Miércoles, 02 Octubre 2013 18:13

Entre mujeres… ¿apoyo o censura?

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“Siempre he preferido que me dirija un hombre antes que una mujer”, “las propias mujeres son las que te machacan”, “las mujeres son más exigentes y rígidas dirigiendo”.

Estas son frases que encontramos, frecuentemente, en el discurso de las no pocas trabajadoras. Pareciera que la exigencia extrema y la norma sin excepciones son elementos que muchas veces caracterizan las relaciones laborales entre ellas, lo cual podría tener disímiles explicaciones en función de cada situación particular, pero cabría preguntarse: ¿cuál es el denominador común?, ¿qué condición comparten las mujeres que fomenta la rivalidad y que no se da en las relaciones entre mujeres y hombres?

En muchas ocasiones se refiere que, ante la dirección de un hombre, prima la protección y el cuidado hacia la mujer subordinada. Sin embargo, lo que podría parecer favorable solo ocurre porque está sustentado en un principio de desigualdad, por la inferioridad desde la que se concibe a la mujer y que determina la “imposible competencia” entre ambos. Es justamente esa relación de poder la que dicta la cultura patriarcal entre mujeres y hombres, de ahí que la sepamos reproducir de forma natural y genere comodidad para ambos, mientras que salirse de esa lógica resulta todo un reto.

Por otro lado, no existen referentes para la relación jefa-subordinada porque no eran las mujeres quienes trabajaban en el espacio público (laboral o profesional) hasta el siglo pasado, y mucho menos quienes dirigían. Así, las conversaciones y afectos entre las mujeres están más legitimadas y se dan con mayor facilidad al hablar de la vida privada, comentar sobre quehaceres hogareños, familiares y personalidades de seres cercanos. Queda en el vacío el cómo deben funcionar las relaciones entre mujeres profesionales o trabajadoras.

Además, el haber sido ellas excluidas del espacio laboral bajo una condición de marginación hace que el ascenso a puestos de responsabilidad o cualquier indicador de éxito en el trabajo no tenga la misma connotación psicológica para las mujeres que para los hombres. Para las primeras, supone un logro que no necesariamente tocaba; para ellos, es algo que alcanzan generalmente los hombres, por lo que les es más cercano. Es esta identidad compartida entre las mujeres la que fomenta la rivalidad o sobre exigencia bajo la condición de “las mujeres debemos demostrar más para probar que somos competentes”. Es la vivencia como víctimas la que nos puede posicionar en el rol de victimarias, lo cual solo reafirma la posición de discriminación en el espacio público, es seguir conquistando algo que no nos fue dado desde el principio y queremos que todas las que lleguen lo conquisten. La conquista pareciera eterna.

La exigencia laboral no debe llevarnos a multiplicar dinámicas masculinas que reproducen autómatas solo concentrados en la vida profesional; ni la sobreprotección generar herramientas para que las mujeres se resguarden en el espacio privado, aisladas de la superación, el aprendizaje, las metas, el empoderamiento. Ayudar al desarrollo de todas, en dependencia de cada situación, es la vía para fortalecer tanto las vidas personales, familiares como el cumplimiento de los objetivos de nuestras empresas y negocios.

Hay condiciones que nos vuelven cercanas: la historia de marginación, el esfuerzo al que sometemos nuestra cotidianidad, la conquista de espacios, las vivencias personales, las estrategias para asumir la vida, la añoranza por el cambio, por ser fuertes, sensibles, únicas y capaces, el amor a los otros, el compromiso con lo humano. Por tanto, es el compartir experiencias, el crear espacios para conocernos y sabernos semejantes lo que nos permite aprender del resto. Debemos ser conscientes de que, aunque cada una es diferente, lo que sentimos y pensamos no necesariamente es exclusivo de una sino que puede ser comprendido por las otras, justamente porque hemos sido educadas en una cultura que homologa bajo el manto de lo femenino a las mujeres e, indiscutiblemente, nos acerca. Esto no es más que la práctica de la “sororidad”, que significa la alianza entre mujeres. Es el establecimiento de relaciones no jerárquicas porque se reconoce el valor de cada una y la autoridad de cada cual. El lograrlo de modo gradual es un camino para el establecimiento de relaciones de fraternidad, no solo entre las mujeres, sino entre todos los seres humanos. 

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