Jueves, 24 Agosto 2017 02:23

Dos caras de la misma moneda

Por  Dayneris Mesa Padrón

Teresa y Ana son dos mujeres con varias condiciones en común: decididas, emprendedoras, que luchan por alcanzar sus sueños sin levantar los pies de la tierra.
Ellas no se conocen, ni siquiera por terceras personas. Una vive en Matanzas, la otra en Pinar del Río. También tienen edades distintas. Pero la peluquería, las ganas de hacer bien y las circunstancias han hecho que Teresa y Ana figuren juntas en este trabajo, como dos caras de la misma moneda.

TERESITA
Teresita llegó a Cárdenas hace tres años. Vivía en una provincia del oriente cubano y, en aras de acercarse a la capital y a la zona donde vive la familia de su esposo, se mudó para Matanzas.
Dice que ya traía, dibujado en la cabeza, el mapa de lo que quería hacer en su nuevo lugar de residencia para ganarse la vida. Antes había trabajado en la contabilidad de un salón de belleza; luego, allí mismo, empezó como peluquera y descubrió entonces que la apasionaba la tarea de embellecer a otras personas.
Gracias a una amiga llegó al Centro de Reflexión y Diálogo de Cárdenas. Su percepción de negocio cambió. Su visión de trabajar la peluquería se engrandeció y tomó otra de las aristas que la apasionan: ayudar a quien lo necesite.
"Siempre busco contratar a las muchachas que más necesiten aprender un oficio y que están en desventaja económica. Emplear a una peluquera con experiencia puede ser bueno para la imagen, para atraer más clientela, pero un poco de dinero extra no representa mucho frente a la posibilidad de encaminar a estas niñas que no estudian ni trabajan".
Teresita comenzó el negocio en el pequeño garaje de su casa, con un grupo de clientas que se fue incrementando, hasta impulsarla a tomar la decisión de ampliar el espacio. Fue así que incluyó la sala y el portal. En estos momentos su equipo lo integran unas siete muchachas entre los 19 y los 28 años de edad, de ellas dos poseen una discapacidad (sordomudas); además, en la parte exterior de la casa están arrendados un barbero y una costurera.
"No es lo mismo trabajar para el Estado, detrás de un buró, llevando la contabilidad, que asumir un negocio propio. Tampoco es igual tener un grupo de clientas y trabajar una sola, que guiar a un equipo de personas con diferentes actividades. He debido crecer y evolucionar mucho en mi manera de pensarme como empresaria, como emprendedora. No obstante, los resultados han sido favorables y lo agradezco a Dios y al Centro de Reflexión. Allí siempre están dispuestos a ayudarnos, a orientarnos, a despejar las dudas".

ANA
Ana fue madre con apenas 19 años, cuando comenzaba a descubrir el mundo que se extiende más allá de su pueblo de Pinar del Río. La educación que le dieron sus padres y la convivencia con su esposo machista ?15 años mayor? rápidamente la hicieron aterrizar en un molde en el que se "acomodó" por casi una década.
Tras el golpe que representó para Ana afrontar la vida como madre soltera; ser abandonada casi literalmente con "una mano delante y la otra detrás"; no saber qué hacer en la vida para vivir, la joven emprendió un camino de trabajo sin vuelta a atrás.
"Lo primero que hice fue lo que había hecho toda mi vida: cuidar la casa. Encontré trabajo en dos casas donde limpiaba, cocinaba, lavaba... varios días a la semana y me pagaban un dinero que nunca antes había tenido en mis manos, pues mi ex esposo se encargaba de comprarlo todo, solo me daba dinero para las medicinas y algún paseíto por el pueblo".
Socializar con personas de otro nivel educacional le dio el impulso para terminar la facultad y estudiar algunos cursos que ofrece la Federación de Mujeres Cubanas de su municipio. De trabajadora doméstica remunerada pasó a cuidadora de niños, a ayudante de una modista y, de ahí, a aprendiz de peluquera.
Este salto significó para ella encontrarse con su verdadera vocación. Descubrió sus aptitudes para servir a las personas en aras de su embellecimiento físico y las personas descubrieron en ella una peluquera delicada, cariñosa, competente.
Por un tiempo estuvo dándole vueltas al asunto de independizarse, hasta que encontró una solución a su problema financiero para tener un salón propio.
"Varias muchachitas estaban interesadas en la peluquería, habían pasado cursos conmigo y querían tener algo propio, diferente a lo que hay en el pueblo. Muchas de ellas ya son madres, ni estudian ni trabajan, con maridos que si los dejas te ponen una reja para que no salgas de casa. Por eso enseguida me acerqué a ellas para que siguieran adelante con ese sueño.
"Pero, como yo, ninguna de ellas tenía dinero suficiente para construir un local, comprar los productos, sacar la licencia. Entonces un día les propuse unirnos, tipo una cooperativa, y que cada quien pusiera lo que tuviera.
"Ellas me nombraron 'la jefa', por así decirlo, pues soy la mayor y, poco a poco, piedra a piedra, fuimos haciendo el cuartico, el baño..., creando las condiciones, hasta que el salón Anaisabella estuvo casi listo".
Casi, pues cuando creyeron que faltaba lo menos importante, la licencia de autorización para ejercer este trabajo por cuenta propia, salieron a la luz pública las nuevas regulaciones que han puesto en pausa determinadas actividades en el sector privado, entre ellas la peluquería.
Hoy Ana y sus compañeras sufren en agonía esta incertidumbre; mientras, buscan nuevos empleos que las sostengan por el tiempo que dure la revisión del Estado. Las que trabajaban habían dejado de lado sus funciones para empezar en su negocio propio y ahora sus puestos fueron ocupados por otras.
De vuelta a limpiar, cocinar y lavar en otras dos casas, Ana no pierde la esperanza de abrir su local; de que los maridos dominantes que tienen algunas de las muchachas les permitan incorporarse cuando, por fin, abran y de que, como pocos negocios en ese pueblito recóndito, el suyo prospere.

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