Lunes, 23 Febrero 2015 18:03

Ensamblar la vida tiene sus riesgos

Por  José Aurelio Paz

"Si quieres me sigues y conversamos en el trabajo. No puedo detenerme, porque de ello depende mi comida y la de mi madre y mi hijo…"
Esa fue la frase que, sin miramientos, me soltó Teresita, La Jabá, como todo el mundo la conoce en el barrio, la mañana en que fui hasta su casa a pedirle que me ensamblara un pedazo de su vida. De manera que, ella en su rechinante bicicleta y yo en mi viejo motor, iniciamos el camino hacia donde, ese día, comenzaría el trabajo de plomería de un baño sanitario doméstico.
"Si quieres me sigues y conversamos en el trabajo. No puedo detenerme, porque de ello depende mi comida y la de mi madre y mi hijo…"
Esa fue la frase que, sin miramientos, me soltó Teresita, La Jabá, como todo el mundo la conoce en el barrio, la mañana en que fui hasta su casa a pedirle que me ensamblara un pedazo de su vida. De manera que, ella en su rechinante bicicleta y yo en mi viejo motor, iniciamos el camino hacia donde, ese día, comenzaría el trabajo de plomería de un baño sanitario doméstico.

Mientras recorríamos en silencio el trayecto, trataba de empalmar a la vieja tubería de mi memoria el recuerdo de aquel hombre que conocí de niño (porque yo nací en aquel mismo barrio), al que todo el mundo conocía por Basulto, su apellido, y era el tipo más importante del pueblo, por aquellos tiempos, después de Andreíta, la comadrona, porque se había convertido en el mejor destupidor de cañerías para aguas albañales.
"Es aquí", me dijo Teresita y la ayudé a bajar su pesada caja de herramientas, porque su asistente no había llegado todavía. Justificando al joven, comentó: "Es que me gusta llegar primero, porque si no doy el ejemplo, luego no tengo cara para exigirle, ¿te das cuenta?… ¿Qué por qué un hombre de ayudante? Porque yo pongo la idea, pero él pone la fuerza.
Este es un trabajo que no es fácil, mas no imposible para una mujer".
Corpulenta como es, supe luego en la conversación que tuvo una cinturita que "paraba el tránsito, pero imagínate, el asma y los medicamentos se encargaron de engordarme, aunque no tengo complejos. A pesar de esa canción de una orquesta cubana que dice 'tú eres una gorda sin sentimientos' (suelta una carcajada), yo tengo mi corazoncito", afirma y se toca sobre su seno izquierdo, bajo la enguatada que usa para protegerse del Sol.
Cuando me descubre su nombre completo, Teresa Moré de Armas, me doy cuenta de que no es hija natural de aquel hombre. "Soy adoptada", precisa. "Pero no fue que mi madre me regalara, sino que Mamá María, como le digo a la que me crió, no tuvo hijos y desde que nací comenzó a traerme a su casa, pero Basulto le aclaraba siempre: 'aquí le das comida y la bañas, pero que vaya a dormir allá'. ¡Y yo daba unos berrinches de madrugada que metían miedo! Acababan regresándome y yo durmiendo con ellos en su misma cama. El día que le dije '¡papá!' se quedó como petrificado y le salió del alma: '¡Esta jabaíta es mía y aquí se queda!'.
"A partir de ese momento fui la luz de sus ojos. Cuando se enteró un día, por accidente, que me había iniciado en la plomería sin decírselo, exclamó orgulloso: '¡Coño, tanto macho que crié y vino a ser La Jabaíta la que me diera esta alegría!'…Porque ellos formaron, también, a 11 sobrinos más. Yo tengo una hermana de crianza en España que me quiere y la quiero mucho, es como si fuera mi hermana carnal, y es la que económicamente nos ayuda, porque papi ya no está, mami es débil visual y yo crío sola a mi niño de 12 años".
Como mismo pudiera fluir el agua, luego del empalme de los tubos a los que ella les saca rosca con facilidad pasmosa, asimismo se desborda en una especie de monólogo. Mujer de palabra fácil, franca, Teresita, a la vez que mide una pared, coloca un codo o aprieta un tubo, me va regalando, gota a gota, su historia de vida.
"Mira, eso fue una cosa natural. Él nunca me enseñó nada. Yo sola, mirando, aprendí. Cuando tenía la edad de mi hijo me escondí, un día, en su camioneta. Él iba a hacer un trabajo en una industria y al bajar las herramientas me vio y gritó: '¡Pero, Jabaíta! ¿qué tú haces aquí?' Esa mañana, ayudándole, perforé sin querer una tasa sanitaria. Me asusté mucho, mas él me tranquilizó: 'cuando esto ocurre no hay otra manera de destupirla que no sea esa, así que has hecho lo correcto', me dijo. Me vino el alma al cuerpo y supe, sin que nadie me lo dijera, que iba a ser plomera.
"Me hubiera gustado ser enfermera, pero solo tenía noveno grado y exigían preuniversitario. Entonces matriculé un técnico medio en construcción.
No tanto porque me gustara, sino porque era lo que había y no me di cuenta de que me serviría, después, para mi futuro.
"Recuerdo que papi se sentaba conmigo en el patio y, con una tiza, hacía un croquis en el suelo y me explicaba 'si tú vas a poner una universal tienes que hacer esto…' ¿Qué si los plomeros machos me discriminan? ¡Nada de eso! Al contrario, me admiran. Los jóvenes me buscan para pedirme ideas de cómo hacer esto o aquello, porque mi papá me enseñó mucho en sus últimos años de su vida. También los muchachos de la universidad, que estudian ingeniería hidráulica, vienen a consultar un libro antiguo que era del viejo y a preguntarme cosas como mismo pasaba con él. Si iban a trazar una calle le preguntaban cómo tirar las acometidas de agua o las redes albañales, incluso lo buscaban los historiadores, porque él sabía por dónde estaba el trazado de las tuberías subterráneas de todo el pueblo; o cuando había que hacer un trabajo en un banco, lo buscaban para que dijera por dónde es que estaba tirada la red".
Yo, que soy la torpeza misma para los trabajos manuales, quedo embobecido ante la facilidad con que La Jabá se mueve, como cuidadosa maga, conectándolo todo. Parece una cirujana dando órdenes ante una operación de rutina: "Alcánzame la llave inglesa, el cortatubos, el 'alicate picodeoro'"… y su ayudante, silencioso, obedece y la mira de reojo cuando responde a otra pregunta mía: "¡Claro que las mujeres somos más curiosas para este tipo de trabajo! Lo del hombre es acabarlo y que funcione la conexión. Nosotras, además de garantizar eso, le ponemos el toque para que todo quede perfecto.
"Te cuento. Me casé y me fui a La Habana, porque mi esposo era de la capital. Allí tuve mi hijo. Pero yo fui víctima de violencia familiar, mi esposo me pegó y yo dije que nunca le iba a permitir a un hombre que me levantara la mano. De manera que regresé. Papá Basulto me recibió, otra vez, aquí. Me dijo que esta siempre sería mi casa. Pero ya ellos estaban viejos y no quería ser una carga. Comencé sacándoles rosca a los tubos para buscarme mi dinerito. Un día llega un hombre a pedirme que le hiciera un baño. Él no sabía que yo nunca había hecho un trabajo de plomería de esa envergadura, pero sacó la siguiente cuenta: 'si esta es hija de Basulto, debe ser buena'. Hice mis croquis… ¿qué cómo los hago? Ahora te explico, déjame acabarte la historia. Hice mis croquis y terminé la instalación, que me quedó perfecta. Cuando el tipo vino a pagarme por la tarde, yo no estaba y el que le salió fue mi padre. Entonces le entregó el dinero a mi padre, que se quedó perplejo: 'Su hija me hizo toda la instalación del baño y se ve que sabe', le dijo.
"Ah, de lo que me preguntabas, los croquis… Bien: yo voy, examino el lugar y tomo las medidas. Luego vengo, me acuesto y me imagino por dónde voy a colocar las tuberías…Sí, porque soy una soñadora. Me encanta soñar, incluso he escrito algunos poemitas que andan por ahí, pero soy una romántica con los pies en la tierra, porque recuerda que la plomería es práctica pura. Nunca los dibujo en un papel. Los tengo aquí (se toca la sien) y eso me funciona".
Le comento que he leído en alguna parte que el nombre original de este oficio es el de fontanería, proveniente del latín fontis (fuente), y que, como trabajo, data de la antigua Roma, cuando los romanos construían acueductos de piedra para llevar el agua a los palacios de sus emperadores y aquellos famosos baños y cloacas. Se queda escuchándome y se asombra cuando le digo que en los países occidentales los sistemas en hierro fundido y plomo están prohibidos debido a que, a causa de la fricción, pequeñas partículas de plomo se mezclan con el agua y constituyen un peligro para la salud humana.
"¡Ah, ya caigo por qué casi toda la tubería es ahora de PVC! Pero te voy a decir una cosa: con el galvanizado se trabajaba mejor, porque es más duradero y las instalaciones quedan rectas. El plástico, si está a la intemperie, se calcina y es menos duradero. Yo creía que era solo porque ahora todo lo que se fabrica en el mundo está hecho para que se rompa pronto y tengas que comprarlo nuevo"… (y suelta una carcajada).
Detiene un momento el trabajo. Saca un pomo plástico de agua y se lo empina, mientras se limpia con la camisa el sudor. Su ayudante la mira, aliviado, y "coge un diez", como le dicen al descanso breve, mientras entramos en el tema de cuáles son las mayores dificultades para su labor.
"Yo tengo que jugar con el horario de la escuela de mi hijo, entre las siete y media de la mañana y las cinco de la tarde; aunque a decir verdad mi tiempo productivo es hasta las dos, porque ya después estoy 'fundía' y me gusta trabajar con la cabeza clara, para que las cosas salgan bien. Los fines de semana adelanto más. Me llevo al niño conmigo y él me ayuda a hacer roscas, porque lo he enseñado… Sí, me gustaría que aprendiera el oficio, pero también que hiciera una carrera universitaria que le permita, en el futuro, vivir mejor.
"A veces llego a la casa 'reventá', como se dice, y lo que quisiera es tirarme en una cama y que nadie me hablara, porque este es un trabajo muy fuerte, porque ese día, con mi ayudante, cavé una zanja de metro y medio de profundidad y eso el cuerpo se lo siente; pero tengo que seguir en mis tareas.
"¡Ya tengo 40 años, de ellos 12 como plomera! Mira, ahora mismo tengo este hombro inflamado y, encima de eso, una epicondilitis en mi brazo izquierdo, porque resulta que una vecina me pidió que le cebara su turbina de agua y no me dijo que tenía un pase de corriente. El fotutazo que me dio me tiró a la larga. Paré en el Cuerpo de Guardia del hospital. Por suerte no fue nada grave. El electro y todo lo demás dieron bien. Tengo el corazón galvanizado (se ríe). Mas no puedo hacer mucho esfuerzo con mi mano izquierda, que me duele mucho; parece que del tirón que di. Pero no puedo detenerme. Tengo que seguir trabajando.
"El otro problema es lo caro que está todo. Cuando haces el ajuste de un trabajo y comienzas a hacer la lista de lo que cuesta una llave de agua, un codo, los tubos… ya casi no puedes cobrar el trabajo como merece, porque se encarece mucho. Entonces la plomería me da para comer y guardar un poquitiiico (hace un gesto uniendo casi su pulgar con el índice) para cualquier emergencia, pero no para enriquecerme, ¡qué va! Además, hay que pagar impuestos. Así que la respuesta a lo que me preguntas es muy fácil: no tengo capital para invertir. La suerte es que mi padre me dejó sus herramientas que, hoy por hoy, valen un congo, como decimos los cubanos. Y lo otro es que mi hermana, la de España, me ayuda mandándome las seguetas y las cuchillas de corte, de manera que no me falten".
Arranca, otra vez, con la fuerza de un tren, a empalmar tubos. Cierra un ojo y mide que quede recta la instalación. Coloca el nivel para verificar la total horizontalidad del piso. Sin mirarme, sigue respondiendo a mis preguntas.
"¡¿Tiempo para divertirme?! (Suelta una carcajada que, como agua contaminada, arrastra cierto amargor) El único en que no tengo trabajo, porque este oficio es muy inestable. No quiere decir que un encargo venga detrás del otro aunque, gracias a Dios, a mí no me faltan por la buena reputación que tengo. Pero… ¡tú sabes! Todo está muy caro. La gente no tiene dinero. Entonces hay que rogar, todos los días, porque aparezca alguien y te diga que quiere que le hagas una instalación. Tampoco voy a decirte que no fiesteo y que me encanta jugar al dominó y darme mis traguitos de vez en cuando, sobre todo los fines de semana, si puedo. Mas no soy gente de calle. La fiesta me gusta hacerla con mis amigos, con los vecinos del barrio, en un ambiente tranquilo.
"¿Mi mayor orgullo? Ver correr el agua por las tuberías que acabo de colocar, sin que haya un solo salidero, y mi hijo que crece. ¿Mis sueños? No quiero irme de aquí. Este país, mi país, me encanta. Solo pido que las cosas mejoren. Que los precios de lo que necesito para hacer mi trabajo sean justos y pueda ganarme mi dinerito dignamente para que mi niño, Liorge, tenga mejor futuro que su madre. No es mucho pedir, ¿verdad?", me dice con la nobleza del alma escapándosele por sus inquietos ojos.
Nos hemos bebido el tiempo o él nos ha bebido a nosotros, no sé. Mis tripas se hacen agua como las del chinito de la vieja canción infantil, que cayó en un pozo. Como agradecimiento le tomo una mano que, a pesar del rudo trabajo, mantiene una suavidad intacta. Ella, La Jabaíta, la mujer que asume un oficio no común y hasta se arriesga a que la califiquen de 'marimacha', la buena cubana que destila, me dice con una sonrisa: "¡No te vayas, chico! Donde comen dos, comen tres. Primero comparte con nosotros el almuerzo".

Tomado del libro Emprendedoras, de la Editorial Cenesex, en colaboración con SEMlac y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).

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