Lunes, 08 Enero 2018 16:52

Justicia de mujer en un mundo masculino

Por  Susana Gomes Bugallo

Janet Moreno Mendinueta es la única árbitro de béisbol de ligas mayores en el mundo. Ella está adaptada a ser la primera en todo lo que emprende

“Cuando empecé había un receptor que, cuando estaba en home, me decía: ‘Mi amor, nunca he tenido una dama detrás de mí’. Y yo le contesté: ‘Usted tiene que mirar para el pitcher; a mi esposo no le gusta que me estén mirando en el terreno de pelota’. Luego vino a batear y siguió: ‘Tu esposo no está aquí, te puedo mirar’. Entonces le tiraron tres lanzamientos al medio y le metí ‘ponchao’. ‘Pensándolo bien, ya no te miro más’, soltó y se alejó del cajón”.
Con esta anécdota resume Janet Moreno Mendinueta la cantidad de hombres “fuera de zona” que se ha encontrado en toda su carrera. Ya no es tan difícil como al principio, pero siempre hay atrevidos que se lanzan a provocarla. El tiempo, el carácter y la educación a los deportistas (¿por qué no?) han consolidado la autoridad de esta mujer que es la única árbitro en el mundo en participar en ligas mayores.
Jamás imaginó que llegaría hasta acá. Siempre la obsesionó el deporte y, de pequeña, debía esconderse de su padre para poder jugar a la pelota con los muchachos de la cuadra. Él siempre la descubría y la regañaba por desafiarlo así. Pero tal vez fue el principal “culpable” de la vida que hoy lleva su hija.
Desde que Janet nació, está en un estadio de pelota, recuerda ella. El right field (jardín derecho) del Latino colindaba con la casa de su papá y, con solo unos meses, él la llevaba para el estadio y hasta le daba su biberón de leche para dormirla entre hits y jonrones. “Así empezó mi pasión por el béisbol”, resume quien lleva ya su decimotercera Serie Nacional como árbitro.

Aunque insisto en nombrarla árbitra, ella se rehúsa y me dice que en su mundo se les llama mujeres árbitros. Será por esos prejuicios que existen aún en los ambientes que todavía no parecen ser para ellas. Como los que la atormentaron al inicio de todo.
“Cuando empecé, eso creó ‘ronchas’ entre algunos árbitros porque consideraban que yo le quitaba el puesto a un hombre. Les dije que me lo había ganado y tuve que demostrarlo. No fue fácil. Pero según pasaron los años y ellos vieron que yo iba progresando en mi trabajo, todo mejoró. En ese primer año tuve mucho apoyo de Luis César Valdés, quien siempre estuvo ahí, ayudándome y diciéndome que siguiera adelante, que yo podía.
“Ya en el segundo año empecé a sentir el apoyo de ellos; se relajaron más y me daban consejos. Luego, en el tercer año, si había una nacional y yo no estaba, se preocupaban por mi ausencia”, advierte orgullosa quien ya ha podido conquistar su lugar, a fuerza de tesón y preparación, pues se sabe que quien anda en terreno “ajeno” debe sacrificarse el doble para ser respetada.
Las historias de hoy ya son más alentadoras. Ariel Pestano, uno de los grandes receptores del béisbol cubano, dice siempre que Janet ha sido la única en lograr mantenerlo dentro del cajón los nueve innings, mientras recibe las pelotas del pitcher. Y todo comenzó en la primera subserie en la que ella trabajaba.
“Él se ponía fuera del cajón para recibir. Cada vez que cogía la pelota, me miraba. Entonces me dijo: ‘Chica, ¿tú no vas a cantar ninguna ahí?’. Y le contesté: ‘Si tú dices que ahí está buena, cuando vengas a batear, te la canto ahí’. En ese momento reaccionó: ‘No, no. Ya veo que tienes buena zona’. Se metió para dentro del cajón del receptor y no salió más”, cuenta ella.
De su historia personal, señala como momentos definitivos aquellos en los que comenzó desde la EIDE (Escuelas de Iniciación Deportiva Escolar) y la ESPA (Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético) provinciales a practicar el deporte “en serio”. Primero fue el tenis de campo; luego cambió a judo. Pero siempre se escapaba a ver al entrenador del softbol femenino para que la dejara batear un poco. Fue este hombre quien pidió permiso al papá de Janet para que ella participara en un campeonato juvenil de ese deporte. Él aceptó con una sola condición: su hija tenía que ser buena en el terreno. Ella cumplió con creces y él se convirtió en su cómplice para todo.
Después de jugar durante más de una década en el equipo de Ciudad de La Habana de los juveniles y de primera categoría, Janet decidió apartarse debido a una injusticia que la disgustó mucho. Le propusieron ser árbitro de softbol y aceptó. Un año después, el béisbol femenino comenzó en Cuba y le robó el corazón a esta muchacha.
Sin embargo, su suerte estaba echada. Ya era demasiado tarde para iniciarse en el béisbol como jugadora. Por eso le propusieron ser la primera árbitro mujer, una sugerencia de Vilma Espín que ella aceptó encantada.
Pasó el curso provincial de béisbol y empezó a arbitrar las competencias de ambos deportes. Luego la pusieron a escoger, y ya se sabe lo que pasó. Janet trabajó en todas las categorías, hasta que pasó el curso zonal y solo seleccionaron a los primeros cinco expedientes para ir a la escuela nacional.
“Fui el segundo expediente y no me lo podía creer. Llegué a la escuela y, en tres años que estuvimos preparándonos como árbitros nacionales e internacionales, fui el segundo expediente también. Cuando me dijeron que ya iba a participar en la Serie Nacional, pensaba que ese era un sueño que no sería realidad”, rememora viajando a los inicios. Hoy la realidad es otra.
“Ya tenemos hasta anotadora. En el béisbol femenino hay tres árbitros que vienen bien y trabajan en la nacional femenina y en las provinciales masculinas, pero creo que todavía les falta un poco para llegar a series nacionales masculinas. Ojalá esas tres muchachas sigan y un día pueda haber un grupo en la Serie Nacional masculina que sea solo de mujeres. ¡Qué más quisiera yo! Sería algo impactante”, sueña. Pero sus aspiraciones no están muy lejos de la realidad. ¿Qué impediría que ellas sigan dictando justicia en un mundo para ellos? Solo los límites que cada quien se ponga.

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