Por Susana Gomes Bugallo

Desde cualquier catálogo de ventas, los estereotipos gritan como para poseer cualquier instinto de liberación. No está permitido huir. Cada mostrador, anuncio comercial, imposición de los medios audiovisuales y hasta estilo siempre imponente de los influencers de moda pide que las mujeres afrodescendientes domestiquen la expansión autónoma de sus cabellos. Que eviten lo afro, que se alisen y vivan sobre la base de cualquier tratamiento que las “ponga en onda”.

Keratina, bótox, plancha, silicona, el último invento de la moda que ahora sí dejará tus cabellos como siempre los soñaste. La “pasa alborotá” parece cosa de atraso, cuando en el mundo entero, quienes realmente son dueñas de su persona y estilo se esfuerzan por mostrar los rizos tal y como Dios los trajo al mundo.

Todo viene desde la cuna. Cuenta una amiga que un día la llamaron en su centro de estudios para regañarla y obligarla a que se pelara, porque no podía tener el pelo tan llamativo (imagínense la africana melena que exponía). Ella, siempre a la delantera en cuestiones de libre elección, espetó en la cara de sus maestros que, si tenían tal tratamiento con ella, debían hacer lo mismo con aquella muchacha de tez blanca que dejaba crecer su cabello hasta el final de la espalda. “Es lo mismo, demostró, a ella le crece para abajo y a mí para arriba”. Y casi la dejaron tranquila.

La industria de los estereotipos es tan fuerte como la de las bebidas alcohólicas. Parece que reporta la misma cantidad de ganancias. Es esa la que exhibe en la televisión a las modelos de sedosos cabellos que dejan secar al aire, porque usan los productos de primera para conseguir el liso perfecto. Pocos artículos dedican algunas líneas a orientar sobre los cuidados necesarios que lleva el pelo afro, tan requerido de técnicas duchas en la hidratación de un estilo que para nada es símbolo de descuido, atraso o falta de interés en las tendencias mundiales.

Recientemente, llama la atención que se ha retomado entre buena parte de la juventud cubana el corte de cabello a lo James Brown. Dicha tendencia no sale de la nada y es una muestra de cuánta seguridad causa en las multitudes adolescentes y juveniles observar a alguno de sus ídolos con atrevidos estilos que ellos prefirieron dejar bien guardados. Tal ola la ha provocado el grupo Cimafunk (específicamente su vocalista y creador), que se atreve a alardear de su look y sus raíces, único modo auténtico de poner de moda lo que nos caracteriza.

Y es esa la conducta y las estrategias que deberían guiar el mundo de los gustos y las modas. Y no la de una obligación a cumplir con las normas sociales que dictan hasta los medios de comunicación, sin ser conscientes muchas veces de su poder.

Cada vez se hacen más frecuentes las lesiones y hasta muertes de personas que sacrifican todo su tiempo, salud y dinero por acercarse a los patrones ideales de belleza. En Asia quieren lucir europeos; en África quieren parecer americanos; y en América se operan hasta el alma con tal de lucir lo más “perfectos” posible.

Quizás habría que adoptar la siempre sabia filosofía de la fiel compañera Mafalda. La niña argentina más ocurrente y arriesgada se impuso con su carácter ante alguien que la acusaba de no acercarse al peine o la belleza única. “No estoy despeinada; mis cabellos tienen libertad de expresión”. El cuerpo completo también. Es cuestión de dejarle hablar y escucharlo. Y no olvidar jamás que: a industrias estereotipadas, oídos originales.

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