Miércoles, 24 Mayo 2017 19:50

Cultivar su propia vida

Por  Susana Gomes Bugallo
Mercedes Morris Mercedes Morris Mercedes Morris

En Santiago de Cuba vive una mujer que ha hecho que otras a su alrededor emprendan el camino que a ella la hizo "ser persona".

Ni siquiera imagina cómo llegó a ocurrir. Ella era tan tímida, tan callada, tan ausente. Muchas veces se le atragantaban las ideas entre el alma y la voz sin que el coraje le alcanzara para hablar. Pero no hay mal que dure 100 años… ni mujer que no lo venza.
Cuando salió embarazada, a los 16 años, cambió su vida. No pudo continuar la carrera universitaria que pretendía porque el padre de la criatura la abandonó cuando la niña estaba acabada de nacer. Eran los primeros años de la pasada década de los noventa y, unida a la crisis del Período Especial, la pequeña había desarrollado un asma que le hacía algo débil de salud. Se diría que ya resultaban demasiados contratiempos para una madre soltera.
Pero Mercedes Morris Amaya, cuando no estaba en los hospitales, limpiaba en centros laborales o lavaba para algunas casas… "todo lo que apareciera. Pero mi sueño no podía realizarlo porque había truncado mi carrera y se me cerraban todas las puertas", recuerda. Soñaba con una profesión pedagógica, quizá como divina predicción de todo lo que vendría luego en su vida. Español y Literatura había sido su elección. Pero el destino le deparaba otra.
"Pasaron muchos años en los que mi vida carecía de sentido. Me sentía frustrada porque tenía necesidad de realizarme profesionalmente. Mi mamá era maestra y siempre tuvo la ilusión de que alguno de sus hijos hiciera una carrera universitaria. La única que lo logró fui yo", apunta orgullosa, aunque aclara que fue el resultado de mucho esfuerzo.

Junto a varias personas formó una iglesia desde la teología liberadora que propone el Centro Martin Luther King (CMLK). "Ahí empecé a pensar por mí misma y a hablar… porque yo no hablaba, solo me respondía por dentro", dice. A partir de ahí comenzaron sus oportunidades de capacitación con la formación de líderes eclesiales.
"En todo lo que se enseña en el Centro está la liberación de la mujer. Incluso desde la Biblia, donde fueron tan marginadas, y con estos conocimientos aprendemos a leer entre líneas el papel protagónico de ellas", explica y describe el momento en el que se dio cuenta de que ese sería su camino.
Entonces se formó la red juvenil Con una nueva mirada, que trabajaba la interpretación bíblica desde la perspectiva joven. Uno de los profesores le dio las fuerzas de terminar su proyecto de vida inconcluso. "Sentía que no podía luchar. Adonde quiera que llegaba me decían que no". A los 31 años de vida, Mercedes dio el gran salto: estaba becada en la universidad para hacer su carrera pedagógica, junto a muchachitos de 18 años.
"¿De dónde saqué el valor? De la transformación que había tenido y los deseos de superarme, de hacer realidad los deseos de mi madre y los míos y de que mi hija se pudiera sentir orgullosa de mí. Todo me lo enseñó el Martin Luther King. La mujer que soy hoy se la debo a ese lugar", describe y recuerda cómo transcurrieron los cinco años de estudios y trabajo, y apareció la enfermedad de su madre, que no pudo verla graduarse. "Fue un proceso muy duro, pero el Centro estuvo conmigo dándome fuerzas", ilustra.
Hoy cuenta que trabaja en el Centro Lavastida gracias al CMLK, que ofreció a alguien para que laborara con ellos. Coordina el área de Ecología en dicha institución y monitorea los proyectos de desarrollo local en Guantánamo, que potencian el desarrollo y empoderamiento de las mujeres, capacitándolas para identificar sus dificultades y solucionarlas. La preparación les enseña a pensar proyectos productivos donde obtener ingresos.
"La mayoría de ellas son amas de casa, muy jóvenes y con bajo nivel cultural. Nosotros les ofrecemos clases en sus comunidades y tenemos una modalidad de nuevo emprendimiento en la que pueden obtener financiamiento para su negocio. No solo para que obtengan ingresos, sino para que se liberen. Somos mujeres de la comunidad con roles protagónicos, sobre todo en el control de recursos, que usualmente iba a parar a manos de los hombres", explica

Historia condimentada
Entre todas las historias que tienen de su empeño, menciona una en particular. En la intrincada comunidad de Veguita Amarilla -donde le sorprendió la total dependencia que tenían las mujeres de sus esposos-, llegó a aquella casa de casualidad. Allí vivía una muchacha joven casada con un buen hombre, pero un poco machista. Allí la invitaron a comer y aceptó.
Probó la comida y sintió que podía faltarle un poco de sabor. ¿Tienes condimentos?, preguntó. La respuesta fue negativa. Si querían alguna especie, tenían que ir a buscarla a Baracoa (a más de 30 kilómetros del lugar). Entonces se le ocurrió la gran idea: ¿por qué aquella muchacha no preparaba la tierra alrededor de su casa para sembrar especias? No sin las obligatorias dudas (la joven dijo que allí las mujeres no trabajaban la tierra, sino los hombres), la propuesta fue acogida cuando, a la semana siguiente, Mercedes llegaba con las manos llenas de semillas para iniciar el proyecto. Comenzar y sumar a las vecinas fue lo mismo. La hija de siete años también se incorporó.
"La actividad productiva se convirtió, además, en un espacio de socialización para que las mujeres compartieran sus inquietudes entre ellas mismas. Más allá del cambio en la muchacha, si te digo cómo se expresa hoy la niña que comenzó con siete años, me dices que es mentira. Es ella quien lleva el control y la estadística de la producción. Antes no hablaba ni se dejaba retratar porque se tapaba la cara con las manos… hoy es otra cosa", describe.
No solo cambió el sabor de la comida, sino el de sus vidas. Esta muchacha dio a luz mellizos y debió esperar a que cumplieran dos meses para poder subirlos desde el hospital hasta la casa. ¿Quién se quedó en casa haciéndolo todo? El padre, "que antes no freía ni un huevo". "Me siento orgullosa de lo que esa familia es hoy", reconoce.
¿Qué ven ellas en usted?, le pregunto. "Nos amamos. Dicen ellas que sienten mucha sinceridad en mí, que soy como su familia y represento un ejemplo por mi consagración. Me monto en mulas por kilómetros. Hasta me han lanzado por el aire y he pasado buenos sustos. He tenido días de caminar 16 kilómetros por encima de las piedras. Soy diabética, hipertensa, tengo síndrome nefrótico y otros problemas de salud, pero no me importa, siempre me lanzo loma arriba porque soy feliz haciéndolo por ellos, que son muy sencillos y sanos. Dicen que aprenden mucho del centro, pero somos nosotros quienes aprendemos de ellos porque, en medio de aquel lugar inaccesible, son luz", resume.
Entrar al Martin Luther King fue el inicio de todo. Empoderarse en los temas de género resultó lo más importante. "Me ayudó a visualizar la necesidad de realizarme. A decir con libertad lo que pienso y siento. Eso me fue transformando y me hizo consciente de que tenía que empoderarme en la sociedad porque tengo voz como mujer y ciudadana. Sufrí mucho tiempo por quedarme callada. Creo que el cambio más importante que he tenido es poder expresar lo que siento. Ese ha sido el salto cualitativo en mi vida", concluye.

Visto 23 veces

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.