Ellas cuentan (27)

La obesidad ha significado, por momentos, sentimientos de exclusión en la vida de Maylin L. Daza Padrón. Esa condición, más allá de estereotipos y prejuicios sociales, la ha llenado también de momentos felices y de realización personal.
Esta cubana de la barriada de Playa reconoce la obesidad como un problema de salud y no como un impedimento profesional para las personas que la padecen.
Cuenta que desde muy pequeña le gustaba el baile y agarraba un salvavidas y una saya como si fuera un tutu. Sin embargo, matricular en una escuela de danza se convirtió en una utopía, pues nunca faltaron quienes dijeron: "Ella, gorda… ¿qué bailarina va a ser?".
La realización de ese sueño llegó a su vida casi por casualidad y de forma tardía. Se recuperaba de una operación a la que había sido sometida, cuando un amigo le comentó de la existencia de un grupo donde todas las bailarinas eran obesas. Así llegó a la compañía Danza Voluminosa, dirigida por el coreógrafo Juan Miguel Mas, aun cuando sus familiares y amigos no lo creyeron. Con 21 años se enfrentó a esa quimera, convertida también en reto y, aunque carecía de una enseñanza artística, tuvo el lujo de compartir al lado de importantes figuras como el maestro Ramiro Guerra, fundador de la danza moderna en Cuba, con quien tuvo el primer encuentro profesional.

Lunes, 23 Marzo 2015 14:20

Un regalo de la vida

Por

Sentada detrás de su buró, tiene en la mano uno de los dos teléfonos que se encuentran en la mesa repleta de papeles. Dos personas esperan, sin contar a la señora, aparentemente invisible y de cara cansada, encargada de los servicios de limpieza del hospital. Entran dos más, vestidas con bata blanca. "El Director no está", les dice, a la vez que aguarda con ansias una voz al otro lado de la línea. Con ligera frustración, cuelga, se levanta y sale. Al regresar, le entrega un documento a la mujer que permanece en la oficina junto a su hijo. "Muchas gracias, Carmita", le dicen y se despiden. "No mijita, que Dios los bendiga", responde ella con el teléfono otra vez pegado a la oreja.
Nunca pierde la amabilidad ni la delicadeza cuando está trabajando, a pesar de tener muchas responsabilidades y pacientes que atender. Corre constantemente de un lado a otro, no para hasta resolver todas sus tareas, las cuales vienen incesantes, sin previo aviso. Es entonces cuando Carmen Julia Rodríguez Calzadilla, holguinera de 71 años, secretaria de la Dirección del Instituto de Oncología y Radiobiología, saca un as de abajo de la manga y resuelve lo que, para cualquiera, es una catástrofe y, para ella, un simple día atareado.
"Nací en 1943, terminé los estudios de secundaria básica y después me hice taquígrafa, mecanógrafa y contadora, aunque de joven también participé en la Campaña de Alfabetización. En 1963 comencé como secretaria en la Dirección Provincial de Oriente Norte. Para ingresar, había una prueba en la cual debía escribir a máquina 60 palabras en un minuto. Me otorgaron la plaza y, a partir de ese momento, empecé el ejercicio de una carrera que no estudié".

"Si quieres me sigues y conversamos en el trabajo. No puedo detenerme, porque de ello depende mi comida y la de mi madre y mi hijo…"
Esa fue la frase que, sin miramientos, me soltó Teresita, La Jabá, como todo el mundo la conoce en el barrio, la mañana en que fui hasta su casa a pedirle que me ensamblara un pedazo de su vida. De manera que, ella en su rechinante bicicleta y yo en mi viejo motor, iniciamos el camino hacia donde, ese día, comenzaría el trabajo de plomería de un baño sanitario doméstico.
"Si quieres me sigues y conversamos en el trabajo. No puedo detenerme, porque de ello depende mi comida y la de mi madre y mi hijo…"
Esa fue la frase que, sin miramientos, me soltó Teresita, La Jabá, como todo el mundo la conoce en el barrio, la mañana en que fui hasta su casa a pedirle que me ensamblara un pedazo de su vida. De manera que, ella en su rechinante bicicleta y yo en mi viejo motor, iniciamos el camino hacia donde, ese día, comenzaría el trabajo de plomería de un baño sanitario doméstico.

Lunes, 26 Enero 2015 16:41

Cuando éramos tan jóvenes

Por

Por pura casualidad, alguien le suministró el teléfono. Anhelante, llegó a la casa y no hizo caso a la mirada curiosa de la joven porque esta abuela no había contestado el beso de recibimiento ni preguntado por el día en la universidad. Durante cuadras, la anciana repitió mentalmente el número ya que la memoria se resentía. Cayó más que sentarse en la butaca, tomó el equipo y marcó. ¿Es El Narizón? Al recibir un sí, bombardeó de palabras al oyente, quien gritó su nombre. ¡La reconoció! La anciana, frente al espejo patrimonial de casa de mobiliario paralizado en el tiempo, se observó y alegró. Por lo menos, le quedaba aquel timbre dulce e ingenuo, porque los años le habían robado la esbeltez, el frondoso pelo. La candidez de creer en el otro todavía la sostenía.
Aquella tarde, los nietos extrañaron sus interminables conversadas con amigos porque la abuela se apoderó de la línea. Junto a ese desconocido recorrió cincuenta años montados en palabras y emociones. De una angustiosa expresión al enterarse o enterar al otro de la muerte o enfermedad de un tercero, saltaba la carcajada al visualizar anécdotas pasadas en que fueron protagonistas u observadores.

La paternidad es una construcción socio-cultural que no se disfraza de instinto. A diferencia de las maternidades, no irrumpe en el imaginario social como el idealizado punto de partida y destino por lo que, devaluada desde expresiones como: "… madre es una sola y padre es cualquiera…", no es legitimada como un potencial espacio de realización masculina. Sin embargo, toda vez que la fertilidad es un aspecto evaluativo clave a la hora de pensar y conceptualizar la identidad y la sexualidad masculina, coloca a su "protagonista" en una posición de poder en relación con aquel hombre que no lo es, por lo que los que no elijan o no puedan transitar por esta experiencia son vulnerables a una devaluación de lo masculino.