Con su trabajo hacen posible la vida de sus familias y propician que otras personas, de otras familias, hagan la suya.
Las empleadas domésticas, con paga y sin ella, siguen teniendo en sus manos la llave de la conciliación familiar y laboral. Limpian, cocinan, friegan, planchan, cuidan, educan, suministran medicamentos y hacen de todo para que la vida en casa no sea un caos y transcurra lo mejor posible, en su devenir cotidiano, para muchas personas.
Sin embargo, el trabajo doméstico, incluso el remunerado, sigue siendo el menos visible y reconocido, todavía hoy, al decir de la doctora en Sociología Magela Romero Almodóvar, autora de varios estudios e indagaciones sobre ese tema y el de cuidados en Cuba.
Con su investigación "El trabajo doméstico remunerado a domicilio en Cuba. Un estudio de caso en Miramar", esta profesora de la Universidad de La Habana defendió a inicios de año su título doctoral, se adentra en una realidad poco estudiada de la actualidad cubana y rescata la historia invisible de un grupo de mujeres que, desde el anonimato, permiten la reproducción de otros grupos humanos.
Es por ello que en diálogo con SEMlac aboga por hacer más visible el valor económico de esa actividad y llama la atención sobre "un trabajo que no existe, aunque existe", asegura, justamente por lo poco que se le reconoce.
Se supone que, con los cambios económicos y las nuevas opciones de empleo, el trabajo doméstico remunerado ha crecido en los últimos años. ¿Es así?

Poner fin a los estereotipos que deben desterrar las emprendedoras cubanas es uno de los mensajes clave de Mujeres los poderes vitales del éxito, obra de las realizadoras Ingrid León y Lizette Vila, presentada el pasado 13 de junio en el espacio mensual Moviendo Caracoles, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).
La obra insiste en demostrar que el proyecto de país en Cuba requiere tanto de estas mujeres como de cualquier profesional ubicada en el sector estatal.
Cuando nos empoderamos, todo cambia, dicen las dueñas de sus negocios y jefas de sí mismas entrevistadas para el audiovisual, quienes se han construido una empresa en la sala de su casa, mientras sustentan a la familia y siguen encargándose de las labores domésticas del hogar.
No se trata solo de soñar, sino de realizar los sueños, incitan desde las experiencias propias contadas desde la pantalla de un documental que, más que dar a conocer la realidad de estas luchadoras, invita a pensar junto a ellas en qué reside la clave de su conquista.

Especialistas admiten avances en el reconocimiento de las desigualdades sociales en Cuba, pese a las dificultades económicas, la ausencia de estadísticas públicas y la lentitud en los cambios que necesita la política social cubana.
El espacio Balcón Latinoamericano del Programa FLACSO-Cuba dedicó su sesión de mayo a las desigualdades, con un panel titulado Miradas múltiples a las desigualdades. En el encuentro participaron la socióloga Mayra Espina Prieto, la economista Mildrey Granadillo y la realizadora Lizette Vila.

Para Espina, doctora en ciencias y funcionaria de Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (Cosude) en Cuba, en los últimos años se observan avances en el reconocimiento de la desigualdad en documentos programáticos del país.
"Si se analiza estos textos hay declaraciones públicas que identifican brechas de equidad o desigualdades prioritarias en términos de género, raciales, territoriales y generacionales, algo que documentó la academia durante varias décadas", dijo Espina durante su presentación.
Según la socióloga, la academia cubana ha logrado "una visión de las desigualdades en términos de un acceso diferente a bienes y servicios de distintos grupo poblacionales".
Desde las investigaciones sociales se han abordado temas relacionados con las causas y mecanismos de reproducción de la desigualdad. Estos estudios enfrentan el criterio oficial que reconoce como motivos de la desigualdad la herencia esclavista y capitalista.
Una de las dificultades actuales es la falta de estadísticas actualizadas. El dato más reciente publicado por el Instituto Nacional de Investigaciones Económicas (INIE) data de 2004, con un coeficiente de desigualdad (coeficiente de Gina) de 0,38 y un índice de pobreza urbana de 20 por ciento.