Viernes, 25 Abril 2014 16:56

Mirarse con los ojos abiertos. ¿cómo nos vemos?

Por  José Raúl Acosta

La práctica cotidiana de mirarse frente al espejo resulta casi un reflejo incondicionado para los seres humanos. En el siglo actual, el cuidado de la imagen ha venido a convertirse en una preocupación no solo de adolescentes, jóvenes o adultos en general, sino también de las empresas y organizaciones que visionan un mejor desempeño o aspiran a ello. Los niveles de la imagen tal vez sean desconocidos para quienes desconocen esta área de la comunicación; su gestión de manera integrada y sinérgica resulta de una importancia extraordinaria no solo para las empresas del sector estatal, sino también para los emprendimientos del sector privado en los que hoy se vislumbran algunos buenos resultados.

Al hablar de imagen, tal vez usted se remita de manera inmediata al reflejo que vemos frente al espejo antes de salir al trabajo; sin embargo, esta trasciende el espacio personal, aunque para comprenderla sea necesario remitirse a este ejercicio cotidiano que realizamos mujeres y hombres. Y es que la imagen de una empresa u organización no puede desplegarse de la identidad, lo mismo que cuando al mirarnos frente al espejo somos capaces de comprender que el reflejo es mucho más que un rostro porque en su imagen, aunque no visibles, van implícitos sus valores, su cultura, su personalidad y un grupo de elementos subjetivos e intangibles que el cristal no nos muestra durante esos segundos. No obstante, de la misma manera que alguien es capaz de verse, analizarse o reconocerse a sí mismo, también desea proyectar una imagen ante los otros, ya sea de elegancia, respeto, cortesía, educación o de otros aspectos físicos, como pueden ser la fortaleza, la belleza o los relacionados con la forma del cuerpo y el rostro, los cuales cuidamos en el afán de conseguir atracción, interés o seducción frente a otras personas. Finalmente existe un tercer nivel y es el relacionado con el cómo ellas nos perciben.

Las organizaciones no quedan asiladas de este proceso. Para el investigador español Justo Villafañe, estudioso de estos temas, la imagen corporativa posee tres niveles: la autoimagen, la imagen intencional y la imagen pública, que se entienden de manera muy sencilla si respondemos a las interrogantes de ¿cómo nos vemos?, ¿cómo queremos que nos vean? y ¿cómo nos ven los demás? Tal y como aluden especialistas en la materia, la imagen no es más que una síntesis de la identidad y debe basarse en la propia realidad de la empresa, pues lo que ni el trabajo perceptivo ni el corporativo conseguirán nunca es crear una imagen de algo que no es.

En este artículo, primero de una serie sobre la imagen corporativa, detendremos la mirada en la autoimagen, quizás la de mayor importancia para las organizaciones porque no es más que el reflejo de cómo se perciben sus integrantes a sí mimos dentro de la empresa. La autoimagen viene a ser como el primer espejo en el que debe mirarse toda institución y está muy relacionada con los elementos históricos, identitarios, culturales y de comunicación que la conforman.

Toda empresa que pretenda desarrollar un estudio de su imagen corporativa debe dar un primer paso: conocerse a sí misma, saber cuáles son sus rasgos definitorios, cómo se desempeña, cómo es percibida por sus integrantes. El análisis requiere, primero, una radiografía de los procesos que ocurren a lo interno con las personas que conforman la organización. En la actualidad sucede, con frecuencia, que las empresas tienden a preocuparse más por su imagen pública que por su autoimagen. Le otorgan mayor importancia a los procesos y públicos externos y pierden de vista un grupo de indicadores que, según Villafañe, encierran este nivel de la imagen corporativa y que resultan esenciales para su gestión. La autoimagen, para este autor, conlleva el análisis de cómo aceptan, comprenden y posicionan los trabajadores o públicos internos, el proceso situacional de la empresa, su evolución histórica, el proyecto organizacional actual, las políticas, la situación de la

institución en el sector, las orientaciones estructurales, sus puntos fuertes y débiles; el cómo perciben la evaluación cultural, sus valores, el clima interno, la seguridad, la promisión, los niveles de satisfacción, la eficacia de la comunicación interna, las expectativas, motivaciones y el grado de cumplimiento.

La autoimagen de una organización supone tener en cuenta los siguientes elementos

Cultura corporativa: conocimiento sobre la organización, su misión, historia y evolución, su contexto, orientación estratégica, políticas, estrategia directiva, competitividad y problemas, dificultades o deficiencias de la empresa.

Planificación y desarrollo de los recursos humanos: políticas de recursos humanos, selección, adiestramiento y capacitación, evaluación, promoción, planificación y sistematicidad de la gestión de los recursos humanos, atención a sus integrantes, política salarial.

Clima interno: política empresarial, satisfacción/insatisfacción, comunicación/ información, expectativas/ motivaciones, armonía en las relaciones.

Para la empresa estatal, los temas de comunicación, identidad e imagen son relativamente novedosos. La inclusión de un Sistema de Comunicación dentro del Perfeccionamiento Empresarial resultó una herramienta de gran utilidad para hacer comprender a las y los directivos sobre la importancia de gestionar los procesos comunicativos, tanto internos como externos. Sin embargo, aún queda mucho por hacer en el afán de comprender y enseñar en la gestión de la comunicación y la imagen corporativa.

En el sector privado, las experiencias en diferentes tipos de empleos saltan a la vista en cualquiera de las calles. A ello ha contribuido el diseño de muchos de estos nuevos lugares que, sin dudas, han sabido ajustarse de una manera adecuada y armónica al entorno en el que se encuentran, respetando la arquitectura, las normas urbanísticas y utilizando la gráfica como un elemento distintivo que les permita hacerse visibles ante sus clientes. No obstante, la preocupación sigue recayendo mucho más en la imagen que se desea proyectar, que en la autoimagen; e incluso, en la imagen pública, aunque sea esta la más difícil de medir para quienes se incorporan a estas nuevas formas de gestión.

Para comenzar, pregúntese entonces si sus trabajadores conocen la empresa, su misión, sus políticas, sus competidores o, sencillamente, si ya ha identificado cuáles son sus principales expectativas, motivaciones, satisfacciones o insatisfacciones. Mirarse con los ojos abiertos y conocerse e identificarse a sí mismo dentro de la empresa, será un buen paso para comenzar a gestionar con éxito la imagen corporativa.

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