Es importante entender que no es una repetición nombrar en masculino y femenino cuando se representa a grupos mixtos. Son realidades diferentes y, como tales, deben ser nombradas. Tampoco se trata de duplicación, ya que en ese caso se estaría haciendo copia y este no es el mismo caso. Tampoco es válido el criterio de dejar de nombrar el femenino en nombre de la economía del lenguaje, tan apreciada en la práctica periodística.

No obstante, especialistas en la materia lingüística aconsejan cuidar la alternancia; es decir, en unas ocasiones utilizar la variante femenino/masculino y en otras, viceversa, masculino/femenino, para no jerarquizar.

Hay muchos modos de minimizar y discriminar mediante el uso y el matiz que les damos a las palabras.

El menosprecio hacia las mujeres se manifiesta, sobre todo, en los duales aparentes; que son palabras con significado distinto según estén en femenino o en masculino, como: zorro/ zorra; un cualquiera/una cualquiera; hombre público/ mujer pública; hombre de la calle/ mujer de la calle; fulano/ fulana; individuo/ individua; gobernante/ gobernanta, verdulero/ verdulera.

El lenguaje es mucho más que palabras. Tampoco es neutro ni inocente. Cada vez más personas toman conciencia de que la existencia de las mujeres debe ser nombrada con el reconocimiento y la valoración de su papel en la vida privada y en la pública. Por ello son necesarios los cambios en el lenguaje que permitan nombrar a las mujeres, lo que de seguro supondrá la elaboración de mensajes más precisos y justos, que reflejen una realidad más equitativa que la reflejada hasta ahora.