HISTORIAS COTIDIANAS (54)

Yanisbel Márquez Alonso es una muchacha de estos tiempos: moderna, independiente y emprendedora.
Aunque para estudiar Psicología en la Universidad de La Habana debió alejarse de la familia (en San Nicolás de Bari) y convivir en una residencia estudiantil (Alamar), en cuanto se graduó y tuvo la oportunidad, se independizó oficialmente y hoy habita en otro pueblo, junto a su novio, con quien lleva casi tres años.
Realizó su maestría en Psicología Clínica e imparte clases en la Universidad Agraria de La Habana (UNAM). De San Antonio de los Baños se traslada a dicha sede casi todos los días. Cuando no, se le puede encontrar en la Iglesia Presbiteriana Reformada del territorio, donde resulta una fiel activista.
Por su trabajo y sus vínculos con la entidad religiosa viaja con frecuencia a distintas provincias del país. Asimismo, ha salido de los límites nacionales en dos ocasiones, invitada por la Red Ecuménica en Defensa de las Personas con Discapacidad.
Debido a su conversación tan interesante y a cómo proyecta sus maneras de ver el mundo, los demás perdemos este detalle: se mueve en una silla de ruedas.

Miriam soñó siempre con ser enfermera. Pero, por azares del destino, no obtuvo la carrera tan anhelada y debió buscar opciones cercanas que le llenaran las ganas de llevar uniforme y de ser útil a las personas desvalidas.
Por eso matriculó en un curso de laboratorista y terminó trabajandob como técnica en un policlínico durante 15 años de su vida.
Un día descubrió que ni su salario, ni el agradecimiento —hecho material— de algunos pacientes le alcanzaban para llenar los cráteres que el Período Especial dejaba en la economía de los hogares cubanos. Entonces se renunció.
Esta vez comenzó como vendedora de pizzas y refrescos en un negocio particular, emergente en aquellos momentos.
Guardó su bata blanca en el fondo del closet, donde la rutina no alcanza a escarbar y la nostalgia solo encuentra humedad. Aprendería a equilibrar esos vacíos espirituales por el monedero apretado con la recompensa diaria.
Pasaron los peores tiempos y algunos cambios la hicieron dudar. Aumentos en el salario, misiones internacionalistas... Miriam creyó que tal vez podría volver al laboratorio y, con su realización profesional y unos "pesitos" de más, la alegría estaría completa, pero no fui así.

Entre contoneos y pregones andan ciertas mujeres; urbanas por su trabajo, rurales por sus costumbres. Poco se sabe de dónde vienen o a dónde van las voces incógnitas que irrumpen en la ciudad, sin lugar ni hora.
Algunos escuchan su cantar a intervalos y llaman sin desenfado a estas emprendedoras, cuyos nombres se pierden, se disuelven, se dilucidan en otros muchos: “compañera”, “aguacatera”, “dulcera”, “mami”, “mimi” o qué sé yo cuántos más. Otros prescinden de su trabajo y no escatiman en poner delante de sus puertas “POR FAVOR NO MOLESTE” o “EN ESTA CASA NO SE COMPRA NADA”.
Al lugar más inhóspito llegan sus señales, que son también las del boniato, el plátano macho, la malanga o la ensalada de estación que pregonan con su infatigable voz. Señales de la papa, el aguacate o la fruta de temporada que montan en sus hombros y cargan con sus brazos. Poco les alcanza el tiempo para los cotilleos o las entrevistas porque estas Cenicientas deberán volver al campo antes de que sus carrozas se vuelvan calabazas.

Viernes, 17 Julio 2015 16:14

Cambiando el molde

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A Marina no le gusta que la sorprenda el Sol en la cama; prefiere amanecer temprano. Saborea esa brisa fría acariciándole el rostro aún atontado y las gotas de rocío bañándole los zapatos. Por eso sus amistades la llaman "guajira"; porque le place sentir la tierra entre los dedos, sabe más de cosechas que de modas y está más tiempo en el monte que en la casa o en la calle.
Marina tiene 24 años. Es Ingeniera Agrónoma, soltera y guajira. Sí, ella también se lo dice frente al espejo con esa risita que se confunde entre la burla y la satisfacción.
Pero por simple que se escriba, o se lea, no le resulta tan sencillo.
En un pueblo de campo, donde al menos un miembro de cada familia está ligado a la agricultura y existe una fuerte tradición campesina, sigue pareciendo extraño que una muchacha de hoy prefiera estar llena de fango que cuidando sus uñas en una oficina.
"Tan inteligente que es, ¿por qué no estudió magisterio?". "En unos años se le acaba la juventud en el campo". "Así nunca encontrará un marido". "¿Quién va a mirar a una mujer que se pasa todo el día en el surco y con animales?". "¿Y cómo atenderá a la familia y a la casa ...?"

Lunes, 22 Junio 2015 15:23

¡Que no somos Barbie!

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Anayce nunca creyó que, siendo diseñadora de moda, algún día llegara a sentirse tan excluida de las ofertas de estilos disponibles en los establecimientos de comercialización cubanos.
Claro, Anayce ya no es aquella estudiante universitaria que conjugaba "casualmente" cualquier elemento y le quedaba como anillo al dedo. Hoy tiene 33 años y, como su madre y su hermana, ha rellenado aquella silueta veinteañera de criollita de Wilson. Encima, está embarazada.
"En la red de tiendas nacionales casi todas las prendas que se comercializan son importadas -comenta la joven-, ropas de factura bastante económica y de precios baratos, generalmente de producción china. Pero el mayor porcentaje de ellas clasifica para jovencitas, para muchachas comprendidas quizás entre los 15 y los 30 y tanto años, con siluetas muy esbeltas y tallas pequeñas. No se cubren todas las necesidades del mercado para señoras de mediana edad, que según el biotipo de la mujer cubana tienen tendencia a engrosar las caderas y los bustos".
La imagen de la Barbie, lamentablemente, no solo se queda para admirar en las revistas o los programas de televisión. Poco a poco la hemos legitimado en el día a día sin advertir que, a la larga, somos nosotras las más perjudicadas.