Domingo, 25 Marzo 2018 21:07

Los espejuelos para ver como Isabel Moya

Quien la haya escuchado hablar, jamás volvió a ser la misma persona. Si encima de tanto privilegio, tuvo la dicha de recibir alguna de sus clases, está claro que pudo dar su vida por transformada. Pero si alguna de esas tardes del año, con la compañía de un café o alguno de los dulces que tanto disfrutaba, pudo entrar a su casa, compartir su espacio mágico, y ver de cerca la relación de amor que la unía a su esposo, esa persona puede dar toda la fe de que Isabel Moya era de esos seres que caen en la Tierra, provenientes de cualquier galaxia inexistente, para transformar lo que no se hace bien en este planeta.
Yo tuve todas esas suertes. Y me siento feliz por eso. Porque un día la admiré de lejos, porque después la tuve frente a mi pupitre, porque recibí un correo suyo solo para reconocerme un trabajo, y porque, sin ton ni son, me vi en su casa de repente y completé la mejor de las impresiones sobre esta mujer transgresora y única.
Viví también su amor, que no es cosa fácil de contar. Entendí la complicidad casi infantil entre ella y ese Juan Carlos que la acompañaba a todas partes, que era sus pies cuando ella no podía andar, su elevador cuando ella debía ir de un sitio a otro y su medio de transporte más fiel y cariñoso. Descubrí la pasión y el modo especial que tienen para admirarse dos seres cuando se comprenden más allá de los límites, los problemas, los años, la vida que se empeña en ir para un lado y no para el otro. Los vi amarse, si es que puede decírsele al modo único en que ellos se elevaban, uno en brazos del otro. Y eso no es cosa que se olvida fácil. Nada de lo que enseñaba Isabelita es lección para dejar ir al doblar la esquina.

Publicado en CULTURA DE GÉNERO