Viernes, 21 Agosto 2015 21:04

La médica de mi policlínica Destacado

Por  Susana Gómes Bugallo
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Como en todos los campos de la vida, en la Medicina el lenguaje de género también tiene su historia. Recientes, controversiales, establecidos, disputados, luchando aún por hacerse de un lugar, andan vocablos como médica, que casi parecieran una profanación en la boca de quienes se aventuran a decirlos, aunque ahora esta versión de Microsoft Word (sabrá la Informática por qué razón), ni siquiera la señale como incorrecta. Pero preferimos decirle doctora a esa profesional de la salud que nos atiende.
Y hasta los objetos inanimados llegan los prejuicios cuando decidimos decirle policlínico a esa instalación que nos espera en la esquina y que la literatura especializada aprobó hace buen tiempo en su versión femenina.

Aunque esa inquietud inicial responde solo al género de las palabras más empleadas en la Medicina, otra preocupación tan alarmante va por la connotación denigrante que se le ha dado a muchas otras por el imaginario popular. Ser enfermera, por ejemplo, lleva siempre esa carga de erotismo intencionado que han construido diversas tramas dramáticas que presentan a estas mujeres --tan definitorias para la atención médica-- como símbolos sexuales que asisten a sus puestos de trabajo con ropas ajustadas y prendas interiores insinuantes, con la intención de atender a sus pacientes "en todos los sentidos".
En otro lado de la discriminación y los estereotipos excluyentes están los hombres que se dedican a esa profesión, pues tal pareciera que decidirse por este camino de la enfermería, para los del sexo masculino, es una condena al estigma de la homosexualidad obligatoria. No se puede ser enfermero y heterosexual, parece rezar la cultura machista impuesta por siglos. De ahí que casi haya que aclarar siempre la preferencia sexual de un profesional cuando lo presentamos con la credencial de la enfermería.
Diversos estudios internacionales se preocupan por el empleo del género en la Medicina. Señalan entonces --como buenos ejemplos para no confundirse-- aquellos sustantivos de forma única y género implícito, que terminan en a, e o consonante precedida por una vocal que no sea o (tales como cónyuge, consorte, cónsul, joven, paciente, pediatra, profesional o virgen). También como muestra de buen uso y libre de equivocaciones en la Medicina, van los nombres de profesión formados con el sufijo -ista (anatomista, anestesista, especialista, internista, oculista, psicoanalista) o mediante sustantivación de un participio presente (ayudante, docente, estudiante, oyente, residente). En los sustantivos de este grupo, la forma femenina no difiere de la masculina y no habría entonces dificultad alguna para enunciar la participación de las mujeres en las labores de esta profesión. Sin embargo, en el extremo opuesto del uso machista, anda la palabra parturienta, que apenas se utiliza en su forma correcta (parturiente), obviamente porque es una palabra de amplio uso popular que solo se aplica a las mujeres.
Especialistas como el doctor suizo Fernando A. Navarro recogen dos problemas principales que tienen los sustantivos de género común. Y se deben, en gran medida, al modo en el que se le ha designado por el Diccionario de la Lengua Española. Explica Navarro que este texto designaba tradicionalmente como masculinos la mayor parte de los nombres de profesiones desempeñadas de forma preferente por los varones, aun cuando hayan pasado siglos desde que las mujeres irrumpieron en este mundo profesional.
Así, aunque la Real Academia de la Lengua Española se esfuerce por modernizarse, aún considera, erróneamente, como sustantivos masculinos a 135 sustantivos comunes como analista, matasanos, ocularista, oyente, pederasta y podiatra. No obstante, en una de sus últimas ediciones, marcó como comunes unas 125 palabras que hasta la pasada década del noventa eran signadas como masculinas. Es el caso de anestesista, aspirante, auxiliar, colega, dentista, estudiante, foniatra, gerente, practicante, profesional y psiquiatra. Pero no hay que conformarse con el pequeño salto, está claro; es obvio el esfuerzo social y la pujanza que aún requiere el lenguaje de género para allanar su camino entre el mundo de a pie y, más aún, entre las academias.
El segundo talón de Aquiles que señala el profesor europeo, en su investigación "Problemas de género gramatical en Medicina", es la creciente tendencia de estas palabras a convertirse en sustantivos con doble forma. Advierte entonces que tendencias como registrar en la RAE la forma jueza constituye una exageración incorrecta, teniendo en cuenta que la terminación en z es típica del femenino: niñez, nuez, preñez, rapidez, vejez. Se incluyen, además, otras incorrecciones definidas por Navarro como presidenta, regenta, asistenta, modisto, en palabras de clara raíz común. "No sigamos esta mala costumbre en el lenguaje médico y mantengamos la forma única al hablar de las pacientes, las médicas residentes, las asistentes a un congreso o la presidente de una sociedad científica", llama el doctor.
Y asentimos, sabemos que es así; se trata de un justo equilibrio que no debe desbalancearse hacia ninguna exageración. Pero, como la historia de lucha feminista es más intensa, más eterna y más incansable, la alerta roja siempre se inclina hacia el lado que más ha debido pelear por un lugar equivalente. Defendamos entonces a nuestra médica.

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