Buenas prácticas (31)

Lunes, 23 Noviembre 2015 20:09

Los frijoles de Teresita

Por

Para algunas personas de la tercera edad, emprendimiento no es másque ahorro. Disponer de su chequera de jubilación a su antojo es el síntoma más inequívoco de autonomía. Incluso, hasta llegan a desembolsar sus pequeñas sumas cuando a alguno de los retoños la planificación le juega una mala pasada, o cuando simplemente no planifican, que bien se sabe que es esa una de las manías de las nuevas generaciones.
Ellas, orgullosas, disponen de su capital acumulado para aliviar la inquietud de su descendiente. Al fin y al cabo, se supone que a esa edad las urgencias monetarias sean pocas, con excepción de algún asunto de salud de los que pueden llegar a veces y casi siempre suelen correr a cargo del resto de la familia.
Otras ancianas aún disfrutan de «comprarse sus cositas» (frase con la que suelen describir el ir y venir de sus caprichos). Adquieren sus chucherías de comida, consiguen uno que otro producto de primera necesidad y hasta luchan por ese último modelito que «no es solo para jovencitas».
Parte de ese segundo grupo es Teresita, mi abuela. Y aunque debe constar que pretendí ir más lejos en busca de mi emprendedora de la tercera edad, y hasta planifiqué para conversar con las ancianas que se llegan hasta la calle 23 a ofrecer los productos nacidos de su creatividad… razoné un poco más y no pude. ¿Cómo salir a buscar por ahí lo que tan bien logrado tengo en la familia?

Lunes, 26 Octubre 2015 14:34

Una mujer mueve los controles

Por

Detrás del escenario, desde el fondo oscuro de la sala, del lado de allá de la cabina… una mujer tiene el control. No importa que la historia de la Ingeniería de Sonido ubique siempre a un hombre al mando. Ella no cree en estereotipos. Nunca ha creído. Siempre se sintió capaz y segura de sí misma como para conquistar cualquier meta lejana, de esas que cualquiera vería como un imposible de los más descabellados. Porque Rebeca Alderete casi se burla de cualquier convencionalismo.
Ecualiza su vida con la misma destreza con la que mueve los controles del audio de cualquiera de las bandas que solicite su talento. Graba a diario el CD de su existencia con semejante confianza a la que la guía en sus sesiones en los Estudios Abdala con el cliente de turno. Para eso hay carácter. Para eso hay capacidad. Ni siquiera al volante sabe ceder el rumbo de su vida. Maneja con la misma valentía con la que un chofer profesional enfrentaría la pista más arriesgada. Porque esta joven de 34 años ostenta un todo incluido que cualquiera admiraría.
Y son varios los proyectos propios que tiran a diario de sus rutinas cargadas de adrenalina y decisiones trascendentales. Pero cuando está tras las consolas de audio, nada más cautiva su atención. Nadie mejor que ella para exigirse lo máximo.

Hay quien se compra la podadora sin tener el jardín, dice la vieja canción. Más que el espíritu consumista de comprar sin necesitar, la imagen invita a reflexionar sobre las condiciones que se crean sin que muchas veces tengan total aprovechamiento por parte de quienes deberían beneficiarse de estas.
Sépase que sin conocimiento y conciencia de un uso razonable de las posibilidades, bien poco puede hacerse con las herramientas que la modernidad y la ciencia ponen en nuestras manos.
Esta misma ecuación funciona para la relación entre políticas y prácticas. Por mucho que, en el ambiente más idóneo, quienes deciden en materia de gobierno y sociedad sean capaces de elaborar opciones y estrategias para el buen vivir, sin una ciudadanía apta para hacer de estas comodines en el camino hacia un mundo más moderno, justo y próspero, de nada valdrá cuanto se proyecte a un futuro que nunca será vislumbrado si no tenemos los sentido para percibirlo.
Tampoco serviría de mucho si fuese a la inversa, como ocurre en la mayoría de los casos, en que la población anda reclamando realidades que los gobiernos no pueden cumplir. Pero esta vez ese no es el enfoque que queremos abordar.
En los temas de género casi nada está escrito. Falta aún una visión más atrevida y un estudio más profundo por parte de las autoridades encargadas de diseñar los hilos que muevan el sentir y hacer de la población a su cargo.

“Lo hago por ayudarlas”, me dice Isabel cuando la señora de la mochila se despide agradecida. Tal vez hoy tuvo más suerte que otros días porque son las 10 de la mañana y ya se va sin equipaje pesado. Cargar algo de ropa no agota tanto como las viandas que le ha dejado a Isabel: ocho o nueve
malangas, dos macitos de habichuela, una mano de plátanos fruta casi maduros y unas pocas libras de frijoles negros, cuidadosamente envueltas en dos jabitas de nylon.
Isabel, mi vecina, es de esas personas organizadas y meticulosas que a cada rato revisa su escaparate y separa lo que ya no usa, que, como me cuenta, es bastante, porque su hija viaja a menudo y la mantiene abastecida de lo esencial en materia textil.
Antes Isabel se lo obsequiaba a cualquier amiga o se llegaba hasta la iglesia más cercana para entregarlo allí, pero hace unos meses existe una práctica que creía desaparecida años atrás.
Desde municipios de las cercanas provincias de Artemisa y Mayabeque (que antes eran La Habana) llegan cada semana algunas mujeres a realizar un canje particularmente curioso, que dice mucho de una parte de la brecha mental y material entre las pobladoras del campo y las de la ciudad.

Una buena parte de las cubanas de la llamada "edad mediana", que han trabajado bastante o lo siguen haciendo dentro y fuera de casa, transitan como "mujeres invisibles" en el mundo del vestuario y la moda.
"Las que pasamos de los 40 años no siempre encontramos en las tiendas atuendos acordes a nuestra edad y mucho menos a las labores que desempeñamos", comentaba Nubia Hernández, trabajadora del sector turístico, en una lista de discusión electrónica circulada por SEMlac.
La especialista de calidad en el hotel Arenal asegura que ese es el motivo fundamental por el cual ella usa diariamente uniforme, aun cuando no es absolutamente necesario para la labor que desempeña.
"Simplemente debo estar elegantemente vestida, pero con una apariencia discreta y de buen gusto, lo cual es muy difícil de lograr porque, sencillamente, en las redes comerciales estos atuendos no existen (…), no hay juegos de sayas y chaquetas, mucho menos conjuntos de pantalones con chaquetas y blusas elegantes", citaba como ejemplos ante la convocatoria de SEMlac.
Para Sara Artiles Visbal, consultora de la Empresa de Gestión del Conocimiento y la Tecnología (Gecyt), "se trata de temas acuñados como aparentemente banales, pero que son muy necesarios e importantes no solo para las mujeres, sino también para sus instituciones y empresas".
"La imagen de las personas también hace y construye la imagen y la marca de la organización", sostuvo Artiles el pasado 8 de mayo, durante el taller "¿Cómo nos vemos? ¿Cómo nos ven? ¿Cómo queremos que nos vean?", organizado por Gecyt en la capital cubana.