Ellas cuentan (25)

"Si quieres me sigues y conversamos en el trabajo. No puedo detenerme, porque de ello depende mi comida y la de mi madre y mi hijo…"
Esa fue la frase que, sin miramientos, me soltó Teresita, La Jabá, como todo el mundo la conoce en el barrio, la mañana en que fui hasta su casa a pedirle que me ensamblara un pedazo de su vida. De manera que, ella en su rechinante bicicleta y yo en mi viejo motor, iniciamos el camino hacia donde, ese día, comenzaría el trabajo de plomería de un baño sanitario doméstico.
"Si quieres me sigues y conversamos en el trabajo. No puedo detenerme, porque de ello depende mi comida y la de mi madre y mi hijo…"
Esa fue la frase que, sin miramientos, me soltó Teresita, La Jabá, como todo el mundo la conoce en el barrio, la mañana en que fui hasta su casa a pedirle que me ensamblara un pedazo de su vida. De manera que, ella en su rechinante bicicleta y yo en mi viejo motor, iniciamos el camino hacia donde, ese día, comenzaría el trabajo de plomería de un baño sanitario doméstico.

Lunes, 26 Enero 2015 16:41

Cuando éramos tan jóvenes

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Por pura casualidad, alguien le suministró el teléfono. Anhelante, llegó a la casa y no hizo caso a la mirada curiosa de la joven porque esta abuela no había contestado el beso de recibimiento ni preguntado por el día en la universidad. Durante cuadras, la anciana repitió mentalmente el número ya que la memoria se resentía. Cayó más que sentarse en la butaca, tomó el equipo y marcó. ¿Es El Narizón? Al recibir un sí, bombardeó de palabras al oyente, quien gritó su nombre. ¡La reconoció! La anciana, frente al espejo patrimonial de casa de mobiliario paralizado en el tiempo, se observó y alegró. Por lo menos, le quedaba aquel timbre dulce e ingenuo, porque los años le habían robado la esbeltez, el frondoso pelo. La candidez de creer en el otro todavía la sostenía.
Aquella tarde, los nietos extrañaron sus interminables conversadas con amigos porque la abuela se apoderó de la línea. Junto a ese desconocido recorrió cincuenta años montados en palabras y emociones. De una angustiosa expresión al enterarse o enterar al otro de la muerte o enfermedad de un tercero, saltaba la carcajada al visualizar anécdotas pasadas en que fueron protagonistas u observadores.

La paternidad es una construcción socio-cultural que no se disfraza de instinto. A diferencia de las maternidades, no irrumpe en el imaginario social como el idealizado punto de partida y destino por lo que, devaluada desde expresiones como: "… madre es una sola y padre es cualquiera…", no es legitimada como un potencial espacio de realización masculina. Sin embargo, toda vez que la fertilidad es un aspecto evaluativo clave a la hora de pensar y conceptualizar la identidad y la sexualidad masculina, coloca a su "protagonista" en una posición de poder en relación con aquel hombre que no lo es, por lo que los que no elijan o no puedan transitar por esta experiencia son vulnerables a una devaluación de lo masculino.

Lunes, 11 Agosto 2014 16:51

Ángel mujer

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Ya ves doña Luisa mira dónde estás. Al final todos vamos a parar ahí, yo lo sé. Pero tú apenas si viviste. ¿De qué te valió tanto sacrificio? ¿Fuiste feliz alguna vez? Ocho hijos y tantos nietos... Y ahora estas ahí, en lo hondo de este túnel donde te comerán los gusanos, aunque quizás tu alma está allí donde están los ángeles. ¿Habrá ángeles mujeres? Si es así, seguramente te habrás convertido en un "Ángel Mujer". Si es así, entonces podrás oírme y tal vez perdonarme.
Muchas veces quisiera borrar de mi mente todos esos recuerdos y que se borraran de mi memoria los pensamientos. Pero, como una maldición, llegan siempre y te veo así encorvada ante la batea de ropa sucia. Nunca te vi descansar. Estabas siempre buscando trabajo, ayudando a todos, cuidando y cuidando muchachos. Cuando te sentabas, las pocas veces que lo hacías, estabas pensativa y preocupada. No fuiste cariñosa con nosotros, no nos besabas casi nunca, ni cuando íbamos para la escuela, ni cuando íbamos a dormir. Tu función era hacer la comida, buscar, pedir prestado y que no faltara, aunque fuera, un pedazo de pan. Lavar, planchar, limpiar. Trabajar, trabajar, eso, solo eso. ¡Ah! y adorarlo a él...

Todas mis esperanzas están en mí.
TERENCIO
La mujer se miró al espejo, no estuvo contenta con la figura que vio, le desagradaron los volúmenes que se marcaban en la blusa, no se gustaba nada y, para colmo, ni la ropa le quedaba bien.
Dio la espalda al espejo, ya habían pasado los momentos de la desesperación, ahora se sentía deprimida y dejaba pasar el tiempo. "Por si fuera poco, mi hermana vino hoy con la historia de la menopausia y la gordura. ¡Bah, esto no tiene remedio, me quedaré así de gorda o acaso me ponga peor!", pensó, al tiempo que sentía un poco de compasión consigo misma. Sin entusiasmo, hasta con cansancio, la mujer fue hasta el closet de la habitación, abrió una de sus gavetas y tomó un álbum de fotografías. Luego se sentó en la cama y con verdadera nostalgia pasó los ojos por las imágenes. Sonrió al verse grácil, esbelta, haciendo los ejercicios gimnásticos. Eran fotos de las competencias nacionales e internacionales, recortes de prensa donde la joven figura parecía transgredir la ley de gravedad. Cerró de golpe el álbum. "No vale la pena recordar, creo me pongo peor".
La mujer transitaba por un momento de su vida en que todo parecía volverse en su contra: la gordura, los desarreglos menstruales que afectaban su vida sexual, y su marido, que tenía su misma edad, aún se mantenía atractivo, hasta atlético. "A veces no quisiera que él me mirara", se dijo. Se sintió en una encrucijada, pero con una gran incapacidad para tomar algún camino cierto. "Sé que no podré tener la misma figura de cuando competía; pero algo debo hacer, no sé"...

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