HISTORIAS COTIDIANAS (52)

Ketty fue una niña pintora. De esas que no desecha una obra aunque no tenga relevancia.
Aún conserva sus dibujos de la infancia clasificados en carpetas que guarda con extremo cuidado.

No era hija de artistas reconocidos, pero siempre vio en su padre al mejor de los dibujantes. Cuenta que en una pequeña barbacoa que tenían en la casa le veía, día tras a día, dibujando, pintando y recortando muñecos para cunas.
Por eso ese lugar se tornaba tan especial para ella y fue donde encontró la motivación para realizarse como artista.
"Aquella barbacoa me parecía el sitio más alucinante del mundo -cuenta-, los envases de vidrio donde guardaba las pinturas, las brochas, la luz tenue que se filtraba por una puerta desvencijada"…
"Luego, mi mamá me estimuló para matricular en escuelas de arte, como el Centro Experimental de Artes Visuales José Antonio Díaz Peláez, la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro y el Instituto Superior de Arte, donde ahora estudio el 4to año.
"Mi madre y mi padre me han apoyado muchísimo en esta labor; incluyendo, por supuesto, la perspectiva económica (que ha sido difícil, en muchas ocasiones incluyen el pago a profesores particulares, los materiales para trabajar, etc.)".

Lunes, 23 Noviembre 2015 20:09

La dueña de la esquina

Por

A dos cuadras de distancia se sienten sus pregones: pastelitos, tamales, cremitas de leche, turrón de maní... Y hay algo en su voz que atrae a las multitudes, más allá de las ganas de niños, niñas, mujeres, hombres... de devorar las delicias de su carrito.
Se sitúa en la esquina cercana a un círculo infantil, una escuela y varios centros de trabajo. Pero muchas personas rompen su camino diario para consumir sus ofertas, porque además del sabor exquisito que propone la cocinera-vendedora, regala conversación con una naturalidad increíble, en tanto busca un papelito, envuelve el alimento, recoge el dinero o entrega el vuelto.
Posee esos rasgos que recuerdan a alguien cercano: una abuela, una madre, una tía, una maestra... Siempre alguien querido.
En confesiones cortadas por el apuro de la tarde (horario pico para tantas mujeres trabajadoras), me explica que se levanta a las cinco de la mañana y, junto al esposo, comienza a preparar las golosinas. Intercalan los quehaceres hogareños y el cuidado de los nietos con alguna que otra siesta o programa de televisión. "Porque a las cuatro -refiere con entusiasmo- empieza la jornada".

Hace unos años alarmó a jugadores y a la audiencia una presencia femenina fija en los estadios de pelota cubanos.
No era periodista; evidentemente no jugaba. Y mucho menos se había colado para robar el protagonismo.
¿Quién era aquella mujer que irrumpía en un espacio de los hombres desde el césped hasta las gradas? ¿Qué pretendía con su estampa, casi inmóvil, desde el primero hasta el último de los innings? “Pues impartir justicia”, nos confiesa hoy Janet Morera Mendinueta, árbitro de béisbol en Cuba durante 11 series nacionales.
Cuenta la joven que sus primeras visitas al Latinoamericano fueron a los pocos meses de vida, cuando su padre, en aras de no perder los choques beisboleros, la llevaba en brazos para darle la leche y dormirla.
Así fue creciendo entre jonrones, fouls y strikes, hasta que un día, tras transitar por otras disciplinas, optó por la pelota.

Yanisbel Márquez Alonso es una muchacha de estos tiempos: moderna, independiente y emprendedora.
Aunque para estudiar Psicología en la Universidad de La Habana debió alejarse de la familia (en San Nicolás de Bari) y convivir en una residencia estudiantil (Alamar), en cuanto se graduó y tuvo la oportunidad, se independizó oficialmente y hoy habita en otro pueblo, junto a su novio, con quien lleva casi tres años.
Realizó su maestría en Psicología Clínica e imparte clases en la Universidad Agraria de La Habana (UNAM). De San Antonio de los Baños se traslada a dicha sede casi todos los días. Cuando no, se le puede encontrar en la Iglesia Presbiteriana Reformada del territorio, donde resulta una fiel activista.
Por su trabajo y sus vínculos con la entidad religiosa viaja con frecuencia a distintas provincias del país. Asimismo, ha salido de los límites nacionales en dos ocasiones, invitada por la Red Ecuménica en Defensa de las Personas con Discapacidad.
Debido a su conversación tan interesante y a cómo proyecta sus maneras de ver el mundo, los demás perdemos este detalle: se mueve en una silla de ruedas.

Miriam soñó siempre con ser enfermera. Pero, por azares del destino, no obtuvo la carrera tan anhelada y debió buscar opciones cercanas que le llenaran las ganas de llevar uniforme y de ser útil a las personas desvalidas.
Por eso matriculó en un curso de laboratorista y terminó trabajandob como técnica en un policlínico durante 15 años de su vida.
Un día descubrió que ni su salario, ni el agradecimiento —hecho material— de algunos pacientes le alcanzaban para llenar los cráteres que el Período Especial dejaba en la economía de los hogares cubanos. Entonces se renunció.
Esta vez comenzó como vendedora de pizzas y refrescos en un negocio particular, emergente en aquellos momentos.
Guardó su bata blanca en el fondo del closet, donde la rutina no alcanza a escarbar y la nostalgia solo encuentra humedad. Aprendería a equilibrar esos vacíos espirituales por el monedero apretado con la recompensa diaria.
Pasaron los peores tiempos y algunos cambios la hicieron dudar. Aumentos en el salario, misiones internacionalistas... Miriam creyó que tal vez podría volver al laboratorio y, con su realización profesional y unos "pesitos" de más, la alegría estaría completa, pero no fui así.