Ellas cuentan (25)

Cuando Milaidis Hechevarría López abre las puertas de su hogar, en la comunidad de Río Verde, en la central provincia de Camagüey, nadie puede avizorar sus logros. Es preciso caminar hasta el patio y entablar la charla debajo del cocotero para descubrir cuánto ha cambiado su mundo de situaciones límites.
Para esta emprendedora, la vida no acabó el día en que su esposo abandonó el país. La dejó a cargo de tres hijos y sin nada dentro de la casa. Se desempeñaba entonces como cocinera en la iglesia de su comunidad cuando, en 2013, llegó el proyecto “Comunidades por la Vida II”, liderado por el Consejo de Iglesias de Cuba con el apoyo de la ONG Diakonía y la Agencia de Cooperación Alemana Pan para el Mundo.
Hechevarría fue una de las beneficiadas por la iniciativa, que tuvo entre sus objetivos de desarrollo mejorar la seguridad y soberanía alimentaria de las familias en cinco provincias de la región oriental de Cuba.
Más de un año transcurrió para que soltara las cazuelas y tomara las riendas de la tierra. La capacitación recibida fue clave para que la hierba de su patio se convirtiera en fuente de alimento y de vida.

Isabel no sintió miedo ante la muerte de su madre ni en los días difíciles en que abandonó su profesión de enfermera para convertirse en cuidadora por cuenta propia. El amor y la ternura que se albergan en ella fueron los ingredientes que la sacaron a flote en los tiempos duros.
Graduada de enfermería y con más de 30 años de trabajo, esta mujer de la barriada capitalina de Luyanó, relata que un día quedó a cargo de su mamá y su hijo de 15 años, cuando falleció su padre. Con el bolsillo apretado y vendiendo alguna que otra cosa para estirar el salario, apareció el empleo
de cuidadora, cuando ni siquiera estaba aprobado por la ley. Simultanear entre el hospital, la casa y los cuidados fue la solución que encontró para aprovechar hasta el último minuto de los días.
Sin embargo, la vida la puso a prueba cuando su madre cayó postrada en una cama. Fue cuando comenzó a hacer gestiones para que el Estado le asignara una cuidadora y no abandonar su trabajo, pero el camino de soluciones dio al traste. Isabel se vio obligada a pedir la baja del hospital. Manuel fue su mano derecha cuando, en las noches, iba a cuidar a los viejitos que necesitaban de su ayuda. Él atendía a su abuela y a ella no le alcanzaban ni las mil y una noches entre tanto quehacer.

Viernes, 24 Julio 2015 14:12

María entre todas las mujeres

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A esta hora, casi las 10 de la mañana, el Sol no ha podido evaporar por completo el rocío sobre los campos del municipio pinareño San Juan y Martínez. “La meca del tabaco en Cuba”. Así se le llama a esta región occidental, conocida por los altos niveles de calidad del mencionado cultivo.
Nos acompañan casas de tabaco que se empinan desde las laderas con sus formas triangulares, mientras avanzamos sobre una estrecha carretera para encontrar la vivienda de quien se dice es una de las mejores productoras de la zona.
María Luisa Álvarez Alfonso nos recibe en su casa, para luego abrirnos las puertas de aquella construcción donde reposa su tabaco.
Los ojos se demoran un poco en acostumbrarse a la nueva luz. Es un lugar húmedo y oscuro. Mientras, el olfato recibe de pronto un asalto de olores desconocidos. Ella va delante, resuelta, acariciando las hojas ensartadas.
Por momentos se detiene, toma una de estas entre sus manos y la estira. Comprueba que esté bien hidratada y limpia de manchas. Todo parece estar bien.

La obesidad ha significado, por momentos, sentimientos de exclusión en la vida de Maylin L. Daza Padrón. Esa condición, más allá de estereotipos y prejuicios sociales, la ha llenado también de momentos felices y de realización personal.
Esta cubana de la barriada de Playa reconoce la obesidad como un problema de salud y no como un impedimento profesional para las personas que la padecen.
Cuenta que desde muy pequeña le gustaba el baile y agarraba un salvavidas y una saya como si fuera un tutu. Sin embargo, matricular en una escuela de danza se convirtió en una utopía, pues nunca faltaron quienes dijeron: "Ella, gorda… ¿qué bailarina va a ser?".
La realización de ese sueño llegó a su vida casi por casualidad y de forma tardía. Se recuperaba de una operación a la que había sido sometida, cuando un amigo le comentó de la existencia de un grupo donde todas las bailarinas eran obesas. Así llegó a la compañía Danza Voluminosa, dirigida por el coreógrafo Juan Miguel Mas, aun cuando sus familiares y amigos no lo creyeron. Con 21 años se enfrentó a esa quimera, convertida también en reto y, aunque carecía de una enseñanza artística, tuvo el lujo de compartir al lado de importantes figuras como el maestro Ramiro Guerra, fundador de la danza moderna en Cuba, con quien tuvo el primer encuentro profesional.

Lunes, 23 Marzo 2015 14:20

Un regalo de la vida

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Sentada detrás de su buró, tiene en la mano uno de los dos teléfonos que se encuentran en la mesa repleta de papeles. Dos personas esperan, sin contar a la señora, aparentemente invisible y de cara cansada, encargada de los servicios de limpieza del hospital. Entran dos más, vestidas con bata blanca. "El Director no está", les dice, a la vez que aguarda con ansias una voz al otro lado de la línea. Con ligera frustración, cuelga, se levanta y sale. Al regresar, le entrega un documento a la mujer que permanece en la oficina junto a su hijo. "Muchas gracias, Carmita", le dicen y se despiden. "No mijita, que Dios los bendiga", responde ella con el teléfono otra vez pegado a la oreja.
Nunca pierde la amabilidad ni la delicadeza cuando está trabajando, a pesar de tener muchas responsabilidades y pacientes que atender. Corre constantemente de un lado a otro, no para hasta resolver todas sus tareas, las cuales vienen incesantes, sin previo aviso. Es entonces cuando Carmen Julia Rodríguez Calzadilla, holguinera de 71 años, secretaria de la Dirección del Instituto de Oncología y Radiobiología, saca un as de abajo de la manga y resuelve lo que, para cualquiera, es una catástrofe y, para ella, un simple día atareado.
"Nací en 1943, terminé los estudios de secundaria básica y después me hice taquígrafa, mecanógrafa y contadora, aunque de joven también participé en la Campaña de Alfabetización. En 1963 comencé como secretaria en la Dirección Provincial de Oriente Norte. Para ingresar, había una prueba en la cual debía escribir a máquina 60 palabras en un minuto. Me otorgaron la plaza y, a partir de ese momento, empecé el ejercicio de una carrera que no estudié".