Ellas cuentan (28)

Viernes, 29 Septiembre 2017 14:11

Al timón de su vida

Por

Muchas son las mujeres que trabajan como conductoras de vehículos en Cuba y aún la sociedad no se acostumbra. Esta es la historia de una de ellas, como pudiera ser la de otra cualquiera

Llevaba a Camila a todo dar. Claro, de un modo soportable, pero más alegre de la cuenta. Cantaba (¡cómo no!) con el estilo adolescente y despreocupado que solo lleva quien está disfrutando la vida. Daba golpecitos al timón y movía la cabeza de vez en cuando, si algún acorde la emocionaba más o llegaba esa frase de la canción que le tocaba el alma. Se notaba que era un variado musical creado por ella. Después venía Celine Dion y la joven seguía tarareando con total fluidez. Sin dudas, lo había preparado para sus jornadas laborales al timón. Quién sabe como antídoto de qué.
Si había pasado los 30, los disimulaba muy bien. Tal vez ayudaban las uñas bien rosadas o esos aretes atrevidos que colgaban de una gorra nada discreta. Amarilla, como el taxi rutero que manejaba, era esa gorra. Y, junto a las gafas oscuras, completaba el atuendo irreverente de esta novel choferesa (¿o debo decirle chofer?) de taxis ruteros, de la cooperativa 2, en la nueva línea que une Mantilla con el Vedado, y que cobra cinco, 10 o 15 pesos de acuerdo al tramo, porque tiene la ventaja también de ser en autos pequeños, de cinco plazas (cuatro, menos quien maneja) y hasta ostentar la marca Hyundai y llevar, de vez en cuando, algo de aire acondicionado. 

Jueves, 24 Agosto 2017 02:23

Dos caras de la misma moneda

Por

Teresa y Ana son dos mujeres con varias condiciones en común: decididas, emprendedoras, que luchan por alcanzar sus sueños sin levantar los pies de la tierra.
Ellas no se conocen, ni siquiera por terceras personas. Una vive en Matanzas, la otra en Pinar del Río. También tienen edades distintas. Pero la peluquería, las ganas de hacer bien y las circunstancias han hecho que Teresa y Ana figuren juntas en este trabajo, como dos caras de la misma moneda.

Las muchachas de Vélo Cuba se esmeran en marcar la diferencia. Por eso reparan bicicletas a bajos precios y con elevada sabiduría.

¿Qué iba a hacer Nayvis Díaz con un carro en medio de un contexto económico tan inestable? ¿Y cuándo no hubiera gasolina? ¿Y cuándo todo se hiciera más difícil para mantenerlo en buen estado? ¿Y cómo viviría mientras tanto? Todas esas preguntas se hizo antes de vender su Peugeot para invertir el dinero en un negocio. ¿Cuál sería? Habría que ver.
Luego de un minucioso estudio de mercado, y signada también por un pasado a base de pedales (20 kilómetros diarios la separaban de su casa en el Vedado y su universidad en la CUJAE), Nayvis se decidió por invertir en bicicletas. Como tenía el conocimiento técnico al alcance (su amiga Daylín Carbó era una velocista y mecánica bien ducha), no hubo más que arreglar. Ella y su compañera se lanzaron a la carga.
Así nació Vélo Cuba hace alrededor de tres años: rentando bicicletas propias y reparando las de cualquiera que se llegara por allá. Mientras que en los días iniciales pensaron que podrían entre las dos, unas jornadas después debieron empezar a contratar personal: una muestra evidente de la necesidad del servicio de reparación que tenía la población habanera.
Y no solo en La Habana, sino en todo el país, piensa Nayvis. Por eso marcó en el nombre de su pequeña empresa el ansia por crecer un día hacia todas las provincias. Hoy abarcan dos municipios de la ciudad (Vedado y Habana Vieja), pero ya andan en estudios por algunos territorios más periféricos, como resultados de las propias demandas de la población, que sigue necesitando más de sus especializados servicios. Y esto pudiera crecer si algunas condiciones, ausentes ahora, estuvieran.

Viernes, 30 Junio 2017 00:59

Una mujer habla desde tu piel

Por

Bien cerca del mar, en medio del ambiente bucólico del barrio habanero de Santa Fe, unos trozos de madera que antaño fueron alguna lancha y ahora yacen abandonados, hacen pensar que se anda por un lugar al que nunca ha llegado nadie. ¿Quién diría que una joven mujer ha puesto este alejado espacio en medio del mapa sentimental de muchas personas de La Habana y el país? Esa es Anita. Y hace tatuajes.
¿Cómo una muchacha que aún parece universitaria se cuela en el gusto de hombrones rudos que vienen a parar a sus manos, para que ella cree en libertad lo que sea que se le ocurra estamparles en la piel para siempre? Con talento, diríamos. Pero también con el secreto de un carácter a prueba de todo y de todos que ha sabido abrirse paso entre las negativas de la vida para armarse un mundo propio y atraer a quien sea hacia él. Con los tatuajes es así: lo tomas o lo dejas. Después de todo, no es secreto que aquí no existen gomas de borrar para las decisiones erróneas.
Ana Lyem se graduó de Arquitectura. Y pronto descubrió que entre sus estudios y la profesión mediaba un espacio insalvable. No obstante, continuó por su camino. Se fue a trabajar a la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI) como inversionista y uno de esos buenos días en los que el deseo puede más que la rutina decidió que le interesaría dedicarse al mundo de los tatuajes. Por suerte tenía a Alberto, su novio de hace años. Aunque tal vez ella sola se hubiese resuelto cualquier interés. Pero su amor conversó con Yanko, un tatuador ya consagrado, quien aceptó iniciarla en este mundo.

Miércoles, 24 Mayo 2017 19:50

Cultivar su propia vida

Por

En Santiago de Cuba vive una mujer que ha hecho que otras a su alrededor emprendan el camino que a ella la hizo "ser persona".

Ni siquiera imagina cómo llegó a ocurrir. Ella era tan tímida, tan callada, tan ausente. Muchas veces se le atragantaban las ideas entre el alma y la voz sin que el coraje le alcanzara para hablar. Pero no hay mal que dure 100 años… ni mujer que no lo venza.
Cuando salió embarazada, a los 16 años, cambió su vida. No pudo continuar la carrera universitaria que pretendía porque el padre de la criatura la abandonó cuando la niña estaba acabada de nacer. Eran los primeros años de la pasada década de los noventa y, unida a la crisis del Período Especial, la pequeña había desarrollado un asma que le hacía algo débil de salud. Se diría que ya resultaban demasiados contratiempos para una madre soltera.
Pero Mercedes Morris Amaya, cuando no estaba en los hospitales, limpiaba en centros laborales o lavaba para algunas casas… "todo lo que apareciera. Pero mi sueño no podía realizarlo porque había truncado mi carrera y se me cerraban todas las puertas", recuerda. Soñaba con una profesión pedagógica, quizá como divina predicción de todo lo que vendría luego en su vida. Español y Literatura había sido su elección. Pero el destino le deparaba otra.
"Pasaron muchos años en los que mi vida carecía de sentido. Me sentía frustrada porque tenía necesidad de realizarme profesionalmente. Mi mamá era maestra y siempre tuvo la ilusión de que alguno de sus hijos hiciera una carrera universitaria. La única que lo logró fui yo", apunta orgullosa, aunque aclara que fue el resultado de mucho esfuerzo.

Página 1 de 6