Viernes, 29 Septiembre 2017 14:11

Al timón de su vida

Por  Susana Gomes Bugallo

Muchas son las mujeres que trabajan como conductoras de vehículos en Cuba y aún la sociedad no se acostumbra. Esta es la historia de una de ellas, como pudiera ser la de otra cualquiera

Llevaba a Camila a todo dar. Claro, de un modo soportable, pero más alegre de la cuenta. Cantaba (¡cómo no!) con el estilo adolescente y despreocupado que solo lleva quien está disfrutando la vida. Daba golpecitos al timón y movía la cabeza de vez en cuando, si algún acorde la emocionaba más o llegaba esa frase de la canción que le tocaba el alma. Se notaba que era un variado musical creado por ella. Después venía Celine Dion y la joven seguía tarareando con total fluidez. Sin dudas, lo había preparado para sus jornadas laborales al timón. Quién sabe como antídoto de qué.
Si había pasado los 30, los disimulaba muy bien. Tal vez ayudaban las uñas bien rosadas o esos aretes atrevidos que colgaban de una gorra nada discreta. Amarilla, como el taxi rutero que manejaba, era esa gorra. Y, junto a las gafas oscuras, completaba el atuendo irreverente de esta novel choferesa (¿o debo decirle chofer?) de taxis ruteros, de la cooperativa 2, en la nueva línea que une Mantilla con el Vedado, y que cobra cinco, 10 o 15 pesos de acuerdo al tramo, porque tiene la ventaja también de ser en autos pequeños, de cinco plazas (cuatro, menos quien maneja) y hasta ostentar la marca Hyundai y llevar, de vez en cuando, algo de aire acondicionado. 

Hasta ahí las buenas noticias para el transporte de quien va apurado y quiere llegar adonde necesita. Aquí se agotan las buenas descripciones. Ella, cómo no hacerlo, daba los buenos días y sonreía, cobraba y daba las gracias, decía Vedado y despedía al bajar. No se daba cuenta de mucho. O, a prueba ya de tantos desplantes, se hacía no la de la vista gorda, sino la ciega total.
Si por la Calzada de Diez de Octubre los carros pudieran ir más lentos, tal vez el vehículo de mi conductora (tan a gusto) no se hubiera completado en sus asientos. Ella no lo veía, pero yo pude comprobar desde el asiento trasero, en mi posición privilegiada, el rostro de sorpresa de algunos hombres y hasta la cara de susto resignado con la que asumían su destino de ser conducidos a buen puerto por una joven mujer y chofer (choferesa debo decir).
Calculaban cada uno de sus movimientos y, en el colmo de la desconfianza atrevida, orientaban algunos consejillos urgentes para que mi amiga (ya a esas alturas era mi hermana del alma) anduviera con cuidado, se fijara bien en las locuras que podía cometer el de adelante, o recordara (como establece el Código Vial que seguro ella no conocía bien, pensaban no tan adentro) que por esa vía no se podía adelantar, a menos que la otra senda no estuviera tan atascada como estaba.
Ella seguía tarareando a Camila. Y no sé si por azar o exitosa coincidencia de la vida y esas lecciones que tanto nos merecemos, en el momento más exacerbado de los consejos, iba sonando “Mientes”, uno de los éxitos de la banda. Se imaginarán cuán a tono estaba con el instante.
Y, si para lo que ocurría adentro mi primer plano era privilegiado, mayor fue el espectáculo cuando logré sumarle el plano general que acompañaba a mi conductora. Desde la calle, ella era el show. No había chofer, pasajero de chofer o socio de chofer que no tuviera palabras, miradas devoradoras y hasta atrevidos chiflidos para la muchacha al timón. Se la comían con la vista. Pero ella no se dejaba tragar.
Llevaba por fuera un escudo construido hace mucho, tal vez desde la primera ocasión en la que pensó en ponerse al mando de un vehículo. Como la manga tatuada que muchos conductores se ponen para protegerse del sol, la de ella salía (invisiblemente) desde su brazo y alcanzaba a cubrirla entera.
Le hubiera preguntado su nombre, pero temí caer en los mismos clichés. Me hubiese aventurado a unas preguntas, pero preferí huir de los estereotipos. Hubiese sido de aquellas entrevistas clásicas en las que se le pregunta a la mujer en una profesión poco convencional cómo hace para combinar casa y trabajo (como si la casa fuese solo de ella), si es verdad que las mujeres logran manejar tan bien como los hombres (como si fueran ellos los dueños del timón y ellas las eternas aprendices) y, en el colmo de las marginaciones, hallar un espacio en la charla para distinguir con admiración el modo en el que conserva su femineidad aun laborando en un empleo “masculino”.
¿Por qué convertir en historia especial lo que debía ser cotidianidad? ¿Por qué entrevistarla como si fuera un bicho raro? ¿Para qué marcar su historia si lo que más se desea en la vida es reconocimiento por lo que se hace y no por quiénes somos? Preferí guardar las distancias. Conservar, como dice el Código de Tránsito, la distancia prudente entre nuestras vidas. Escribir desde casa esta crónica que mira otra vez a los machismos.
“No es fácil”, le dije antes de bajarme, con tal de sellar nuestra complicidad secreta de algún modo, ahora que otro se sumaba a la colección del viaje con sus exagerados ademanes de macho en celo que rodeaba al Hyundai con su almendrón, como cortejándolo. “Estoy adaptada”, me dijo. “Todos los días son así. La gente no entiende de ver mujeres manejando. Ya se acostumbrarán”, me despidió con una sonrisa, mientras buscaba el cambio en su bolsa de canguro.

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