Viernes, 26 Agosto 2016 17:11

Se busca muchacha de buena apariencia

Por  Susana Gomes Bugallo

Ya sé que hay prisa y que las urgencias suelen consumir el tiempo. No hay experimentos posibles ni ganas de indagar cuando la premura ataca. Pero tómese un momento y déjese involucrar en la pesquisa simple que le propongo.
Descúbralo usted por cuenta propia para que no parezca que vengo a imponer verdades. Dedique cinco minutos a navegar por cualquier página web cubana de ofertas de empleo y aparte los anuncios que ofrecen puestos en cafeterías o negocios privados. Fíjese entonces si hay alguno que no tenga estas dos exigencias para quienes aspirarán por los puestos:" Muchacha, joven y de buena apariencia". ¿Consiguió alguno?
Si no es suficiente con esta prueba en línea y conoce o es una persona mayor de 40 años, con un cuerpo lejano del patrón de belleza establecido y el escaparate poco provisto de modelos del último grito de la moda… lléguese a algún sitio no estatal de los que ofrecen plazas para atender al público.

Haga el intento; solicite el empleo. Y espere (casi sin esperanzas de otra historia) la respuesta evasiva. Tal vez consiga emplearse. Pero solo como cocinera, asistente o auxiliar de limpieza. Así estamos. En un mundo de apariencias y, peor aún, de discriminaciones.
Primero, se segrega por género. Porque no hay mucho espacio para hombres en estos negocios. Y luego, para mayor desparpajo, se exigen muchachas flacas, de buena apariencia (¡vaya categoría difusa!) y que no sobrepasen la barrera de los 30 años. Pero lo peor de toda la historia es que esas modelos deseadas aparecen. Y se ubican como copias de una fábrica de muñequitas en los mostradores de los establecimientos privados. Les toca soportar los piropos irrespetuosos de quienes creen que disfrutarlas es un servicio incluido de la casa (porque esa es la realidad que se pretende recrear por quienes contratan).
Nada tiene de ofensivo si esas muchachas están capacitadas para la obligación que se les emplea. Pero muy cierto es que muchas otras jóvenes y no tan niñas preparadas se quedan en el camino porque no aprobaron el visto bueno de quien paga y manda. ¿Cómo imponer respeto y equidad en tierra de nadie? ¿Cómo instruir y crear conciencia en la población cubana de que cada persona dispuesta y con la capacidad de emplearse tiene derecho a un puesto sin discriminaciones de ningún tipo, sea cual fuere el sector de propiedad?
Aunque las entidades estatales no están exentas de estas historias degradantes (porque las modelos de marras también adornan puestos de este sector), por esas lides resulta más fácil reclamar ante cualquier actitud que atente contra lo establecido por el renovado Código de Trabajo. No obstante, en el mundo privado no es imposible hacerse valer. Solo se requiere acudir a las vías judiciales pertinentes para denunciar la discriminación de la que se ha sido objeto. Lo que ocurre es que no es tan simple detectarla (porque se disfrazan de excusas y puestos ya ocupados), ni tan expedito el camino a la justicia cuando se enreda de trámites y morosidades que incitan más a la resignación que a las ganas de luchar.
Tampoco faltará quienes aprueben estas exigencias como enseñanzas elementales de lo que debe ser un buen servicio y de lo que se pide como requisito en cualquier establecimiento público del mundo. Y es cierto que no deben aceptarse personas con falta de higiene o apariencia desaliñada.
¡Pero de ahí a pedir modelos de revista va un buen tramo!
Las plazas disponibles en el sector privado no pueden exigir muchachas que sean reflejo de los estereotipos más reconocidos y legitimados por las construcciones mediáticas y respuesta a lo que el imaginario popular ha dado en llamar presencia física aceptable. Nada de espacio para las subjetividades discriminadoras.
Porque más allá de la cosificación que sufre en estos casos la mujer como objeto de atracción con fines mercantiles, yendo más lejos de la violencia simbólica y real que significa exigirlas dentro de estos esquemas físicos tan banales, se pone en juego la esencia de un sistema social cuya máxima es la dignidad de cada ser humano, así como su plena realización personal en cada ámbito de la vida.
Incluso alejándonos de las consecuencias sociales, sería bueno revisarnos por dentro para determinar las ocasiones en las que somos presas también de prejuicios y estereotipos. ¿O es que nunca hemos llegado a un establecimiento público y nos ha pasado por la cabeza la idea de que esa mujer mayor y obesa, aunque de trato dulce, no debiera ser la cara del negocio? El respeto empieza en casa. La conciencia de no discriminar por la apariencia también.

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