Domingo, 30 Octubre 2016 20:57

Plásticos Dulce, un negocio con años altos

Por  José Raúl Acosta Artiles

A Dulce María Torres no le temblaron las piernas cuando decidió echar a andar por el difícil camino de emprender. Con casi seis décadas sobre sus hombros, solo pensaba en qué hacer para mantener los ingresos personales y no quedarse al mando de la cocina o frente al televisor, luego de la jubilación. Las nuevas reformas económicas y ampliación del trabajo por cuenta propia facilitaron la decisión en la que no faltó el consenso familiar.
Con el reto de asumir una jornada, que no sería nada fácil, abrió en 2014 su pequeño negocio. Pensó primero en plasticar, pero fue su hija Hilda quien sugirió buscar un nicho de mercado y diferenciarse de la competencia; amplia en ese entorno.
Apostar por la encuadernación de documentos fue entonces la manera de distinguirse. Junto a su esposo Félix anduvo por el más recóndito lugar, desde un Photoservice hasta otros emprendimientos que tenían la misma finalidad. Había que estudiar el mercado, los precios y, sobre todo, ver la calidad con qué otros realizaban el mismo trabajo, cuenta ahora. 

Comenzó con una y hoy posee tres licencias que la autorizan como mecanógrafa, encuadernadora y plasticadora. Lejos de Cuba, Hilda fue dando su contribución aunque con sus ingresos, Dulce ha podido adquirir material para continuar la labor que realiza.
“Lo más difícil fue el enfrentamiento con el público, establecer qué cobrar y cómo hacerlo porque me gusta complacer a las personas y que se sientan bien”, confiesa. Sin embargo, entre papeles, anillas y carátulas de plástico estableció su listado de precios, tratando de ser competitiva con respecto a otros negocios de su tipo, no solo por el costo sino también por la calidad.
Ella vela con detalle que cada trabajo tenga las condiciones óptimas y que el cliente salga satisfecho.
Como otras, ha sufrido la carencia de materiales debido a la ausencia de un mercado mayorista donde adquirir las materias primas, aunque la hija le proporciona recursos que hacen distintiva su manera de hacer. Otro problema es tener el negocio en su propia casa.
“Las personas no cuidan la hora y en ocasiones se aparecen muy tarde en la noche, pero yo los atiendo para no hacerles el desaire. Cuando esté en la casa a tiempo completo, sí le pondré horario”, declara.          
Lista a adentrarse en la tercera edad, el entusiasmo y la energía no se le agotan. Muy temprano en la mañana se alista como especialista principal de contabilidad en la Empresa Industrial Molinera de La Habana S.A. Su rol de emprendedora comienza después de las cinco de la tarde y, en ocasiones, no concluye hasta muy entrada la noche o la madrugada.
Sin grandes parnafelarias de comunicación, su negocio persiste, muy cercano a la calle 26 de la barriada del Vedado, en la capital habanera. Un cartelito plasticado y colgado en una cerca perle anuncia los servicios que ofrece en el apartamento interior de un edificio. Y quienes crean que es imposible llegar hasta el pequeño espacio de esta emprendedora, en el que la sala se une con el comedor, la cocina y los equipos de encuadernación, están equivocados. Hasta la calle 15 entre 26 y 28 llegan maestros, niños, médicos y hasta monjitas.
Dulce, apasionada por la actividad comercial, prescinde de gran publicidad o anuncios en el portal digital Revolico. El servicio posventa y la comunicación de boca en boca hace imparable la afluencia de público, incluso los fines de semana. “Eso es más que un papelito promocional, pues que la gente se vaya contenta es el mayor deleite y la mejor promoción”, dice con seguridad.  
Ella no se atreve en este momento de la vida a trabajar como dependiente, cocinera u otro oficio con el que pueda apoyar a la familia. Sentarse frente a la computadora, la guillotina o las encuadernadoras es el lugar exacto. Así recuerda cuando, 36 años atrás, se hizo mecanógrafa; como conoció a Félix en la Empresa de Cereales Habana y hasta cómo alcanzó su maestría en contabilidad y finanzas, una fusión que hoy le aporta mucho a su empleo privado.
Sueña con un espacio más grande, otras computadoras e impresoras, aunque la salita en que atiende a la clientela es cálida y agradable para quienes llegan a su puerta. Pueden verse en un rincón el papel, los marcadores de libros, el distintivo que llevan los pioneros a la escuela o una agenda confeccionada por ella.
Designó el nombre de Plásticos Dulce a su negocio en aquellas jornadas en el que era solo una idea. Los muchachos preguntan si es un plástico que se come y un amigo insiste en llamarle La complaciente porque el calificativo se le ajusta muy bien. Ella escogió ese en el que imprime la huella de su nombre y al que deja, sin propónerselo, el agradable sabor de todo lo que hace.      

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