Lunes, 22 Junio 2015 14:59

Eva a la moda

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Vestir el cuerpo (usar ropas) es una costumbre devenida del desarrollo psicosocial del ser humano, y de la necesidad ineludible de protegerse de temperaturas extremas así como de los embates de la intemperie y el Sol.
Pero, sin lugar a dudas, cubrirnos con telas también nos defiende de un sentimiento a veces incómodo y explicado universalmente en la vergüenza de Eva en el paraíso al entenderse desnuda y por tanto pecadora: el pudor.
Cada cultura, con sus particularidades religiosas, marcó el modo que encontró más idóneo para que las mujeres escondieran aquellas partes alusivas a lo sexual y a los placeres en general.
En el oriente del planeta estos modos han sido más celosamente defendidos, pero de nuestro lado del hemisferio, el transcurrir de los años hizo que variasen estilos, texturas, hasta acumular una tradición plena de referentes y conocimientos en torno a la moda.
¿Quién soy? Esa es la gran pregunta alrededor de la cual giran miles de tendencias filosóficas, y no es tan fácil de responder, como se ha demostrado. Sin embargo, la globalización nos ha regalado otra que quizás resulte más "útil", ¿A quién me quiero parecer?
Para ayudar aún más, los mass media se encargaron de prefabricar personas en serie. Les ponen un color de piel determinado, las visten, las peinan, y además, les colocan pensamientos, gestos, actitudes y se aventuran incluso a jugar con la moral.

Empatan un día con el siguiente y un trabajo con el otro, en jornadas consecutivas. Apenas conocen el descanso y al final de agotadoras tareas, sin pago ni vacaciones, siguen diciendo que ellas no trabajan.
Las amas de casa viven, casi siempre, en un laberinto interminable de labores domésticas y rigen sus destinos por una cargada agenda diaria que apenas les deja tiempo para sí mismas. Repartidas entre labores infinitas, complaciendo los gustos, demandas y necesidades de sus hijos, padres y esposos, parecen ser "la última carta de la baraja".
Así se autodefine Vivian Hernández, una habanera de 45 años que estudió, se hizo licenciada en Química, trabajó como universitaria asalariada en un laboratorio y desde hace 15 años, cuando nació su segunda hija, abandonó su puesto de trabajo para convertirse en lo que nunca soñó ser: ama de casa.
"No me quedó otra opción", dice ahora cuando recuerda los días en que, como a muchas cubanas, la crisis económica la llevó a cambiar el mundo laboral por el ámbito doméstico.
"Prácticamente desaparecieron los medios de transporte y me era casi imposible llegar al trabajo. Por si fuera poco, tampoco tenía quien me cuidara la niña. Entonces decidí olvidarme de mi título universitario y quedarme en la casa", explica Hernández.

La vida dio un giro completo para Georgina Gibert González, una ganadera cubana que lleva una década trabajando en el campo y los últimos cinco años al frente de la vaquería El Jigüey, en Esmeralda, Camagüey, una de las mayores zonas ganaderas en el centro del país.
El cambio para bien llegó a cuenta de un proyecto que, bajo el nombre de Fortalecimiento de la cadena de valor de la leche (Focal), buscó restablecer los eslabones que median desde la producción lechera en fincas y cooperativas, hasta su comercialización, pasando por el acopio, los centros de enfriamiento, las pruebas de calidad y la industria.
"Antes la leche se llevaba hasta el municipio, a más de 20 kilómetros; la acopiaba un carro de la industria y no teníamos control del procedimiento ni de qué sucedía en el camino", relata Gibert González a SEMlac.
"Siempre estábamos disgustados porque después nos decían que la leche no pasaba la prueba de calidad y no la aceptaban. Te enterabas a los dos o tres días, cuando ya no tenías cómo resolver ese problema, ni cómo comprobarlo tampoco. Al final, esas pérdidas las teníamos que pagar de nuestro salario", recuerda.