Viernes, 30 Junio 2017 00:59

Una mujer habla desde tu piel

Por  Susana Gomes Bugallo

Bien cerca del mar, en medio del ambiente bucólico del barrio habanero de Santa Fe, unos trozos de madera que antaño fueron alguna lancha y ahora yacen abandonados, hacen pensar que se anda por un lugar al que nunca ha llegado nadie. ¿Quién diría que una joven mujer ha puesto este alejado espacio en medio del mapa sentimental de muchas personas de La Habana y el país? Esa es Anita. Y hace tatuajes.
¿Cómo una muchacha que aún parece universitaria se cuela en el gusto de hombrones rudos que vienen a parar a sus manos, para que ella cree en libertad lo que sea que se le ocurra estamparles en la piel para siempre? Con talento, diríamos. Pero también con el secreto de un carácter a prueba de todo y de todos que ha sabido abrirse paso entre las negativas de la vida para armarse un mundo propio y atraer a quien sea hacia él. Con los tatuajes es así: lo tomas o lo dejas. Después de todo, no es secreto que aquí no existen gomas de borrar para las decisiones erróneas.
Ana Lyem se graduó de Arquitectura. Y pronto descubrió que entre sus estudios y la profesión mediaba un espacio insalvable. No obstante, continuó por su camino. Se fue a trabajar a la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI) como inversionista y uno de esos buenos días en los que el deseo puede más que la rutina decidió que le interesaría dedicarse al mundo de los tatuajes. Por suerte tenía a Alberto, su novio de hace años. Aunque tal vez ella sola se hubiese resuelto cualquier interés. Pero su amor conversó con Yanko, un tatuador ya consagrado, quien aceptó iniciarla en este mundo.

Bastaron varias pieles de cerdo para las prácticas y la energía indescriptible que proporciona la máquina de tatuar en las manos. Fueron muchas madrugadas de sueño y mañanas de desvelo, pero Anita consiguió hacer de estos inicios historia pasada. Hoy su prestigio se ha establecido y no son pocas las personas que recorren media Habana para llegar a sus manos.
En un mundo meramente guiado por hombres, estampar su sello ha sido difícil. Bien lo sabe cuando debe enfrentarse a miradas incrédulas o de excesiva ternura (¡cualquiera de las dos daña tanto la autoestima!). Bien lo sabe cuando se aparece en medio de eventos de artes plásticas y alguien viene a verla como lo exótico. Bien lo sabe cuando cualquiera supone que es Alberto quien tatúa y se sorprenden de que sea ella.
Pero Anita nunca se impacienta o deprime. Siempre tiene una historia que contar. Y sonríe. Sonríe muchas veces, como si en ello le fuera el mejor trazo. Enseña cada nuevo trabajo con orgullo y muestra las fotografías de sus más recientes logros. Deja que los dedos se desplacen por la pantalla del móvil y va contando la historia detrás de cada gota de tinta. Hasta allí llega mucha gente.
Viene, por ejemplo, el fotógrafo Iván Soca a inmortalizarse en la piel alguna de sus instantáneas después de que Anita le ponga el estilo de tatuaje. Así ha trocado en puntas de aguja los icónicos rostros de Santiago Feliú, Bob Marley y quién sabe cuántos ídolos personales. Ella hace lo que le pidan. Pero ama más que nada cuando la petición es que invente sin límites. Para eso tiene un mundo interior envidiable.
Usa la técnica del claroscuro y el puntillismo, además de que ama los colores. Será una vieja colorida, le gusta decir ante aquellos que opinan que el paso del tiempo pondrá fuera de moda los dibujos que ha estampado a su cuerpo. O los que se ha dejado poner por los trazos de Alberto, quien también lleva en su piel el sello de Anita. Y no solo el sello, sino la mirada decidida de quien no teme robarle a la vida cada momento para convertirlo en arte. Primero empezar por la tela propia, opina. Para, cuando llegue alguien, poder contar con referencias de los sitios en los que más duele o hasta sentirse orgullosa de dar forma a tantos sueños.
Sabe que el suyo es un arte conflictivo. Que navega en su tierra por aguas turbias, debido a que ninguna ley se decide a acunarlo. Pero no es ilegal el tatuaje ¡qué va! Bajo el nombre de pintura corporal, arte gráfico o cualquier combinación lexical imprecisa, en Cuba se realizan eventos para poner en un mismo lugar a personas que tienen la piel como único lienzo. Ya es un negocio legitimado, dice la realidad. Aunque, de vez en cuando, haya que recogerlo todo y estar un tiempo sin trabajar porque el ambiente se pone cargado y entonces no hay quien entienda de buenas condiciones o estudios legitimados. Cuando el río está revuelto… mejor no salir a pescar. Pero la realidad es que las aguas cada vez se ponen más tranquilas ante lo evidente e inevitable.
Anita ha ido engrosando su arsenal de trabajo con ayuda de las amistades. Todo debe comprarlo con tal de que la logística no falle. En cada cliente se invierte una aguja con toda su estructura de metal y plástico, un par de guantes desechables y una considerable cantidad de nylon estéril para el puesto de trabajo y el área del cuerpo tatuada. Lo demás es pura rutina. Los productos necesarios para que la zona vulnerable quede limpia, alguna que otra crema para facilitar los trazos y la paciencia infinita para construir, junto a la persona, el momento que vivirán. Es un proceso que repite una y otra vez. Puede estar todo el día entre un diseño y otro, o invertir una jornada en parte del tatuaje de alguien. Así de variopintas son sus andanzas. Pero todo por el precio de hacer lo que ama.
Es más difícil andar cuando el viento parece estar en contra. Sin embargo, con Anita todo se trata de constancia y dedicación. Ella cree que el secreto está en superarse y ser insistente, más aún cuando debe armarse de una personalidad en un mundo que pareciera no diseñado para ella. Aunque las mujeres tatuadas crecen sin discreción alguna, no ocurre igual con las tatuadoras. Además del estigma, la falta de confianza.
También la ausencia de apoyo de quienes creen que para ellas es imposible emprender una nueva vida dejando atrás profesión y seguridades para lanzarse a construir una existencia original, solo signada por el destino y el carácter. Pareciera que a las mujeres solo les corresponde seguir por las rutinas invariables de la vida. Y, la que se aparte un poco, deberá pagar las consecuencias por tal atrevimiento de renacer en contra de la ley natural de seguir bailando al ritmo que quiere tocar el mundo.
Pero Anita es sorda ante las barreras. Ella solo danza cuando su espíritu lo pide. Y el tatuaje bien sabe conformar las sinfonías que alebrestan a este corazón de mujer dispuesta a hablar desde tu, nuestra, mi, su piel.

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