Innovar en tiempos de ciclón

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Mi tía se llama Magalis. Tiene dos hijas y una sobrina contemporáneas. Justo al separarse de su segundo esposo, comenzó a trabajar "en la calle". Pero antes (ahora también) tenía un empleo no remunerado, el de ama de casa.
Mi tía Magalis, un día, en plenos noventa, inició lo que hoy nombramos con naturalidad, y a medias, el pluriempleo. Me permito aclarar que "a medias", pues desde que nosotras laboramos fuera de los límites domésticos asumimos esa práctica; solo que en uno de los ámbitos no recibimos ni un peso a cambio.
La doble condición de trabajadora de la hermana de mi madre empezó una mañana, cuando notó que su hija pequeña no podría ir más a la escuela. ¿La razón? Los diminutos zapatos de los lunes, los martes, los miércoles, los viernes y algunos paseos de los sábados y los domingos no soportaban más una puntada, un clavo, ni siquiera una pizca de pegamento. Tampoco alcanzaban los ingresos de su marido?campesino para comprar otro par; menos en esa zona rural donde el Período Especial (1) gritó con tanta fuerza.

Llega el primer piropo y la joven recién contratada se sonroja. En el fondo no le ha gustado, pero sabe que estaría mal si regaña con la mirada a su superior. Es mejor soportarlo, no sea que se malentienda como un rechazo y la mirada seria inicial se convierta en mal presagio para su futuro profesional. Luego llega el segundo intento del jefe que se dispone a continuar. Y ella debatiéndose entre el deber y el querer. Sometida a soportar un rol que no desea, pero que resulta complejo denunciar. Después de todo, ¿quién es el que manda?
Así comienza el primer capítulo de esa novela de mil conflictos que viven muchas mujeres subordinadas en el mundo. La historia sin fin que sujeta encantos femeninos a éxitos, y ascensos a complacencias. Una práctica con la que, incluso quienes alardeamos de feministas y liberales, podemos tropezarnos sin la menor preparación. Y hasta caer, por qué no, en el frecuente error de confundir buen trato con sumisión, al punto de deformar una relación profesional por "cercanías peligrosas".

Martes, 27 Enero 2015 17:44

Voces apagadas

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Trabajos para mujeres y trabajos para hombres. Así hemos calificado durante años aquellas profesiones u oficios que exigen cuotas adicionales de delicadeza o de fuerza. Para ellas, lo emocional, lo servil. Para ellos, lo rudo, lo difícil.
Estas construcciones culturales permanecen arraigadas a las sociedades contemporáneas como al inicio de los tiempos. Así se apegan a las rutinas y hasta las naturalizamos.
Es cierto que en determinadas especialidades constan avances en el desmontaje de estos universos laborales femeninos y masculinos. Sin embargo, solapadamente se deslizan otras manifestaciones discriminatorias que no se avienen a tales constructos.
En la mayoría de los países se considera a los hombres como eruditos en los deportes. Ellos predicen, acotan y se equivocan sin mayores consecuencias. Por eso también son los varones quienes, en este ámbito, dicen la primera y la última palabra.
Si bien muchas mujeres han asumido el periodismo enfocado en esos temas, con la ética y las competencias que requieren, siguen quedando al margen de determinadas acciones. Las hay camarógrafas, fotógrafas, editoras, directoras, reporteras y presentadoras de eventos deportivos; pero, ¿cuándo las hemos escuchado narrando?

Con frecuencia llegan las mujeres a la edad de jubilación y, si bien muchas deciden continuar laborando en sus puestos de trabajo, otras se retiran hacia sus hogares para el "descanso". Sin embargo, detrás de esa aparente tregua que toman cuando llegan a la tercera edad, comienza la distensión del trabajo no remunerado y sus existencias se convierten en la continuidad de las tareas del hogar que venían realizando toda su vida.
Las que llegan al completamiento de la edad laboral en empleos no domésticos tienen la posibilidad de ampliar sus roles, más allá de los que tradicionalmente han ejercido por su "condición femenina". No obstante, especialistas aseguran que, luego del retiro o la jubilación, ellas continúan estando más ocupadas que los hombres en las obligaciones domésticas y familiares, sobre todo si están casadas.
La acción productiva no cesa, sino que se prolonga o cambia de tipo de actividad. En ocasiones, las decisiones, planificación y ajustes en el momento de la jubilación están permeadas por los roles que ellas tradicionalmente asumen en la sociedad.