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Viernes, 29 Septiembre 2017 14:11

Las mujeres después del ciclón

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Desde que tengo uso de razón, a mi madre le aterran los ciclones. Y una se pregunta: ¿a quién no? Pero su miedo, además de la cuota normal que nos toca por vivir en un archipiélago del Caribe expuesto durante varios meses del año a estos eventos, es más como odio.
Y creo que nuca antes he sentido ese vil sentimiento de mi madre hacia algo, como le sucede con los ciclones.
Muchos recuerdos, emociones, demasiadas pérdidas han dejado estos fenómenos de la naturaleza en su memoria, como para no destilar tal repugnancia.
Empecemos cronológicamente, cuando apenas tenía 10 años y la primera casita donde jugó, comió, durmió, fue acribillada por los fuertes vientos y la crecida del río, que era su vecino más cercano.
Me cuenta que entonces fueron rescatistas en lanchas a sacar a toda la familia. Familia concentrada en cuatro casas de madera y guano que componía todo el barrio.

Diez personas fallecidas, poblados destrozados, miles de árboles caídos, severos daños en la generación y transmisión de electricidad, en el abasto de agua potable y en las viviendas, además de fuertes inundaciones por penetraciones del mar, dejó el poderoso huracán Irma a su paso por Cuba, entre el viernes 8 y el domingo 10 de septiembre. Para Mayelín Rivero González, una cubana de 42 años, el paso del fenómeno meteorológico significó la pérdida de su casa con todo lo que en ella había.
Residente en las montañas de Yaguajay, en la central provincia de Sancti Spíritus, a más de 350 kilómetros de La Habana, Rivero González insiste en que nunca había visto algo similar.
"Mi casa se la llevó el ciclón, perdí la ropa y hasta las teteras del niño. Muchos lo perdimos todo", contó a la emisora local Radio Sancti Spíritus.
Como muchas personas en la isla, esta mujer, junto a su bebé de tres años, vivió las horas del huracán protegida en la casa de unos vecinos. Ahora, aunque celebra estar con vida, mira con incertidumbre hacia el futuro.
"Lo perdí todo; pero mi niño y yo estamos vivos. Creo que eso es lo más importante. Mi esposo me asegura que saldremos de esto. Y yo creo que sí, que saldremos", agregó.

Viernes, 29 Septiembre 2017 14:11

Soñar en grande desde una cooperativa

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Cuando empezó a "lavar y planchar para la calle", hace ya unos años, Daisy Delgado estaba muy lejos de pensar que se convertiría poco después en la presidenta de la primera y hasta ahora única cooperativa de personas naturales que ha apostado por el servicio de lavandería y atelier en la capital cubana.
Diseñar y promover la cooperativa Dajo fue un proyecto que ella ideó, propuso y finalmente prosperó desde la iniciativa personal y el apoyo familiar, hasta convertirse en realidad.
Pero antes debió transitar su propio camino, desde que se lo jugó todo con la decisión de dejar su estable puesto en una entidad estatal para irse al sector privado, a una actividad de menor calificación.
"Me impulsó, sobre todo, la necesidad económica y me decidí a probar suerte", cuenta Delgado a SEMlac.
Empezó así como trabajadora contratada, lavando y planchando para otro, que era el verdadero dueño del negocio. Cuando pudo, tiempo después, se compró su lavadora, se independizó y armó su propio lavatín en su casa, en la Habana Vieja, municipio donde se enclava el centro histórico de la ciudad.

Viernes, 29 Septiembre 2017 14:11

Al timón de su vida

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Muchas son las mujeres que trabajan como conductoras de vehículos en Cuba y aún la sociedad no se acostumbra. Esta es la historia de una de ellas, como pudiera ser la de otra cualquiera

Llevaba a Camila a todo dar. Claro, de un modo soportable, pero más alegre de la cuenta. Cantaba (¡cómo no!) con el estilo adolescente y despreocupado que solo lleva quien está disfrutando la vida. Daba golpecitos al timón y movía la cabeza de vez en cuando, si algún acorde la emocionaba más o llegaba esa frase de la canción que le tocaba el alma. Se notaba que era un variado musical creado por ella. Después venía Celine Dion y la joven seguía tarareando con total fluidez. Sin dudas, lo había preparado para sus jornadas laborales al timón. Quién sabe como antídoto de qué.
Si había pasado los 30, los disimulaba muy bien. Tal vez ayudaban las uñas bien rosadas o esos aretes atrevidos que colgaban de una gorra nada discreta. Amarilla, como el taxi rutero que manejaba, era esa gorra. Y, junto a las gafas oscuras, completaba el atuendo irreverente de esta novel choferesa (¿o debo decirle chofer?) de taxis ruteros, de la cooperativa 2, en la nueva línea que une Mantilla con el Vedado, y que cobra cinco, 10 o 15 pesos de acuerdo al tramo, porque tiene la ventaja también de ser en autos pequeños, de cinco plazas (cuatro, menos quien maneja) y hasta ostentar la marca Hyundai y llevar, de vez en cuando, algo de aire acondicionado. 

Mariaelena Francia Reyes asume que ser positiva ante la vida es la fórmula idónea para emprender un proyecto. No encuentra mejor razón, tal vez porque conoce bien los senderos y laberintos de la mente humana.
Con una bata blanca y detrás del buró estuvo hasta hace poco recibiendo pacientes y manoseando historias clínicas; ejerciendo la profesión que comenzó desde niña entre muñecas y juguetes con los que practicaba la labor de médica.
Su pasión la inició en la pediatría para luego elegir psiquiatría infantil, especialidad que concluyó en el año 1989 luego de una misión al surafricano país de Etiopía. Por más de tres décadas no hubo oficio que supiera mejor que el de indagar en los trastornos de la psiquis y brindar ayuda a niños y padres que asistieron a sus consultas. Sin resistirse a abandonar su carrera se contrató nuevamente luego de la jubilación aunque sus ansias tendrían las horas contadas.