HISTORIAS COTIDIANAS (54)

Los payasos de Cristina son los más hermosos del mundo. No cantan, ni bailan, ni siquiera abren y cierran los ojos, como lo hacen casi todos los juguetes hoy día. No son sofisticados; no llevan etiquetas; ni sus marcas son las de los cientos de manos anónimas que inundan las fábricas, esas fábricas de juguetes.
Los payasos de Cristina son personalizados, llevan en sus rostros la dulzura de esos ojos de abuela de caramelo que los hizo, y despiertan y anochecen acompañando los sueños de los niños y las niñas que se los ganan.
Comenzaron a nacer una mañana, cuando ella, la costurera remendona de un barrio de Pinar del Río, no sabía qué hacer con tantos recortes de tela. Y de su propio contexto salieron las ideas.
En su casa, casi por tradición, se cuida a infantes como una alternativa de trabajo no estatal, aun cuando no estaba legitimado o diversificado como se halla encuentra en estos momentos.
Las carencias de medios para entretener y enseñar, igual que en muchos hogares y círculos infantiles del Estado, le encendieron el bombillo a Cristina.

Lunes, 29 Febrero 2016 14:54

Derechos torcidos

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En la vida de Ania (1) todo parece derecho cuando habla de su trabajo estatal en un centro de investigaciones que alterna con el empleo privado en uno de los conocidos bar-restaurantes del capitalino Vedado. Articular las realizaciones personales y profesionales con una retribución económica que cubre sus necesidades parece la fórmula perfecta para esta joven de 26 años. 
Los cambios económicos que desde 2010 se gestan en la isla hicieron posible su incursión en el sector de la gastronomía y los servicios. Ese viejo deseo vedado por sus padres se hacía realidad. Y aunque su futuro profesional tomó por caminos universitarios, reconoce que hoy posee mayores herramientas y competencias para ejercer la profesión de dependienta frente a otras jóvenes que, como ella, también aspiran a ese lugar. 
El pluriempleo trae ciertos alivios en la vida de esta comunicadora social, solo posibles gracias a la comprensión que recibe por parte de sus alternos. Pero no todo es derecho en caminos que andan torcidos. 

Ketty fue una niña pintora. De esas que no desecha una obra aunque no tenga relevancia.
Aún conserva sus dibujos de la infancia clasificados en carpetas que guarda con extremo cuidado.

No era hija de artistas reconocidos, pero siempre vio en su padre al mejor de los dibujantes. Cuenta que en una pequeña barbacoa que tenían en la casa le veía, día tras a día, dibujando, pintando y recortando muñecos para cunas.
Por eso ese lugar se tornaba tan especial para ella y fue donde encontró la motivación para realizarse como artista.
"Aquella barbacoa me parecía el sitio más alucinante del mundo -cuenta-, los envases de vidrio donde guardaba las pinturas, las brochas, la luz tenue que se filtraba por una puerta desvencijada"…
"Luego, mi mamá me estimuló para matricular en escuelas de arte, como el Centro Experimental de Artes Visuales José Antonio Díaz Peláez, la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro y el Instituto Superior de Arte, donde ahora estudio el 4to año.
"Mi madre y mi padre me han apoyado muchísimo en esta labor; incluyendo, por supuesto, la perspectiva económica (que ha sido difícil, en muchas ocasiones incluyen el pago a profesores particulares, los materiales para trabajar, etc.)".

Lunes, 23 Noviembre 2015 20:09

La dueña de la esquina

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A dos cuadras de distancia se sienten sus pregones: pastelitos, tamales, cremitas de leche, turrón de maní... Y hay algo en su voz que atrae a las multitudes, más allá de las ganas de niños, niñas, mujeres, hombres... de devorar las delicias de su carrito.
Se sitúa en la esquina cercana a un círculo infantil, una escuela y varios centros de trabajo. Pero muchas personas rompen su camino diario para consumir sus ofertas, porque además del sabor exquisito que propone la cocinera-vendedora, regala conversación con una naturalidad increíble, en tanto busca un papelito, envuelve el alimento, recoge el dinero o entrega el vuelto.
Posee esos rasgos que recuerdan a alguien cercano: una abuela, una madre, una tía, una maestra... Siempre alguien querido.
En confesiones cortadas por el apuro de la tarde (horario pico para tantas mujeres trabajadoras), me explica que se levanta a las cinco de la mañana y, junto al esposo, comienza a preparar las golosinas. Intercalan los quehaceres hogareños y el cuidado de los nietos con alguna que otra siesta o programa de televisión. "Porque a las cuatro -refiere con entusiasmo- empieza la jornada".

Hace unos años alarmó a jugadores y a la audiencia una presencia femenina fija en los estadios de pelota cubanos.
No era periodista; evidentemente no jugaba. Y mucho menos se había colado para robar el protagonismo.
¿Quién era aquella mujer que irrumpía en un espacio de los hombres desde el césped hasta las gradas? ¿Qué pretendía con su estampa, casi inmóvil, desde el primero hasta el último de los innings? “Pues impartir justicia”, nos confiesa hoy Janet Morera Mendinueta, árbitro de béisbol en Cuba durante 11 series nacionales.
Cuenta la joven que sus primeras visitas al Latinoamericano fueron a los pocos meses de vida, cuando su padre, en aras de no perder los choques beisboleros, la llevaba en brazos para darle la leche y dormirla.
Así fue creciendo entre jonrones, fouls y strikes, hasta que un día, tras transitar por otras disciplinas, optó por la pelota.