Las formas en que se perpetúan y naturalizan, desde la práctica cotidiana, todas las manifestaciones de la violencia, particularmente contra la mujer, sigue estando en las agendas de discusión de quienes trabajan por cambiar la mirada y la imagen sobre roles tradicionales y estereotipos de género.
Una alerta noticiosa en algún buscador de Internet, con la palabra “mujer”, devuelve en segundos un amplio listado de informaciones de todo tipo, y una buena parte de ellas aluden a rostros, fotos y titulares de mujeres maltratadas, violentadas o asesinadas.
El primer paso para prevenir la violencia de género es visibilizarla, coinciden especialistas de diversas latitudes y formaciones. Y es necesario hacerlo con las palabras, las imágenes y las representaciones adecuadas.
Aunque se ha registrado algún avance en el terreno de la visibilización del tema, la comunicación en torno a la violencia aún no cumple los objetivos deseados.

El lenguaje no sexista no se impone por decreto. Solo se puede ir modificando el lenguaje hacia una variante más democrática y no discriminatoria en la medida en que se vaya modificando el pensamiento que a través suyo se expresa. Una vez que esto ocurra, será difícil volver al lugar común de los plurales masculinos per se o la invisibilidad de los sujetos detrás de las palabras en uso.
Hay quien acude a fórmulas y alternativas como si fuesen reglas matemáticas que, finalmente, terminan empobreciendo el discurso. Con esa reiteración continuada se pierde muchas veces interés en la lectura, que se torna aburrida por repetitiva, formal y poco creativa.

Es importante entender que no es una repetición nombrar en masculino y femenino cuando se representa a grupos mixtos. Son realidades diferentes y, como tales, deben ser nombradas. Tampoco se trata de duplicación, ya que en ese caso se estaría haciendo copia y este no es el mismo caso. Tampoco es válido el criterio de dejar de nombrar el femenino en nombre de la economía del lenguaje, tan apreciada en la práctica periodística.

No obstante, especialistas en la materia lingüística aconsejan cuidar la alternancia; es decir, en unas ocasiones utilizar la variante femenino/masculino y en otras, viceversa, masculino/femenino, para no jerarquizar.